Con el tiempo despegado

 

Esperé ahí de pie por mucho tiempo.

Lo vi ponerse en pie y lo vi caer en ruinas, lo veo todos los días. Ahí, desde el mismo lugar. Verás, mi vida transcurre de una manera extraña, puedo verlo todo al mismo tiempo. Cómo empieza y cómo acaba. En vez de ser una línea, es una especie de ocho que cuando se cansa se hace infinito. No siempre fue así, antes iba de un lado a otro con un grupo de intérpretes, hacía teatro, hacía que la gente me viera, que entendiera la vida en otro punto de vista que no era el suyo. Lo que más me gustaba era hacer que quisieran, que se inspiraran, que desearan con más fuerza lo que querían lograr. Por lo mismo nunca me preocupé por mí o mis propios deseos hasta que llegue ahí donde esperé, donde fui yo la que observaba.

       El tren del teatro se estrelló cerca del bosque, yo escapé de la explosión de una manera que aún no sé cómo explicar. En ese momento pensé que lo había perdido todo, que nunca más volvería a ser feliz, que sería invisible el resto de mis días. Quizá todo este drama suene a que era una de esas mujeres que esperaba que la felicidad llegara por fuera, en lugar de preocuparme por conseguirla. De ser feliz por mi misma.

Pero no lo era.

O quizá sí, un poquito.

Me dejé llevar por mi instinto, busqué quién pudiera ayudarme a encontrar sobrevivientes; todo lo que encontré fue una plazoleta gigante con salidas al bosque en muchas direcciones, me paré justo al centro. Ahí donde lo vi pasar todo en tantas ocasiones que no tengo las suficientes letras para contarlo todo. Tampoco tengo el orden para hacerlo. Ahí, un poco a la izquierda, a lo lejos, un letrero que me preguntaba cuál era mi más grande deseo acompañaba a una de las salidas al bosque. A su lado, a las doce en punto estaban los cimientos de lo que sería la construcción que le daría tiempo al bosque, la manecilla gigante más imposible, preciosa y digna de creer que he visto.

Un señor más pequeño que yo se acercó a mi por la espalda y cuando llego a mi lado se sentó en el suelo. Admiró el espacio frente a nosotros sin decir nada. Ni siquiera me volteó a ver, sólo sonreía como cuando alguien te da una buena noticia.

Cuando parpadeé, el edificio ya estaba ahí erguido.

El hombre a mi lado había desaparecido y yo estaba rodeada de una jardinera circular y bancas para los cansados. Había muchísima gente yendo y viniendo por el reloj al que yo le detenía el centro. Las personas pasaban a mi alrededor sin ponerme atención. Se sentaban a comer y admirar, a platicar y a planear. No me moví. Admiré el edificio en todo su esplendor sin entender que estaba sucediendo. Ellos festejaban la conclusión del edificio y yo me preguntaba cómo llegué ahí. Guardé el aliento.

Al volver a parpadear era de noche, el edificio ya se veía algo viejo.

Un niño se acercó a mi y me observó con atención.

–Sé que no eres una estatua –me dijo.

Una señora llegó y se lo llevó de la mano.

No me moví.

Me dieron muchas ganas de llorar, pero no lo hice. No por lo que el niño me había dicho sino por el contacto visual que había tenido con él. Nunca, en todos mis años de actriz me había sentido tan… apreciada. En el sentido literal de la palabra. Sólo bastó una mirada para hacerme sentir que existo, que estoy viva, que todo estaría bien.

Cerré los ojos y con un suspiro traté de guardar ese sentimiento en mi cabeza y en mi corazón, bien dicen que el cajón de tesoros te ayuda a sobrevivir cuando más lo necesitas.

Cuando volví a abrir los ojos, el edificio estaba a medio construir.

No había nadie cerca, la luz del sol estaba arriba de nosotros e iluminaba todo el parque mostrándome lo que momentos atrás era totalmente otro lugar.

No había nada que me rodeara o que impidiera mi movimiento, sin embargo, no me moví.

La tinta en el letrero, un poco más allá de la salida a las once, brillaba con fuerza; mi más grande deseo. Recordé que lo que quería era encontrar ayuda pero mi corazón gritaba algo más fuerte: volver a encontrar una mirada como la de aquél niño.

–¿Estás atrapada? –dijo una voz que al parecer no venía de ningún lado.

–Claro que no –contesté a la defensiva.

–Llevas años ahí parada –dijo la voz que me sonó al viento entre los árboles- la gente ha llegado a creer que algún escultor te hizo y te dejó ahí para que el edificio siempre tenga alguien que lo admire. Alguien que sepa observar.

–Claro que no –repetí, buscando a mi alrededor algo que me convenciera de llevaba solo unos segundos, de que estaba viva.

–¿Necesitas ayuda? –dijo la voz en un susurro.

No le contesté, la pregunta me recordó por qué había llegado ahí. Me limité a otro parpadeo, esperando que me llevara a otro momento.

Estaba rodeada de verde y bancas de nuevo.

El edificio se mostraba demacrado, el silencio y la noche sin luna lo hacían ver bastante tenebroso. A mis pies tenía un dije, una flor y una nota. Esta vez sí me dejé caer al suelo del cansancio. Sonó como a derrumbe. El dije tenía la foto de un hombre al que le reconocí la mirada intensa, al niño se lo habían comido los años y yo seguía ahí.

La nota tenía una parte de mi con lo que reconocí como mi letra:

“No te olvido para que puedas vivir por siempre”.

Yo no había escrito aquello, estaba segura, de hecho no me había movido de aquel lugar.

Me sentí terriblemente cansada y me dispuse a dormir ahí, abrazando el dije, sin importarme la intemperie.

Al despertar, el edificio estaba en ruinas. El atardecer estaba cayendo y tenía a dos hombres que me miraban fijamente. Uno vestía harapos del mismo color de sus canas y al otro le colgaban raíces de su quijada y tenía anillos irregulares tatuados en los brazos.

–Regresa al día en que llegaste, encuentra lo que buscas –dijo antes de cerrarme los ojos con una mano.
Así fue aquella tarde que duró incontables años, despegada de mi propio tiempo pero contenta de saber que existe, existirá y existió algo que me hiciera feliz a mí.

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