Todas las posibilidades

Pensamos que sería más fácil. Tomábamos la llave, íbamos a donde se escondía el alma de Siobhan y la dejábamos libre. Todo volvía a su curso y felices por siempre. Pensábamos muchas cosas. ¿Qué tan equivocado se puede estar? Aunque el tiempo aquí no pase, conforme avanza las cosas se enredan más.

Yo, Iscariote, fui testigo de cómo se creó la burbuja en el tiempo que separó todo lo que quería de lo que viviría después. De cómo la tiranía de Hilda casi destruye todo un pueblo. De como la tierra que me vio crecer  quedo atrapada y al mismo tiempo se convertiría en la Ciudad de Allá Lejos. Ahí la gente es otra, la vida es otra porque todo lo que debió ser se quedó adentro de la casa más vieja. Los cuervos se encargaron de que así fuera. Trabajé con ellos por muchos años para volver y nunca logramos nada. Hiciéramos lo que hiciésemos sólo podíamos observar la burbuja desde afuera. Siempre supimos que llegaría el día en que alguien se interesaría en volver y abrir las viejas heridas pero han pasado tantos años que ya no reconozco nada de lo que aquí podría haber sido. Es lo que más me causa conflicto, si dejamos vivir lo que sea que tenga que suceder aquí, ¿qué va a suceder con lo que viví allá afuera? Hay mucho de eso que tampoco quiero perder. Digo, sería egoísta querer borrar la existencia de toda una gran ciudad sólo por querer regresar a algo que quizá nunca estuvo bien desde un inicio. Y sin embargo aquí estoy, discutiendo con dos almas jóvenes, una mancha de tinta y un hombre que se transforma en lobo sobre todas las posibilidades.

Augusto nos llevó al límite del bosque, donde empieza el pueblo y habitan las estatuas de ceniza de todos los que quisieron escapar. Intenté pasar y recordar pero algo no me dejó hacerlo. Augusto dice que el pueblo se murió, que ya no hay nadie ahí adentro, pero eso es una mentira, yo puedo sentir al menos un latido. Uno lleno de odio y de rencor. Oliver pierde la mirada constantemente, casi podría estar seguro que él lo siente también. Tobías no deja de quejarse que le duele el brazo, grita como si estuvieran quemándolo vivo. Al correr a atenderlo notamos que la herida en su brazo brillaba como un carbón vivo. Augusto se culpa de ella, me contó que sucedió antes de que todo se congelara, cuando era el consejero de Hilda y me querían sacar del pueblo para reunirme con Siobhan. Que no quería hacerle daño pero si no se arriesgaba a salvarlo uno de los hechizos de Hilda iba a matarlo, lo quería abrazar, quitarlo del camino pero como lobo lo único que pudo hacer era darle un garrazo y hacerlo caer. Esto parece más que eso y estar tanto tiempo aquí donde sucedió parece estarle afectando. Hice uso de mi magia para hacerlo dormir y calmarle el dolor, dejó de gritar pero el carbón no dejó de brillar. Traté de dar a entender mi preocupación con sólo una mirada y Augusto sin decir nada se transformó en lobo y se acomodó para que Tobías lo montara. Cuando volteamos para decirle a Oliver que era hora de irnos no estaba en ninguna parte, le gritamos, le aullamos, le llamamos y nada. De repente Augusto lo vio caminar lento a lo lejos, entre las calles del pueblo. ¿Cómo logró atravesar la pared invisible que yo no pude? Es algo que por el momento iba a tener que dejar sin respuesta, apilado con todo lo demás. Los dos acordamos que eventualmente nos volveríamos a encontrar, aunque quizá no de la mejor manera.

Augusto me guió por el bosque sin decir hacia dónde me llevaba, me contó de todo el tiempo que el bosque llevaba encerrado, del polvo que habita el pueblo y yo le conté sobre el bosque de asfalto en el que he vivido con todo y sus coches y la tecnología y los cuervos y la ciudad subterránea que está conectada por el metro. Claro que también tuve que explicar qué era el metro. Y los coches. Y la tecnología.

-Aquí no estamos solos –me dijo Augusto antes de darme la bienvenida a una pequeña aldea de refugiados. Todos sus habitantes nos voltearon a ver sorprendidos de ver caras nuevas. Había de todo: hadas, un par de gigantes, elementales, toda la magia del bosque estaba reunida en un pequeño pueblo escondido entre sus ramas. Entramos a una pequeña choza donde una mujer que tenía el mismo aspecto que la estatua de Siobhan y un hombre lobo con aspecto de druida nos miraban igual de expectantes que toda la aldea.

-Luna, Orfeo, tenemos un par de problemas –dijo Augusto antes de una ceremoniosa reverencia.

-¿Un cuervo? –dijo la mujer mirándome como si fuera uno de los bichos más raros- ¿por fin se van a dignar a hacer algo por nosotros?

-Mi nombre es Iscariote y no, no soy un cuervo –le contesté con la misma mirada.

-Eso ya lo veremos –dijo ella dudando de mi palabra antes de voltear a examinar a Tobías- ¿y él quién es?

-Su nombre es Tobías, él peleó con los Quinqués Perdidos cuando la guerra, me salvó la vida más de un par de veces –contestó Augusto-, y está herido por mi culpa desde entonces. Por favor, ayúdeme a ayudarlo. A Iscariote no lo conociste antes, pero es uno de los nuestros también. Los dos vienen del otro lado del bosque, allá donde el tiempo corre. Había un tercero, pero se nos perdió en el pueblo de Hilda.

-Si no son los cuervos con ayuda, ¿qué es lo que buscan? –preguntó con impaciencia el lobo druida- Aquí no hay tiempo, la agonía abunda. No creo que podamos hacer mucho por ustedes. Y ese tercero tampoco es nuestro problema.

-Queremos ayudar –les dije enseñándoles la llave de Siobhan y la copia de “Bajo la misma luna” que Tobías cargaba con recelo-, pero no sabemos cómo hacerlo sin hacerle daño a todo lo que vive allá afuera.

La mujer me miró a los ojos y sonrió.

-Soy todo lo que Siobhan era –dijo tomando el libro con cariño al reconocer todo lo que era-. Cuido del bosque como ella lo hacía porque cuidarlo es cuidarme a mí, ella me dice que ustedes pueden reiniciar el tiempo. ¿Los ha seguido algún zorro? Ya tuvimos problemas encontrando el amanecer por su culpa.

-Espera… ella… ¿cómo? –le pregunté confundido.

-Ella es el bosque, ¿no lo sabías? Si liberamos su corazón con esa llave que traes quizá ella te lo pueda contar, pero también eso quizá termine por matar al bosque en el que estamos.

Me inundó una nostalgia titánica el saber que podría volver a hablar con ella. Sin embargo aún sentía que había algo que no encajaba del todo.

-Yo quiero que el tiempo vuelva a andar, tú también lo quieres Luna y tú también Orfeo… ¿por qué no aceptamos la poca ayuda que ha llegado? –dijo Augusto volviendo a su forma humana con cuidado para dejar a Tobías descansando.

-¿Por qué habría de venir de lejos quienes no están limitados a vivir en una burbuja? –preguntó Orfeo interrumpiéndola discusión.

-Porque aquí no estamos solos -contesté inmediatamente.

-Por la libertad. Por resolver el misterio de la casa más vieja. Por…. –contestó Tobías intentado mantenerse de pie antes de gritar de dolor y que una llamarada lo envolviera. Donde antes estaba un chico ahora se paraba en cuatro patas un lobo de fuego.

De las manos de Luna el libro se estremeció con fuerza hasta que cayó al suelo y se abrió para dejar salir a la tinta como una fuente, las palabras fueron formándose en el suelo una a una.

“Hilda ha despertado. No dejen que los cuervos intervengan de nuevo o lo destruirán todo. Corran.”

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