Todos somos cazadores

La alarma del celular me despertó a la hora exacta. Lo apagué aún adormilado con la esperanza de que el tiempo no se haya dado cuenta que esta estaba agarrándole ventaja y empezara a acecharme como todos los días. Regularmente siempre me gana, me hace llegar tarde a donde quiera que vaya, pero ésta vez busqué bañarme y comer un par de víctimas que encontré distraídas en la alacena. Supongo que los minutos se quedaron dormidos o quizá la hora decidió darme una oportunidad para cambiar las cosas de vez en cuando.

Como si alguien jalara el gatillo, en cuanto cerré la puerta de mi casa, el celular empezó a vibrar en mi bolsillo, rogando por ser contestado.

–Ya vienes en camino, ¿verdad? –dijo la voz de mi jefa, con un tono de voz de burla inocente que indicaba que traía alguna travesura entre manos.

–Voy saliendo, aún es temprano, ¿no? –contesté a la defensiva, esperando no haber olvidado ningún pendiente importante– ¿Qué pasó?

–Que cargues tu cámara, no olvides que hoy tendrás un compañero –dijo su voz mientras caminaba a la estación del metro que estaba a un par de cuadras.

–¿Eso es todo? –dije un poco impaciente, ya se habían tardado en empezar a acecharme.

–No, pero ya que llegues aquí te cuento –dijo ella riéndose.

–Sabes que odio que hagas eso, ¿verdad? –dije tratando de imitar su tono de voz en la última palabra, para enfatizar mi sarcasmo.

–¿Qué? –dijo ella con la risa atorada entre las palabras.

–El suspenso y esas cosas –dije en reproche mientras pasaba mi tarjeta para entrar a los andenes– ¿por qué no me dices ahora?

–Porque en lo que te cuento, ya llegaste –dijo ella más seria– y, ¿para qué tanta violencia telefónica? Mejor apúrate.

–¿¡Entonces para qué me hablas!? –le dije a un volumen considerablemente alto, más molesto con el tiempo que no importa que tan temprano salga me manda esbirros para echarme en cara su prisa porque todo suceda más rápido.

–Para asegurarme que no te habías quedado dormido, ¡chau! –dijo ella, terminando la llamada antes de que yo pudiera contraatacar su comentario. Cosa que al parecer se confabuló con el metro porque llegó al mismo tiempo y no me dio oportunidad de decir nada ni para mí mismo. Lo bueno de salir temprano es que el vagón viene relativamente vacío y uno puede  tener esa cosa que llaman “espacio personal para existir”.  

Una foto aquí.

Así empezó mi día con mi arma favorita, mi fiel cámara, juntos nos aliamos para cazar las imágenes que después me darían de comer para poder seguir jugando la cosa ésta a la que llaman vida. Es un hecho, todos en éste lugar somos cazadores, es inevitable. Algunos cazamos imágenes, otros cazan dinero, otros cazan ideas y los más incomprendidos cazan un ideal que quizá ni exista. Observé a los tripulantes, como si mis ojos fueran lentes fotográficos, buscando una imagen digna de ser guardada. Todo normal, gente trajeada, uniformada y estudiantes. Todos con una cara larga y aburrida de continuar su rutina. Uno que otro traía los ojos pegados a un libro o a su teléfono y unos cuantos más las orejas tapadas por música. Lo que más me llamó la atención fue una libreta negra que traía grabado “hunter” en la portada, ésta descansaba en las piernas de un fulano que tenía la vista perdida en la ventana del metro, como si la pared del túnel estuviera a metros de distancia y la vista fuera de lo más espectacular.

Tiene toda la facha para ser un muy buen personaje, fue lo que pensé del chico que estaba frente a mí mientras lo miraba de reojo. Curiosamente se bajó en la misma estación que yo, pero al salir del vagón él empezó a caminar hacia la derecha y yo para la izquierda. Dejé que se perdiera entre la masa de gente que sube y baja la estación como oleadas en el mar. Continué observando mi camino hacia la agencia donde tendría que cubrir un par de eventos como reportero, esperando encontrar a algún personaje más interesante entre mis pasos. Coleccionar personajes en mi cabeza es algo de lo que he sido fan desde que tengo recuerdos, quizá por eso me guste fotografiarlos, para poder sacarlos de mi cabeza a la imagen y tener espacio para meter más.

 

Me encontré con un taquero manco, con una gitana  y sus tres hijos, con una chavita que con su falda de mezclilla a las rodillas, botas altas, camisa de botones holgada y el pelo agarrado en una coleta también podría ser un personaje con una historia interesante que contar. Pero ninguno le ganaba al cazador con el que venía en el metro. Resignado, toqué el timbre de la agencia y la recepcionista me recibió como si una amiga me estuviera abriendo la puerta de su casa. Segundos después, me indicó en la sala a la que tenía que entrar, donde las instrucciones para mi trabajo del día me estaban esperando.

–¡Ah! ¡Qué bueno que llegas! –dijo una mujer que rápidamente catalogué como la jefa, se acercó a mí y me dio la mano, invitándome a pasar.

–Buenos días –dije nervioso de ver que estaba con alguien más–, espero no interrumpir. Soy el fotógrafo que ayudará a cubrir el evento de hoy.

–No, para nada… él es el reportero que será tu compañero –dijo ella al mirar, como yo, cómo él se sonrojaba al verme. Cuando lo reconocí, no pude evitar sentir el mismo efecto en mi cara. ¿Cuáles son las probabilidades de encontrarte dos veces en el mismo día a la misma persona? 

Una y mil fotos aquí, pensé teniendo enfrente a mi nuevo personaje favorito.

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