Un café con dos de lluvia

Eran la 4 de la tarde. Estaba sentado en “nuestra” mesa del café esperando a mi mejor amiga, recargado en la ventana veía el panorama que la ventana me ofrecía, tan tranquilo y a la vez todo tan ruidoso. El ambiente un poco nublado ya olía a mojado, en paz y silencioso a pesar de que podía oír la música que estaban pasando por la radio, los coches de afuera y las platicas que los clientes entablaban entre sí. “La calma antes de la tormenta” lo llaman algunos. Llevo treinta minutos esperándola, ¿me habrá plantado? No creo… siempre llega, tarde, pero llega.

La mesera con su amabilidad de siempre me trajo el frappe que había pedido, bebida rara para este momento dado a que hace frió. No me importa, es lo que el antojo quizo.  Estoy aquí sentado perdiendo el tiempo pensé. Debería de ponerme a hacer algo productivo,  ¿pero qué? Aquí no tengo más que esperar. Todo estaba tan tranquilo y pacifico que no que no podía más que tomar mi café y esperar.

Decidí sacar mi cuaderno y escribir, eso sí lo podía hacer en ese momento. ¡Que ya llueva! Me encanta salir y mojarme, me hace recordar que estoy vivo. Fue un pensamiento que fue contradicho por otra parte de mi cerebro: No podrás salir, estas esperándola y seguramente llegara toda mojada y querrá un café caliente. Un suspiro salió de mí y deje de escribir por un momento; un relámpago me había interrumpido. Siempre tan imponentes, su rugido es oído por todos, en algunos con miedo en mi caso en particular con mucho gusto y cierta alegría. Y con su grito iluminan todo el lugar unos cuantos segundos, como si quisieran que viéramos algo por más oscuro que este. Pero aún no llovía.

Continué escribiendo la historia de un gran mago que se hizo amigo de la lluvia y las tormentas, los rayos y relámpagos.

Otro de esos áboles de luz que caen de cabeza se dejo ver, pareciera como si se hubiera quejado, como si él también estuviera esperando a alguien o algo. La calle estaba desierta, solo unos cuantos coches transitaban por la avenida que regularmente está llena. ¿Y yo? Sigo esperando…

Un minibús se paró en la esquina y la gente empezó a descender, tenía la esperanza que después de toda esa gente ella bajara y así mantuve mi vista fija en el autobús esperando ese momento, pero no llego. Volví a mi café y a mi cuaderno, pero la pluma ya no me decía nada mas, lo intente pero no quiso. Se harto de esperar y ya no quiso escribir, supongo. Después de todo no la culpo yo empezaba a estar harto, también.

Otros dos camiones fueron detenidos por la luz roja en la esquina, de los que descendieron una señora adulta con sus bolsas del mandado, un par de gentes que al parecer se conocían entre sí y una señora joven con su hija. Decepción, la idea de largarnos de la pluma me empezaba a parecer la mejor a seguir,  pero mi café me mantenía sentado.

Me di cuenta que hasta el café se había hartado de esperar cuando el mismo transitaba más rápido por el popote. Decidido a irme pedí la cuenta, la pague y empecé a guardar mis cosas. Alguien entro al café y la tormenta se soltó, de repente todo el silencio y tranquilidad que había reinado la última hora fue roto, ya no existía. La intensidad de la lluvia nubló nuestra visión a través de las ventanas a una velocidad impresionante. Esto no me detuvo, mojarme no me molestaba en lo más mínimo, de hecho era lo que quería. Al levantarme y continuar viendo hacia la ventana, una mano se posó en mi hombro y otro trueno ésta vez amigable sonó. Ella había llegado y con su sonrisa antes de saludar me dijo:

– ¿Ya nos vamos? ¡Que bien! Me gusta la lluvia.

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