Un cuento viejo para ojos nuevos

Cuando escribí este cuento se publicó por primera vez en la antología 20a de Penumbria que le hacían homenaje a Guillermo del Toro, si no la han leído pasen allá para echale un ojo a esa y todas sus otras antologías llenas de gente que quiero mucho, gente que admiro y… pues… gente que no conozco pero escribe padre, seguro hay algo que les llene el ojo.

Lo publico aquí a petición de la Bruja Roja a quien deberían de seguir allá en el pajarito azul porque sí.

Y porque tuitea padre.

La foto de aquí arriba es de Andre Govia que si tienen el mismo morbo que yo por los lugares abandonados, encontarán también más de alguna foto que les guste.

Y bueno, después de los comerciales (y antes de parezca Cinemex/Cinepolis con sus 40 minutos de comerciales y trailers) aquí los dejo con…

 

Hasta que las letras se hagan ceniza

 

He pensado mucho en la inmortalidad últimamente. Y creo que todo es culpa de una casa. Una mansión, específicamente. Ni siquiera sé por qué ese día iba por ahí, caminaba sin rumbo. Mi cabeza estaba ocupada en sufrir el mal día, el mal recuerdo, hasta maldije que me quería morir. Uno no debería andar gritando esas cosas en la calle. Era demasiada maldad como para preocuparse por donde iba hasta que a mis ojos se les atravesó el cancel cerrado que defendía a las ruinas de la mansión Blackwood.

En ese momento se me olvidó todo.

Una voz que sonaba a muchas niñas me invitó a entrar. Voltee a ambos lados de la calle, no había ni un alma que pudiera juzgarme si me saltaba la reja y como si la misma casa hubiera escuchado mi duda la reja se abrió solita. Ya sabes, lo típico, una reja se abre con un chirrido espectral y lo único que se te ocurre es entrar. Como si no hubieras aprendido ya de tantas otras historias que eso no es buena idea.

De entrada la casa estaba vacía. No era sorpresa pero sí un poco decepcionante, ¿en qué estaba pensando?

La voz me volvió a llamar. Venía de la sala con chimenea, del sótano o arriba, de todos lados. Evité la oscuridad del sótano y me acerqué a la sala que parecía ser lo más abierto. El viento tumbó un pedazo de ventana que apenas tenía fuerzas para sostenerse, la cual creó una nube de polvo que no me dejó ver el resto del cuarto. Intenté buscar la salida al tanteo, el polvo no se disipaba y con el tiempo mi oído escuchó el aleteo de un bicho. Un escarabajo dorado volaba hacia mí decidido a embestirme. Me aterró la idea de que, en un mundo ficticio, un escarabajo igual transformó en vampiro a un incauto como yo. Morir no era lo mío, no señor, no aún. Corrí sin ver y se desapareció el camino bajo mis pies. Caí a una oscuridad profunda, el sótano seguramente. Eso quería creer hasta que me repuse de la caída y abrí los ojos. Lo primero que encontré fue una pileta con un niño que jugaba abajo de ella, levantó la mirada y sonrió. Me acerqué para poder verlo mejor. Ese niño estaba muerto, estaba roto como mármol cuarteado, gris.

­–¿Eres un fantasma? –le pregunté­. Claro, vez un muerto y lo más inteligente que puedes hacer es preguntarle si está muerto. Eres un genio, caray.

–¿Qué es un fantasma? –contestó al ponerse de pie y darme la espalda. Estiré el brazo como si eso alcanzara para detenerlo y desapareció antes de que pudiera tocarlo. Mi intuición me gritó que saliera de ahí y lo olvidara todo. Al dar media vuelta descubrí que eso sería más difícil de lo que esperaba; tenía un laberinto enorme enfrente. Ahí donde hace unos segundos estaban unas escaleras por las que casi me rompo la espalda al caer. Lo caminé con incredulidad. La lógica lo dicta: al final hay una salida.

No estaba solo. Los pasillos estaban llenos de seres que nunca creí posibles, seres que sin duda acabarían conmigo en un segundo. Di cada vuelta haciendo todo lo posible por pasar desapercibido. Ya me había encargado de evitar a un hombre pálido con ojos en sus manos y a un ángel ciego con alas negras. Cuando le saqué la vuelta a un fauno azul choqué con una niña que la verdad no sé por qué no vi, brillaba como si fuera la luna en aquella noche.

–¿Qué haces aquí? –me dijo consternada. Me jaló de una muñeca para esconderme en un rincón donde nadie me viera. O para matarme, quien sabe.

–Buscando la salida, me caí sin querer –contesté honestamente y la miré a los ojos buscando esperanza–. No quiero morir.

–No creo que la inmortalidad sea lo tuyo –me contestó al bajar el brillo que emanaba de ella–. Sígueme. En silencio.

Caminé detrás de ella como si fuera su sombra hasta una colina que subía a un árbol rojo. Se detuvo frente al árbol y le dio dos golpes como si fuera una puerta. El árbol abrió en el centro un orificio que creció y creció como si se tratara de su boca.

–Tú no eres un recuerdo –me dijo al dejar salir un suspiro de paz–, entra ahí y regresa al lugar de donde vienes. No vuelvas. Vive.

No sé por qué confié en ella. Quizá porque fue la luz al final del túnel. Quizá porque no era un monstruo. O quizá sólo porque quería volver con vida a mi casa. Entré a la boca del árbol y esta se cerró a mi espalda en un momento y la oscuridad me digirió una vez más.

–Vivos o muertos aquí todos existimos eternamente, pero eso es otra historia –fue lo último que escuché antes de que una luz intensa me dejara ciego.

Estaba frente a la reja.

Otra vez.

La golpee con fuerza para comprobar que estaba firmemente cerrada.

Escribo esto para recordar lo que siento que se me escapa como si fuera un sueño, lo escribo para ser inmortal. Al menos hasta que las letras se hagan cenizas y nadie pueda recordarme.

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