Un poquito de letras por aquí y otras por allá

Antes de empezar con la historia del día de hoy vengo – de nuevo a hacerla de emoción con trailers y comerciales como en el cine- a contarles de que tuve un cuento en el número 30 de Penumbria, también la FIL GDL empieza éste fin de semana y allá andaré pa’ quien guste decir “hola”. Dentro de la fil se va a presentar una antología llamada GDL 747 y ahí dentro también hay una historia mía, en el link viene toda la información por si les interesa.

Y bueno… para los que ya leyeron Voz de Papel y se quedaron con la curiosidad de saber más sobre la historia que Aimé leyó en aquél libro que se encontró, esa es la historia que les vengo a contar hoy:

Éstas ruinas ante tus ojos

“Usted está aquí” dice una flecha con doble cabeza. De un extremo ésta señala mi pecho, a mi corazón y del otro a una parte en el mapa que tengo enfrente. En realidad el mapa no me ayuda en nada, está tan desgastado que con mucho trabajo se alcanza a entrever la forma de las calles y caminos de los que se compone. Le doy la espalda al anuncio y lo que mi vista encuentra es el centro de una gran ciudad, destruida.

Estoy en las ruinas de una plazoleta del tamaño de la espalda de un coloso. No muy lejos, a una distancia más pequeña, se levanta el esqueleto despedazado de lo que antes fue la fuente que le daba vida a toda la ciudad.

De ahí latía el agua y la esperanza para todos.

Cuando había vida.

Cuando tenía recuerdos de esta ciudad en la que ahora su población se cuenta en vacíos.

Camino a pasos lentos para otro lado, otro viento; casi arrastrándome, errático. Lo primero que mi cabeza piensa es que en algún punto debería de haber vida, que en algún punto, no importa qué tan destruido esté por dentro tenía que quedar algo que me hiciera recordar por qué estoy aquí. Pero en realidad camino sin rumbo, dando vuelta en una u otra esquina de vez en cuando, como si pasara mi mano por tu cuerpo con desidia.

Después de mucho andar, entre despojos de cafés, casas, teatros y cristales rotos de lugares donde alguna vez sucedieron más de un par de historias, empiezo a escuchar campanadas. Como las de un templo. De esas que suenan aterradoras, aunque en esta ocasión me llenan los pies de camino a seguir. También noto que después de que han inundando mis oídos, suenan a latidos.

O tambores. No sé.

Las campanadas parecen no tener procedente, siempre suenan cerca, aunque no pueda encontrar ningún templo en la distancia. A veces, cuando doy alguna vuelta que realmente no quiero dar, dejan de escucharse por completo. Las ansias me empiezan a carcomer y el silencio también, me entra la necesidad de saber por qué me abandonaron hasta que, en alguna calle veo algo que me llena la atención: un árbol torcido, escondiendo la fachada de un lugar, como quien esconde la cara por pena; una silla en perfecto estado, colocada a la mitad de una avenida central para que la ausencia se siente en ella a admirar la destrucción presente.

Hasta entonces vuelven y sonrío al volverlas a escuchar. Los campaneos y el silencio que me acompañan a habitar o deshabitar estas ruinas son como si al sonido le hicieran falta letras, no llegan a ser sonido, pero tampoco son silencio. Así me parece que es la ciudad de la que busco una salida o una razón para quedarme.

Dejo atrás la silla en la avenida donde la ausencia espera sentada, es un espacio abierto, lleno de árboles a los lados, que me llena de nostalgia conforme el cielo se va oscureciendo. Cada vez hay menos ruinas, menos casas, menos recuerdos.

Más espacio en blanco.

Y el cielo ennegrece.

Llego a una glorieta que en el centro hay una estatua de mármol de una pareja abrazándose. La chica me observa, el hombre me da la espalda recargando la cabeza en el hombro de su mujer.

Sin previo aviso cae una tormenta llenándolo todo de recuerdos, empapándome de otros momentos. Soy uno con ella. La estatua, como si fuera de ceniza, se desplomó ante mis ojos. Al igual que la oscuridad.

 

La luz ha vuelto y todo lo que caminé no sirvió de nada. Por alguna razón estoy frente a la fuente, en el centro de la ciudad que lleva tu nombre, de nuevo.

Todo es culpa de la tormenta, estoy seguro de ello, es la que me mantiene preso en ésta soledad en ruinas.

Me acerco al montón de piedras y escombros que en otro momento fueron una fuente de vida como si esperara que, al estar más cerca, ofrecieran una solución a mis problemas. Veo que ésta fue arrancada por fuerza bruta, como si una gran bestia con el nervio de un tornado endemoniado quisiera encontrar lo que hay debajo de ella.  O sólo por el simple hecho de destruirla, no sé.

 

Antes de empezar a caminar de nuevo, decido que sentarme a pensar qué sucedió es mejor. Si no hay una sola alma en este mausoleo quiero salir de aquí. Donde quiera que “aquí” sea. Recuerdo que te nombré ciudad alguna vez, te nombré “aquí”, porque cualquier cosa sin ti era distancia y un lugar ajeno. Quizá por mero capricho de ser tu habitante, por rebeldía.

Eras mi motivo para ser una mejor persona.

En vez de campanas, truenos. El viento manda un papel que interrumpe lo que pienso al chocar contra mi pierna. Levanto el volante a la espera de que me de una buena excusa para no partirlo en dos y dejarlo ir. Como todo lo que llega a mis manos, al parecer.

 

Orquesta de Corazones Desafinados

solicita integrantes para interpretar:

Ausencias Presentes, el musical.

 

“Qué tontería” pienso al doblar el papel en cuatro y guardarlo en mi bolsillo. Me pongo de pie y al primer paso las campanadas suenan de nuevo. Esta vez corro con todas mis fuerzas al otro lado de la explanada a la que le di la espalda la vez pasada.

Se siente bien correr. Esa libertad de sentir que los pies se despegan del suelo aunque sea por milésimas de segundo.

Y de pronto, una cerca de metal y sus barrotes me detienen.

Del otro lado de ella se encuentra toda la ruina, muchos metros abajo. Desde ahí puedo verla con ojo gavilán. Bien dicen que desde el corazón se tiene la mejor vista, ¿no?

El cielo y mis ojos se nublan al ver que las ruinas de aquella ciudad tan entrañable, a la que tanto confundí contigo, soy yo.

Con la tormenta caí de rodillas.

O la oscuridad en mí, no sé.

Así como la oscuridad, como la tormenta, fue como desapareciste. Así fue como el agua de la fuente, que solía ser el corazón de la ciudad, se envenenó de tu sabor y todos mis habitantes la arrancaron a fuerza bruta para tratar de olvidarte. Para vivir en mi ciudad, solo, donde nadie pudiera herirme otra vez. Temiendo a la tormenta que cuando cae inunda todo de recuerdos que trato de enterrar.

 

“Usted está aquí” dice una flecha con doble cabeza. De un extremo ésta señala mi pecho, a mi corazón y del otro a una parte en el mapa que tengo enfrente. En realidad no necesito para nada el consejo del mapa, está tan desgastado y andado que conozco la forma de las calles y caminos de los que se compone. Le doy la espalda al anuncio y me encamino sin rumbo a volverlo intentar.

Corro por las calles sin poner atención a lo que estoy dejando atrás, como si supiera a donde voy, quizá mi instinto sí sepa. Porque yo la verdad no, o sí, no sé.

Pasan las cuadras una a una, las avenidas, las citas, las memorias, lo que duele y lo que hace sonreír.

Todo lo que vive, o vivía, dentro de mí está ante mí. Y me doy cuenta de algo. El silencio está inundándolo todo, no sé desde hace cuanto tiempo.

Le grito al mundo muerto que me responda, aunque sea con un eco.

Y nada.

El viento no me dice nada.

Los truenos que se ven a la distancia, partiendo las nubes, no se quejan, no gruñen, no gritan. Sólo caen.

Los arboles no cantan.

Los pasos no suenan.

¿Y las campanas?

De repente

me

 

siento

 

 

 

 

 

vacío.

 

 

 

­

 

 

 

 

 

 

Observado.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A… Auxilio…

 

 

Escucho música que empieza a sonar de golpe. Como una bofetada, pero juguetona, llamándome la atención. Suena parecido a las campanas, pero con algo más. Algo que había olvidado. Voces. La emoción me hace levantar la mirada y buscar de dónde proviene tal sorpresa. Lo que encuentro es un teatro abandonado, con las puestas abiertas y una cartelera que anuncia “Ausencias Presentes, el musical”.

Dentro del lugar no hay una sola persona, al menos en la recepción. Pero las luces están encendidas. Avanzo lento, le tanteo al miedo.

–¿Hay alguien ahí? –grito queriendo ganarle a la música, deteniéndome para escuchar. En respuesta, la puerta al escenario se abre despacio, de la que sale una luz roja que se apaga segundos después y se lleva a la música, a las campanadas y a mis latidos. Me detengo antes de que la decepción me mate y el rojo vuelve con todo lo demás.

 

“Cuando uno tropieza y el otro cae, ambos vuelan juntos. El problema es que a los pies se les olvide como echar raíces.”

 

Empujo las puertas, para poder entrar sin que nada me estorbe. El salón está absolutamente vacío, como toda la ciudad. Del centro del escenario brilla una luz roja que lo ilumina todo al ritmo que la música canta.

 

“Contén la tormenta e invítala a bailar. Es la mejor salida.”

 

Cada que la luz late, las voces hablan. Me guían. Emocionan mi corazón y lo hacen correr.

 

“Déjate caer con la fe de los pájaros al arrojarse al aire. Regresa.”

 

Salgo de la función a paso veloz, decidido. Antes de poner pie al aire libre un trueno hace que todo el lugar tiemble de miedo. Por su presencia o por temor a que yo cambie de opinión. Cae la tormenta y me inunda. Primero me asusta y luego me acaricia. La música me hace sentir bien, no me deja flaquear, me acompaña y las campanadas suenan tan fuerte y rápido al unísono con mi corazón. La solución está en seguirlo, ésta vez atravesaré la tormenta, lo sé.

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