Una guerra sin apellidos

¿Esto es mi casa? No es la usual bodega de vinos abandonada donde suelo vivir; es una gran mansión, docenas de cuartos, un colosal salón, un comedor, todo un monstruo de gente adinerada. Definitivamente nada comparada con mi actual vivienda. ¿Por qué siento esa familiaridad como la que se siente en mi bodega? Espera, ya lo recuerdo, era donde habitaba cuando mis padres aún tenían vida.

Éramos la última familia de chamanes de un clan muy importante, los Aevar.

Recuerdo esta noche, fue cuando regresaron mis padres de aquella guerra en la que habían sido reclutados por ser tener la habilidad de transformarse en animales, cosa que herede de ambos. Oí un gran portazo de la entrada principal y corrí hacia allá a ver qué había sucedido. La casa estaba sola y yo tenía que cuidarla. Al llegar, mi sorpresa fue tanta que no supe si llorar o alegrarme. Mi madre, debajo de toda esa bestia de color rojo que la estaba cubriendo poco a poco, estaba mortalmente herida. Mi padre transformado aún en su animal interior cargaba con mi madre en su lomo herido. Quería ayudar pero no podía hacer gran cosa, mucho ayuda el que no estorba dicen, aparte, tendría que ¿unos cuatro o cinco años? Aún no aprendía ni el más mínimo hechizo, ni conocía bien a mi animal interior aunque sabía que es un gato negro.

No quería quedarme sentado pero no podía más que ver como mi padre al volver a su forma humana intentaba curar a mi madre con sus hechizos y conjuros después de curado a si mismo los rasguños y heridas que tenía. Parecía que nunca lo lograría, estuvo horas sincronizando su energía con ella para mantenerla viva. Se veía exhausto, necesitaba de mi ayuda eso, pero él la negó al acercarme. Me pidió que me fuera a mi cuarto y no saliera, que mañana todo estaría bien. Orden que por supuesto no seguí. Me escondí en uno de los tantos rincones que conocía donde podías ver todo y no ser visto por más que buscaran. Ese tipo de lugares han sido mis favoritos toda la vida.

Así fue como sobreviví esa noche.

Cuando mi madre, recostada en la mesa del centro, empezaba a cobrar conciencia y mi padre cayó exhausto un gran estruendo sonó por toda la mansión. Una manada de personas de vestiduras negras con una gran cruz amarilla en el pecho, rasgadas y rotas, había allanado el salón. Eran en su mayoría hombres, un par de mujeres y uno o dos niños. Todos se veían tristes, perdidos, heridos y que habían sufrido por ya largo tiempo. A lo que entendí estaban aquí para exigir algo que les había sido robado, al recibir una negativa de mi familia, ordenaron a los niños esconderse y se alistaron para atacar. Mi padre se encontraba desmayado y débil, mi madre recién curada, no sería gran oposición. Aterrado en mi escondite observe la devastadora disputa. Mi madre, totalmente a la defensiva preocupándose más por mi padre que por ella estuvo esquivando cuanto pudo, hasta que un solo hechizo le pego a mi padre.

Eso fue suficiente para quitarle la vida.

La ira de mi madre fue tal que conjuró su hechizo más poderoso y los exterminó a todos, supongo. Una cegadora luz violeta, proveniente de su conjuro, fue tan intensa que me despertó y no pude ver el resultado de su hechizo. Pero lo recuerdo porque lo viví.

De un brinco volví al mundo real, mi bodega, mi cama, mi hogar. Descubrí que todo había sido un sueño, el mismo sueño que lleva acosándome desde aquella fatídica noche.

 

Les voy a contar algo que hasta el día de hoy, ocho años después, me tiene confundido. He vivido huérfano en esta bodega desde aquella noche, me he esforzado en mis estudios del chamanismo y toda clase hechicería para el día que encuentre una forma de vengar la muerte de mis padres. Aquella mansión quedó inhabitable después de aquella pelea mágica. Esta bodega siempre había sido mi escondite cuando no quería saber nada acerca del mundo, aquí me refugiaba, aquí me sentía seguro. Aquí nadie podía encontrarme. ¿Quién iba a decir que terminaría siendo mi hogar?

Poco después de su muerte, una chica me ayudó a escapar de un problema. “Los huérfanos no tenemos apellidos, somos hijos de nadie” fue lo que me respondió cuando quise saber su nombre. Aalia, otra huérfana por culpa de la guerra y desde entonces comparto la bodega con ella y otras tres personas que cada una tiene su historia que no importa en este momento. Aalia se convirtió en más que mi amiga, me sentía tan identificado con ella y aún lo siento así. Sus papás también murieron en la guerra, también era una chaman y también era una animal, lo cual no es muy común, créanme. Un gato blanco que también buscaba venganza. Es mi alma Gemela, ni más ni menos.

Los sueños conforme pasaba el tiempo iban haciéndose más molestos, más reales. Hasta el punto de que todos en la bodega sabían hasta el más mínimo detalle acerca de ellos. No me importa gran cosa, son mi familia. Aalia harta de mis gritos de media noche un buen día decidió ponerle fin a esto. Tejió para mí un atrapa sueños con la misión especial de capturar ese recuerdo y no dejarlo aparecerse de nuevo en mi mente. No saben cuánto se lo agradecí, realmente funciono y todos hemos podido dormir en paz. Esperen, Esperen, lo curioso no es esto. Otro día, tiempo después, en el cumpleaños de Aalia hicimos una mega celebración entre sus amigos y los que formábamos parte de su familia adoptiva. La luna se fue, llegó el sol y la fiesta seguía bastante viva. Nosotros ya estábamos cansados, así que decidimos transformarnos en gatos y escabullirnos entre la gente a algún rincón cómodo a acurrucarnos y dormir bajo nuestro calor felino. Dormir juntos lejos del atrapa sueños no fue buena idea, menos con la sincronía que tenemos. Ella estaba en mi sueño o yo en el de ella, yo que se… ¿Adivinen que sueño era? Sí, ese mismo… el que tenía el afán de atormentarme, pero esta vez era diferente, lo veía desde otro enfoque y en el sueño no era un Aevar, era un Reun, la gente de las cruces amarillas y me mandaban a esconderme junto con el otro niño. No sufría por mis padres, al contrario sentía un gran alivio al verlos morir. Despertamos en el momento justo de la muerte de los Reun bajo la luz violeta del hechizo fulminante y suicida de mi madre.

Todo estaba silencioso en la bodega, podía sentir encima la mirada de Aalia, tan pesada que incomodaba y el silencio total ayudaba a incrementar este sentimiento. Al voltearla a ver comprendí todo… Ella era una Reun, uno de los niños que traían las mujeres esa noche y por lo tanto éramos la venganza que buscábamos. Al mismo tiempo dijimos el apellido del otro, rápidamente nos pusimos en pie y nos alistamos para atacarnos, pero ninguno de los dos pudo. ¡A ella no podía atacarla, maldita sea! No a ella, a cualquier otra persona pero no a ella. El odio que sentía por los Reun y el cariño que sentía por ella chocaron, combatieron, se debatieron por unos cuantos segundos… y entonces sucedió.

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