Una última oportunidad

El silencio los tenía a todos agarrados de la mano, con la mirada fija en las ramas del nuevo árbol que se abrazaban entre sí. Era su manera de mostrarle respeto a quien, por segunda vez había entregado su vida para salvarlos a todos.

-Necesitamos estar seguros -dijeron los tres cuervos al unísono.

-Si no, el sacrificio no servirá de nada -dijo Tobías quien en sus entrañas sabía a qué se referían los tres.

Con un nudo en la garganta, Iscariote murmuró un encanto que llenó de luz al árbol de las brujas. Se podía respirar la tristeza en aquel círculo a la orilla del lago. Todas las razas de seres que acababan de despertar de su eterno letargo se acercaron a admirar el altar que conmemoraba su victoria, ahí estaban los gigantes, los gnomos, los unicornios, las hadas, los duendes de tierra, los lobos y toda clase de bestias mágicas hincándose ante el árbol que emanaba su propia luz.

El problema era la oscuridad que nacía en la mirada de las bestias. Oscuridad que se derramaba a la tierra y contagió a los árboles. Misma oscuridad que a pesar de haber sido adoptada por el bosque estaba dando su último esfuerzo para ganar.

Del lago emanó una esfera de luz que en cuestión de segundos se reconstruyó en páginas, formando al libro que contenía todas sus intenciones escritas. El libro voló a toda velocidad a través del lago hasta llegar a Tobías y al chocar con su pecho desapareció, la luz de la esfera que lo rodeaba ahora hacía brillar a Tobías desde adentro.

-¡Huyan de aquí! -gritó un ejército de voces que salieron todas de la voz de Tobías. Una puerta de luz se abrió ante el árbol de las brujas y todos los que tenían dentro un cachito del bosque se miraron a sí mismos esperando la aprobación de que irse era lo mejor.

No había mucho tiempo para dudar. La oscuridad estaba transformando a las bestias en demonios hambrientos que en cualquier momento saltarían al ataque.

Tobías poseído por todas las intenciones que vivían dentro del libro le gritó a sus amigos que no había tiempo y se apresuró a dirigirse hacia la puerta. Antes de llegar tropezó ya que una bestia lo jaló del pie. Antes de voltear para poder ver a quién estaba por dirigirle una patada vio como Augusto desgarraba a la bestia que lo detenía.

-¡No se queden ahí! -gritó Augusto transformándose en lobo- ¡váyanse antes de que sea demasiado tarde!

Sin pensarlo todos corrieron a la puerta y antes de desaparecer a través de ella, Tobías dejó caer una página en la que, con tinta roja, decía: “Por favor, vive. Volveremos porque el bosque es nuestro.”

La puerta se cerró al sonido de un aullido de dolor y de guerra.

 

-Ya basta de perder gente- reclamó Tobías al borde del llanto al encontrarse que la puerta los había llevado a la casa más vieja en Allá Lejos.

-No los hemos perdido, yo aún puedo sentirlos -dijo Luna concentrándose con las manos en el pecho.

-Y también puedo sentir la oscuridad de Hilda llenándome de odio- añadió Iscariote.

-Vamos a tener que pelear desde aquí para poder volver -dijeron los tres cuervos.

-Yo también los siento a todos -dijo Tobías buscando en su interior-. Al entrar en mi el libro me hizo pasar por todas las pérdidas de quienes le han puesto mano encima desde que existe y de todos los años que ha acumulado el poder de todas las intenciones que le han escrito. Y… bueno… creo que tengo una idea para recuperar lo que es nuestro pero no va a ser fácil.

-No tenemos nada que perder -dijeron los cuervos.

-La vida -respondió Tobías con voz muy seria- y al bosque.

Un crujido como si se tratara de un cristal cuarteandose interrumpió su discusión. Del otro lado del salón podían ver cómo la burbuja rota del bosque estaba intentando entrar en la ciudad.

-Lo que sea que vayamos a hacer tenemos que hacerlo rápido -dijo Orfeo ansioso-.

-Nosotros nos encargamos del tiempo -dijeron los cuervos.

-Tienen que asegurarse de que el tiempo no reclame toda la ciudad en la que el bosque se convirtió -dijo Tobías llamando al libro desde su pecho para arrancarle algunas páginas en blanco y entregarle una a cada uno-. Una página de estas es magia más que suficiente para lograr lo que necesiten, el tiempo es lo suyo, estoy seguro que lo sabrán hacer bien. Mientras, Iscariote y yo llevaremos a Luna y a Orfeo al Calinalco.

-¿Pretendes que volvamos al inframundo después de todo el trabajo que nos costó salir de ahí? -reclamó Orfeo claramente molesto.

-Lo siento, de verdad -dijo Tobías en un suspiro-. Es algo que sólo ustedes dos pueden hacer. De los que estamos aquí, solo ustedes conocen el camino del laberinto del anochecer para llegar hasta el alma del bosque. Ahí van a poder encontrar las almas de Siobhan e Hilda y con la página en blanco que les acabo de entregar, escribir la paz que Hilda necesita. Cuando eso suceda, lo sabré porque todo lo que suceda en las páginas se escribe en mi memoria. Ya que todo esté en paz sólo tienen que seguir mi voz para regresar.

-¿Y si nos perdemos? ¿Si el bosque y la oscuridad logran salir? ¿Si el inframundo nos reclama? -preguntó la ansiedad de Orfeo

-Espero que morir no sea muy doloroso y que la ciudad nos perdone por lo que suceda por haber fallado -contestó Tobías.

-¿Y nosotros qué haremos? -Preguntó Iscariote con la sensación de que se estaba quedando fuera de toda la diversión.

-Proteger a la casa, a los cuervos, al bosque y nuestros dos amigos con toda nuestra vida y nuestra magia -le contestó con una sonrisa nerviosa.

 

El camino al Sargento se sintió mucho más corto de lo que la preocupación los estaba presionando a sentir. No hubo mucha plática en el camino y al llegar a la cueva que lleva al inframundo los cuatro se abrazaron, se desearon suerte y rogaron porque la suerte estuviera de su lado.

-No van a volver, ¿verdad? -le preguntó a Iscariote al que una lágrima se hacía camino por sus mejillas.

-Quiero creer que sí -respondió Tobías conteniendo la tristeza de la posibilidad de perder a otros dos-, ellos llegaron al bosque la primera vez atravesando la muerte.

 

En la casa más vieja, los tres cuervos se abrazaron y le entregaron su corazón a la página en blanco para que les permitiera separar al bosque de la ciudad en la que habían envejecido. En la página en blanco le dejaron su herencia y las instrucciones a Tobías para que la entrada al bosque no se perdiera para siempre.

 

-¿Por qué lloras? -le preguntó Iscariote de nuevo, recordando cuando se llamaba Oliver y siempre iba a él cuando se sentía mal.

-Ya no hay cuervos… -dijo Tobías mirando la puerta de la casa- pero hay bosque si aceptamos la condición de serlo.

-¿De qué hablas? Ya hablas igual de críptico que ellos -dijo Iscariote empujando la puerta para entrar.

Tobías no le contestó en ese momento.

Entró a la casa, caminó lento y le ofreció la mano a Iscariote. Por un segundo Iscariote creyó ver a Siobhan, luego a Hilda, a Augusto, a Orfeo y a Luna.

Admiraron juntos cada pasillo y dejaron que el sonido de cada paso los inundara.

Al llegar al salón donde se perdió por primera vez, Tobías tomó su página en blanco, se pinchó un dedo y con la tinta roja que era su propia vida escribió: “Aquí no estamos solos”.

Desde entonces, la puerta está abierta siempre que necesites un refugio.

 

Cuenta la leyenda que cuando te sientas perdido y sólo te vas a encontrar con la puerta a una casa vieja.

Ahí dentro existe un bosque mágico lleno de seres increíbles; todo cuidado por dos hombres con sombras de lobo que cuidan las tierras, uno con sombra de cuervo que cuida los cielos y dos mujeres hermanas que cuidan el equilibrio de los días y las noches.

Se dice que en la Casa del Tiempo siempre hay lugar para quien necesite encontrarse.

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