V · Tal vez, quizá, no.

Isaac ayudó a Tristán a ponerse de pie para después golpear una pared invisible que no le permitía pasar al cuarto donde Ixchel había entrado. Para el tercer golpe la puerta se cerró en sus narices. Por el impulso cayó al suelo de un sentón y fue ahí, en ese momento que trató de llamar a sus otros dos compañeros, cuando escuchó otras dos puertas cerrarse. Sólo quedaba una abierta a unos metros de él. Se puso de pie y se acercó a dicha puerta para observarla como si fuera un espejo.

–¿Qué clase de trampa es esta? –pensó en voz alta y obviamente, para su decepción, nadie le contestó. Lo que sí llegó a sus oídos fue cómo la casa cambiaba de forma una vez más a sus espaldas. Dio media vuelta para examinar la nueva apariencia del pasillo y se encontró a la mitad de un pequeño cuarto sin ventanas cuya única salida era aquella puerta que seguía abierta, anunciando una red abstracta hecha de figuras geométricas.

–Está bien… –dijo Isaac burlándose de su situación– si tú insistes.

Y la puerta se cerró a sus espaldas.  

El nuevo cuarto era obscuro para los cuatro. Se intentaron llamar entre sí para descubrir su completa soledad. Unos pasos más adelante la negrura se pobló para volver a dejar ver el salón donde habían dejado atrás al cadáver. Sólo que en esta ocasión estaba vivo, leyendo y sentado en el marco de uno de los ventanales.

Ixchel estuvo tentadísima a acercarse para averiguar cómo era posible de que estuviera vivo quien hasta hace unos momentos estaba más que muerto pero la entrada intempestiva de un tercero al cuarto la interrumpió.  Los dos hombres discutían sobre la telaraña del tiempo, sobre la muerte y el destino hasta que debido a un erro de cálculos el hombre antes muerto acabó muerto a manos del otro. Cuando este dio retrocedió, Ixchel claramente pudo reconocer a Isaac. Se quedó congelada al tratar de asimilar lo que acababa de presenciar. ¿Qué estaba sucediendo?

 

Juliana también tuvo toda la intención de acercarse y preguntarle a aquél hombre quién era. A ella la interrumpió una pequeña niña que caminó lentamente hacia él, se trepó en el marco de la ventana y se acostó sobre su regazo. El hombre sonrió con cariño y la despeinó, dejándole ver a Juliana que aquella niña era Ixchel.

Al acercarse un poco más el pánico la inundó.

Lo que había sido Ixchel había mutado en una araña gigante que usaba el cuerpo del hombre como nido para ella y un millón de arañitas que tenían mucho muerto de dónde alimentarse. Quiso correr, quiso gritar, pero una densa telaraña la mantenía en su lugar. En su cabeza sólo se repetían sus posibles acciones una y otra vez: De alguna manera tenía que escapar, tenía que matar a la araña, tenía que avisarle a los demás del peligro. Eso es lo que tenía que hacer.

 

Cuando Tristán se dio cuenta de dónde estaba lo único que vio fue a Juliana enterrarle un atizador de hierro en el pecho al hombre muerto. Lo hacía una y otra y otra vez mientras le gritaba que tenía que morir, que no se los iba a comer a todos. Cuando ella dejó caer el atizador él corrió a abrazarla para tratar de tranquilizarla.

 

Isaac se sentía fuera de lugar en aquél cuarto. Estaba acostado sobre la mesa del muerto. De alguna manera estaba observando el lugar desde los ojos del cadáver y tenía a un Tristán desquiciado a muy pocos centímetros, sintiendo cómo le absorbía la vida hasta matarlo.

–¡Todo esto es una mentira! –gritó como si eso fuera a detener lo que fuera que estaba sucediendo y escuchó como sus palabras se replicaron en un eco que le sonó a tres voces que acababa de conocer cuando llegó a la mansión.

Y entonces, una quinta voz les contestó:

–¿Lo es?  

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