VI · Esperanza

Al abrir los ojos, lo primero que vio fue a Voriana, se encontraba en los maternales brazos de la adivina que la miraba fijamente con sus ojos violeta que expresaban una gran compasión. De súbito se dio cuenta de algo muy importante: podía abrazarla, ¿eso significaba que la pesadilla había terminado? En respuesta a sus pensamientos bastó una cálida sonrisa que acompañara la mirada de la adivina para que Dahlia se rompiera emocionalmente. Escondiendo la cara en el regazo de la adivina, se entregó al llanto queriendo olvidar todo lo que había visto.

−¡Mi niña! Qué bueno que despertaste −le dijo, acariciándole una mejilla−. Llevabas dormida casi tres días. Perdón por indagar tan profundo en tu ser. Me empezaba a preocupar que no fueras a despertar, ¿estás bien?

−Tenía una misión… algo que entregar… pero… ¿qué? y… No entiendo… ¿Ya puedo tocar? ¿Qué es Enör? −sollozó a un volumen casi inaudible, pero el silencio del cuarto donde se encontraban le entregó el mensaje completo a quien la sostenía. Antes de contestarle, la recostó sobre la pequeña cama que las soportaba, para poder servirle un poco de jugo de frutas.  Antes de hablar, su huésped necesitaba probar bocado.

−Enör es la ciudad de donde vienes. Si puedes escuchar su nombre, es que logré dispersar un poco la niebla que protege tu secreto sin que nos destruyera a todos. ¿Sabes? Pasamos por las afueras de Enör mientras dormías, pero una barrera arcana no nos dejó entrar.

−Eso… −dijo limpiándose las lágrimas− Eso es malo, ¿verdad?

−No logramos descubrirlo. Pero se veía que todo está en paz ahí dentro, tendremos que tener paciencia hasta que el Éter y el Viento se encarguen de decírnoslo. Por lo pronto tienes que comer. −le dijo dándole una gran taza y un pan relleno de manzana que traía consigo para algún momento de antojo.

−¿Cómo es que puedo tocar las cosas? ¿Tú me quitaste la maldición? −Preguntó antes de montarle una hambrienta mordida al pan.

−No, no pude llegar a un acuerdo con la niebla. Lo que sea que te haya sucedido, no me dio permiso de descubrir el velo que cubre tus recuerdos. Lo único que logré fue que me dejara tocarte aquí, en este cuarto. ¡Nadie puede negarse a la poderosa Voriana! –la carcajada que soltó al acabar su comentario hizo que Dahlia creyera que era algo egocéntrica.

−Pero… puedo tocar la comida y esta cama. –dijo con otro bocado del pan en la boca−. ¡Esto está delicioso!

−Sobre eso… −se interrumpió la adivina para voltear a ver el collar azul que pendía cerca de la ventana, sobre la cama− digamos que torcí un poco el trato entre la niebla y yo. Éste será tu cuarto de ahora en adelante, lo que esté dentro de él, estará a tu alcance. Claro, eso si decides unirte a nosotros; si no, eres libre de irte cuando quieras. Supongo que alguien ha de estar buscándote. Sin embargo, fuera de aquí, sigues siendo intangible. Perdón.

−¿Unirme? ¿A qué? −preguntó interesada.

Por fin alguien la estaba tomando en cuenta en una decisión. Sólo esperaba poder enterarse de qué se trataba.

−¡Al circo! Te necesitamos para representar el papel de una mujer llamada Iseldis. Pero dejemos que de eso se encargue Karad más tarde. −le respondió con una sonrisa− ¿Quieres más jugo, querida?

Genial, en el misterio otra vez. Era demasiado bueno para ser verdad. Tenía que ser arcana. Pensó antes de resignarse, como siempre, a no saber en qué se estaba metiendo.

−Me han tratado bien, me regresaron gran parte de mi vida, sería la peor persona del mundo si me negara −contestó entregándole la taza para recibir más bebida−.  Además… no tengo a donde ir, no sé regresar a mi ciudad y no tiene caso que lo intente si no voy a poder entrar. Ustedes son lo único que tengo por ahora. Cuenten conmigo.

−¡Perfecto! Voy a avisarle a Karad, pero antes tengo qué enseñarte algo –la mujer fue a un pequeño buró del otro lado del cuarto, tomó algo de un cajón y regresó. Le extendió la mano derecha a la nueva integrante y le puso un anillo de oro que se le hizo familiar.

−Éste…. éste no es mi anillo. −dijo la enöriana quitando su mano rápidamente− El mío tenía marcas alrededor de él y un sello en el centro.

−Oh, sí que lo es mi niña, toda esa ropa estaba dentro de él −dijo señalando un pequeño armario que se encontraba abierto al lado del buró−. También había un par de libros y una foto de ti con dos seres grises de pelo humeante como el tuyo. Por lo que vi, dentro de la niebla, asumo que son tus padres. Todo eso está dentro del buró, donde viste que saqué el anillo. Es un anillo arcano, sirve para viajar sin necesidad de cargar equipaje. Las marcas del anillo son para indicar que hay algo dentro de él, una vez que sacas todo su contenido, las marcas desaparecen, es algo sencillo.

−¿Cómo es que eres tan poderosa? Por qué estás aquí y no en un… un… consejo de arcanos poderosos o algo por el estilo. Eres demasiado buena para estar en un circo sin darle uso a tu poder.

−Digamos que el viento me dijo que quiero ser feliz −dijo sonriendo conmovida por el comentario−. No soy tan buena… No pude… tu ciudad no me dejó entrar. Pero bueno, termina de comer mientras voy por Karad. Vuelo en un segundo.

Dahlia se arrastró sobre la cama para alcanzar el buró,  los libros y la fotografía que la adivina había mencionado. Los libros eran dos novelas que recordó haber guardado mientras sus padres hablaban, la foto se encontraba en uno de ellos separando lo que creyó era la página hasta donde había leído. La sacó para observarla con detenimiento, manteniendo la página separada con los dedos. Según lo que podía recordar, eran ella y sus padres.

Mis padres… ¿Qué será de ellos? Espero me perdonen por haberlos olvidado, por olvidar su encomienda. Pensó que tal vez estaba dejando atrás algo que no debería, pero recordando lo que los integrantes del circo habían hecho por ella, terminó convenciéndose de que quedarse con ellos era lo mejor, eran su nueva familia y debía adaptarse.

En un acto motivado por pura y simple curiosidad, leyó un par de renglones de la  página del libro que la foto separaba.

 

…la pequeña niña viajó con los ocho zorros que había encontrado hasta el momento.

¡Sólo uno más! Pensó la niña. Necesitaba encontrar al noveno zorro para con el poder de los nueve, combatir al rey usurpador que se había apoderado del trono que otrora ocupaban sus padres

Una gran prueba la esperaba.

 

−Una gran prueba, ¿eh? −se dijo a sí misma− Parece que no soy la única en apuros.

La puerta del cuarto a medio abrir interrumpió la historia de la niña. Karad y Voriana la golpeaban para atraer la atención de su inquilina, ambos esbozaban una sonrisa de oreja a oreja, como si hubieran recibido la mejor de las noticias.

−¡Buenos días, Dahlia! Me da gusto que estés bien. Nos preocupabas −dijo el director.

−¡Buenos días! Mu… muchas gracias por todo. −Dahlia contestó dejando el libro a un lado para hacer una reverencia que intentaba mostrar un poco de respeto.

−Voriana me comentó que aceptaste nuestra propuesta de unirte al circo, ¿cierto? −preguntó sentándose en una orilla de la cama, mientras la adivina permaneció recargada en el marco de la puerta.

−Pues… sí, digo… Aún no sé qué tengo que hacer, pero ustedes se han tomado tantas molestias conmigo que, si sirvo de algo, no puedo negarles mi ayuda −añadió tímidamente para terminar con un suspiro−. ¿Realmente hemos estado viajando tres días?

 

Karad no podía evitarlo, algo dentro de él le decía que tenía que contarle todo lo que sabía. Sentía que era lo que se debía hacer con cualquiera que hubiera perdido la memoria, aunque fuera de manera arcana. Después de escuchar de boca de la adivina todo lo que vio dentro de ella, le daba tristeza verla así, la sentía como una hija a la que tenía que cuidar y a la cual no podía esconderle nada. Con esa huella en él, habló:

−Casi… Cuando caíste inconsciente, Voriana tardó en despertar varias horas. Nos tenías muy preocupados, tu collar brillaba muchísimo y nadie podía acercarse a ti. Viajamos hasta las afueras de tu ciudad, donde nos detuvimos para arreglar este cuarto y descansar. Esa misma noche, Voriana intentó averiguar algo sobre tu ciudad, pero parece que algo muy privado sucede ahí porque no se puede entrar, está completamente sellada. Las puertas están abiertas, pero no se puede pasar. Pensamos que es algo curiosamente extraño que tú seas traspasable y tú ciudad sea impenetrable, aunque quizá es una casualidad. La mañana siguiente partimos de nuevo. Aprovechando el rumbo, paramos unas horas en el pueblo de Lienns, buscábamos a un pintor que el Éter nos recomendó para que hiciera el cartel de la nueva gira, pero fallamos en encontrarlo. Dimos con su casa,  estaba abierta y sus pertenencias dentro, pero se notaba que llevaba tiempo sin ser habitada, cómo si la hubieran abandonado de improviso.

Nadie de los alrededores quiso decirnos donde podríamos encontrarlo, lo único que logramos saber fue que su mujer se fue a buscarlo días después de que un grupo de arcanos se lo llevaran y no había regresado. Después de eso, anoche nos detuvimos para dormir. Y hoy no había pasado nada interesante hasta que despertaste. Llegaremos en unos minutos a Wynn, donde esperamos encontrar a alguien que realice el cartel.

−Ustedes, todos ocupados mientras yo aquí muerta, haciendo bulto. ¡Qué pena! −dijo sorprendida de que se tomaran la molestia de ponerla al tanto. Los dos directores casi morían de risa por lo ocurrente que les resultó el comentario de Dahlia.− Pero díganme, ¿de qué trata el show? ¿Qué tengo que hacer?

−El espectáculo trata de una mujer que debe salvar a su aldea de un hechicero que maneja el fuego, pero no conocemos el desenlace. Ya tenemos gran parte de los actos bien ensayados, pero contigo no sabemos todavía qué hacer. −explicó el hombre un tanto apenado después de soltar una carcajada a causa del comentario tan directo de Dahlia.

−Pero, ahí es donde encaja tu habilidad de ser intocable. –añadió la adivina desde la puerta, tal vez nos puedas ayudar con el final de la trama.

−¿Emprendieron un viaje para dar un espectáculo que no tenían completo, esperando encontrar lo que les faltaba antes de la primera función? ¿Eso no está… como… mal? −preguntó Dahlia sin darse cuenta de cuánto la estaban tomando en cuenta.

−Sí, así es, digamos que a veces -por no decir siempre- confiamos demasiado en lo que ella nos dice −dijo él volteando a ver a la adivina−. Realmente muy pocas veces nos ha salido algo mal y nunca nos ha metido en problemas verdaderamente serios. Hace un par de meses nos reunió para decirnos que el nuevo espectáculo trataría sobre una arcana que podría traspasar cualquier cosa. En un principio, le dije que estaba loca, que no existía una persona que poseyera tal poder arcano y que, además, estuviera dispuesta a representar el papel. –hizo una pausa, pensando muy bien lo siguiente que diría− …pero aquí estás y tendré que tragarme todas y cada una de mis palabras.

−Como siempre. −Voriana terminó la oración triunfalmente. El director no estaba dispuesto a discutir eso otra vez, no sabía qué decir, así que no dijo nada y el silencio  se prolongó.

−Entonces, ¿representaré a una arcana? −dijo la enöriana con la intención de cortar de tajo el incómodo silencio que empezaba a llenar el cuarto. No le gustaba mucho la idea, con o sin recuerdos las artes arcanas no eran de su agrado. No quería meterse con el orden natural de las cosas, pero, después de todo, algo ya estaba mal en ella…

−Sí, a menos que tengas una mejor idea para el final. −contestó el director aliviado por la sutil forma en que había cambiado de tema.

Al escuchar esto, los ojos de la enöriana brillaron. La estaban incluyendo en un plan y otorgándole cierta libertad para decidir, no la estaban dejando en suspenso, contrario a lo que hacían sus padres que siempre la sumían en el misterio. Con una sonrisa, volteó a ver de reojo el libro que sostenía en las manos.

−Uuum… creo que tengo una idea. Mi personaje muere intentando conseguir el poder para vencer al señor del fuego. En el otro mundo, unos espíritus le ofrecen la ayuda que necesitaba, entonces regresa como fantasma para derrotarlo y después lamentablemente volver al otro lado.

−¿Qué opinas, Voriana? −dijo el director.

−Que alguien ha estado leyendo libros para niños. −dijo con una carcajada y la mirada sobre el libro− Pero podemos vivir con eso, creo. No le veo problema alguno.

−En ese caso, bienvenida a la obra, Iseldis. −dijo el director con una sonrisa de satisfacción en la cara y estrechándole la mano.

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