X · En el mismo hoyo

Esta casa se ve mucho más alegre ahora que está llena de gente. Pensó Dahlia al ver a todos sus amigos en la sala donde el pintor había llorado tan amargamente por la mujer que ama. Sintió una gran curiosidad por saber si aquella desconocida lo amaba tanto como él a ella, si merecía ser querida de esa manera.

Ellioth había preparado una cena deliciosa y todos charlaban animadamente  reviviendo anécdotas de otros tiempos. Dahlia se sentía fuera de lugar, ya que ella no tenía viejos recuerdos con el circo, así que se distrajo pensando en otras cosas. Con trabajos me acuerdo quien soy se dijo a sí misma mientras sus ojos inspeccionaban la casa detenidamente. Le gustaba mucho el toque que el pintor le había dado a aquella cabaña, se notaba instantáneamente que un artista la habitaba. Ellioth tampoco compartía con el grupo, después de la cena les había dicho que se sintieran en casa mientras el terminaba de arreglar el cartel.

La curiosidad la carcomía, ¿qué era lo que estaba haciendo? ¡Yo quiero ver! Pensó viendo el cuarto que estaba al fondo del corredor por donde el pintor había desaparecido. Se puso de pie con la decisión de ir a averiguarlo y su mente la detuvo antes de dar el primer paso hacia allá. Dijo que nos quedáramos aquí, pero que dejaría la puerta abierta, que si lo necesitábamos, le echáramos un grito. Respiro profundo para agarrar valor y se encaminó. Poco antes de llegar al pasillo que lleva a los cuartos, una voz la interrogó.

−Eh, Dahlia, ¿a dónde vas? −preguntó Bramms desde la sala.

−A… a… ¡al baño! −dijo sin atreverse a decir la verdad. De por sí ya se sentía apenada, ahora que la habían atrapado a la mitad de su travesura de seguro la vergüenza había teñido de rojo su azulada tez.

−Pero el baño está allá −dijo Bramms inocentemente señalando la puerta al otro lado de la sala. Era obvio que no se había dado cuenta de las intenciones que la enöriana se traía entre manos.

−Ah sí… ¡es cierto! −dijo acelerando el paso hacia la puerta que le habían señalado− ¡perdón!

¡Qué le importa! Se dijo a sí misma haciendo berrinche dentro el baño. Se sentía tan mal por enojarse tanto porque arruinaron su plan, que ahora no sabía qué hacer: podía quedarse en el baño hasta que se le pasara el coraje o salir y fingir que nada había sucedido. Descartó la primera opción porque además de ser un lugar muy pequeño e incómodo, que tal si alguien quería usarlo realmente; pero la segunda opción tampoco le gustaba mucho, no quería salir y que todos vieran la cara de disgusto que el espejo le mostraba.  ¿Qué hago? se preguntó mirando por la ventana que daba hacia el jardín. Cuando un pequeño petirrojo se detuvo sobre el marco de la ventana fue como si todo tuviera sentido de nuevo. Simplemente atravesó la pared y se sentó en el suelo, al pie de los pocos escalones que separaban la cabaña del suelo, junto al caballete que permanecía cerca de entrada. ¡Que me dé el aire un rato y todo será genial! Después podré volver con todos los demás, pensó.

Dentro de la cabaña, los enanos se habían ofrecido a lavar los platos y arreglar todo a manera de disculpa por los problemas que habían causado. La noche avanzaba lentamente, Ellioth aún no salía de su cuarto y a la plática aún se le veía largo camino por recorrer, sin embargo Bramms decidió salir a tomar aire y averiguar por qué Dahlia seguía sentada a unos pasos de la entrada viendo al cielo. La había observado desde que llegó a sentarse en el suelo, luego se movió hacía al pórtico, después de un rato se acostó sobre la madera y luego se volvió a sentar a donde se encontraba anteriormente. Si su propósito era esconderse, lo estaba haciendo muy mal, alcanzaba a verla a través de la puerta que estaba abierta de par en par.

−¿Qué tanto ves? −dijo Bramms sentándose a su lado.

−El cielo −dijo Dahlia sin separar la vista de su presa visual− ¿Las nubes saben a dónde van? o ¿saben de dónde vienen?

−Eeeem… Yo creo que… has hablado demasiado con Voriana −dijo Bramms muerto de risa por no saber qué contestar.

−No, ¡en serio! −afirmó en tono de queja, ahora así volteando a verlo, lo cual provocó que él dejara de reír− Quiero saber si soy la única que no sabe de dónde viene ni a dónde va.

−Yo no sé a dónde voy, si eso te sirve de consuelo. −dijo con cierta nostalgia mirando al suelo− No puedo volver a Bleizig.

−¿Por qué? −dijo Dahlia interesada.

−Ciertos problemas… digamos… ardientes −dijo con una triste sonrisa prendiendo un poco de fuego en su mano.

−¿No todos son como tú allá? −dijo confundida.

−Realmente no te acuerdas de nada, ¿verdad? −dijo volteando a verla sorprendido.

−Pues… ¿no? −dijo ahora ella mirando al suelo− Recuerdo partes de mi vida, pero no dónde la viví, ni qué había fuera de ese lugar. Con trabajo recuerdo a mis padres. Lo único que tengo claro es que tenía una misión que cumplir, pero no sé cual, no sé dónde y no sé el porqué. Pero cada día que pasa, es más grande mi deseo de saber qué pasó.

−Que feo caso… −dijo Bramms comprensivamente, aunque por otro lado se sentía envidioso de Dahlia, a él le gustaría dejar dentro de un cajón a Bleizig y vivir en el circo sin temor de que  en cualquier momento alguien viniera a buscarlo. Habitar el circo sin esperar visitas no era tan difícil, ya lo estaba haciendo, olvidar era lo que si le costaba trabajo. Suspiró perdido en sus recuerdos sin que ninguno de los dos dijera nada y luego agarró aire antes de hablar.

−Bleizig es una ciudad de, como nos llaman fuera, elementales. No somos como los humanos, ni como ustedes los enörianos, y aunque nuestra apariencia física es la que más se parece a la de los humanos de entre las razas de Angharad, por dentro somos muy distintos. Por dentro… ¿cómo explicártelo? Hay cuatro familias principales: la del fuego, la del agua, la del viento y la de la tierra.  Bueno, estos son elementales puros, los linajes antiguos. Pero de esos ya no hay, hoy sólo existimos híbridos, que se casan entre sí, o incluso con gente que no es bleizen. ¿Te estoy confundiendo, verdad? −preguntó Bramms, con un gesto que dejaba ver que el confundido era él y no quien lo estaba escuchando.

−No, no, continúa… −dijo Dahlia poniéndole toda la atención posible− Supongo que tú eres de la familia de fuego.

−Eerr… algo así. –respondió Bramms sonrojándose y rascándose la cabeza− Los linajes puros son realmente un mito, no hay bleizen que en su árbol familiar no tenga algún integrante proveniente de otra familia, o un humano o una enöriana, dijo con una encantadora sonrisa− Pero sí, efectivamente, por dentro soy de fuego. Lo que nos hace diferentes a los humanos es que podemos tornar todo nuestro ser en el elemento que predomina dentro de nosotros, el más fuerte. La razón es que no somos carne y hueso, somos elementales. Se dice que los bleizen nacen del río de Éter a través de los elementos. Pero aunque estemos muy conectados con la naturaleza, por alguna razón no podemos usar las artes arcanas como todas las demás razas. Podemos manejar los elementos de manera muy similar a como los usan en las artes, pero ni los de la familia del viento pueden hacer que el Éter les haga caso si es que de usarlo se trata.

−Pero… ¿para qué quieren usar las artes? −dijo Dahlia, intrigada− ¿Qué no es mejor lo que ustedes tienen? Digo… los maestros arcanos juegan con el poder natural de las cosas. Y pues… a lo que alcanzo a entender, ustedes SON el poder natural.  No hay razón para querer tomar prestado lo que ya tienen.

Bramms se quedó boquiabierto al escuchar esa respuesta, jamás se le había ocurrido pensar su situación de esa manera, ni a él, ni a nadie que él conociera.

−Pues… es que…  ¿me creerías si te digo que nunca lo había pensado así?

−¡No puede ser! −dijo Dahlia carcajeándose− ¿Por qué no?

−Pues, tal vez nuestra historia nos lo impide. Te cuento: hay un grupo de gente en mi ciudad que se hace llamar “El Gremio”. Este grupo se dedica a hacernos creer que tenemos el derecho ”natural” de usar las artes arcanas. Ellos creen que somos algo así como “los hijos favoritos” del Éter, que si no fuera así, ¿por qué somos los más cercanos a él? Ese mismo gremio y con este afán hizo tratos con gente poderosa de tu ciudad para desarrollar la tecnomagia.

−¿Los…? ¿De mi ciudad? −interrumpió Dahlia impulsivamente, al parecer no esperaba escuchar eso− ¿Entonces… en ese gremio, alguien podría saber qué fue lo que le pasó a mi ciudad?

−Es muy probable, no lo sé, pero yo no te recomendaría acercarte. −dijo mirándola fríamente.

−Pero… ¡ellos pueden saber algo! −dijo poniéndose de pie. Bramms intentó jalarla del brazo para que se sentara de nuevo olvidando que no podía tocarla.

−Siéntate y te acabo de contar. − optó por provocarla, con una sonrisa que mostraba que no tendría mucha paciencia respecto a ese tema. Sin que lo dijera dos veces, la mujer se volvió a sentar a su lado.

−Por culpa de ese gremio, yo no puedo volver a Bleizig, si lo hago… me matarán.

−¿Pues qué hiciste? −dijo ella asustada.

−Quemarles un par de cosas. −dijo cruzando los brazos y mostrando una sonrisa más segura, y de cierta manera, victoriosa.

−¿Qué cosas y por qué? −le exigió una respuesta acercando sus manos a las rodillas de Bramms, y  su cara a unos centímetros, fulminándolo con la mirada.

−Aaaam… pues… es que… querían utilizar la tecnomagia para destruir algo, pero nunca supe a ciencia cierta qué o cómo, pero al parecer los enörianos no estaban de acuerdo con ello tampoco. El gremio planeaba llevar a tu ciudad sus inventos. Cuando intervine, buscaban la manera de meterlos de contrabando y usar a la gente de tu ciudad como conejillos de indias, argumentaban que era justo, que era el precio que debían pagar por impedir la evolución del mundo.

−Pero sin los enörianos, su tecnomagia no funciona, ¿no? −dijo ella volviendo a su lugar y sintiéndose bien porque finalmente podía decir algo de su ciudad.

−Es lo que creíamos todos los que estábamos en contra del gremio. Pero, al parecer ellos conocían todos los procedimientos y alegaban que tu gente no era indispensable, podría sustituirse. Entonces… un día nos metimos en uno de sus laboratorios  y ¡quemamos todo! −concluyó triunfante.

−¿Y por eso te persiguen? −dijo la enöriana sorprendida de escucharlo decir aquello como si hubiera sido un juego muy divertido.

−No −dijo él con una gran sonrisa tan grande, que Dahlia pensó que le hacía ver como un gran idiota.

−¿Entonces? −dijo molesta esperando una respuesta.

−Entonces nada, esa es la razón por la que no puedo volver. −dijo con su sonrisa de tonto.

−¿Y cómo fue que llegaste al circo? −dijo pensando en darle por su lado, era demasiado increíble que lo hayan dejado escapar, si era tan importante ¿por qué no habían venido a buscarlo?

−Después de escapar de la ciudad, cosa que no fue muy difícil, ¿Cómo distingues a un fuego de otras miles de llamaradas? me encontré a Voriana y a su circo, todos menos Voriana se veían un tanto sorprendidos de verme −dijo el de manera divertida.

−¿De verte? −preguntó ella con duda− ¿Qué no se conocían desde mucho antes?

−Sí, me conocían todos, pero cuando nos encontramos, yo apenas estaba recuperando mi forma humana, nunca me habían visto como ser de fuego. Voriana, por su parte, se veía feliz con nuestro reencuentro, aseguraba que era parte de su buena suerte, pues ellos iban camino a Bleizig a  buscarme para que participara en su nueva obra.

−Espera… −dijo ella uniendo cabos− ¡Eso fue hace como una semana!

−Así es, de hecho fue dos o tres días antes de encontrarte. −dijo él asintiendo con la cabeza

−Entonces… −dijo Dahlia pensativa− ¿Crees que mi misión tenga algo que ver con tu ciudad o con lo que quería hacer el gremio?

−Como ya te dije, es muy probable, pero no creo que sea buena idea averiguarlo.

−Pero… ¿y no vendrán en tu búsqueda? ¡Eres como un prófugo! No creo que te quieran dejar suelto. −dijo ella mirándolo acusadoramente.

−¡Te pregunto lo mismo a ti! Nadie sabe qué pasó en Enör, puede haber sido cualquier cosa y nadie lo sabrá hasta que alguien pueda penetrar sus muros. Es fácil suponer que  si el gremio se entera que tú estás fuera, vendrán a interrogarte… si te va bien. −dijo cortantemente en venganza− Si me preguntas a mí, creo que los dos estamos en el mismo hoyo y cavando.

−Y… tú crees… ¿qué opina Voriana de todo esto? −preguntó ella sonrojada al sentirse descubierta una vez más− A mi no me dijo nada de esto, no sé qué tanto haya visto cuando se metió a mi alma sólo me explicó que cuando estuve inconsciente, intentó entrar a Enör sin conseguirlo, me sugirió me quedara con ella, que en el circo estaría segura. Supongo que tú en cambio, le contaste tu historia.

−Si, le conté todo lo que te he contado a ti y me dijo lo mismo: que me quedara en el circo. −dijo mirando dentro de la cabaña− La conozco desde hace varios años, algo debe de estar planeando. Pero no se qué.

Dahlia miró dentro siguiendo la mirada de Bramms, los enanos seguían limpiando, Voriana estaba de pie dándoles la espalda, se agachó un poco hacia Karad y caminó hacía el pintor. Aunque la puerta estaba abierta, Voriana la golpeteó suavemente, quería llamar la atención de Ellioth de una manera sutil, pensaba que llamarlo por su nombre rompería su concentración. El pintor volteó enseguida, como si hubiera sentido su presencia y golpear la puerta no hubiera sido necesario, mientras enrollaba un lienzo entre sus manos.

−Justo a tiempo, ¡ya acabé! −exclamó el pintor entregándole el trabajo en sus manos.

−Perfecto −dijo la adivina−  a cambio yo te traje algo que te será muy útil.

El pintor recibió una pequeña cajita que dentro tenía una pluma fuente morada con  varias runas pintadas en negro sobre ella. Se veía muy sofisticada.

−¡Muchas gracias señora! −dijo poniendo la cajita en el escritorio− está muy linda pero soy pintor, no escritor.

−Pero cuando te vayas de este pueblo nos vas a escribir. −dijo ella en respuesta

−¿Cuando me vaya yo? ¿No se irán ustedes? ¿Cómo sabré a dónde enviar la carta?

−¡Claro que nos iremos! Tenemos una gira que cumplir −dijo riendo abiertamente− Pero tú tienes que irte también, debes ir a buscarla, ¿recuerdas?

−¡Claro que recuerdo! Cómo olvidarlo. −dijo él sintiéndose un tanto regañado− Eso es lo que he venido haciendo desde que salí libre, sólo me detuve aquí un tiempo a terminar unos trabajos, pero en cuanto acabe, partiré. ¿Cómo sabré si ustedes la encontraron?

−Para eso es la pluma. Las runas negras son un decreto arcano, lo que sea que escribas con ella, encontrará la manera de llegar a mí sin duda alguna. Quiero que me escribas indicando dónde estás, cada que vez que mudes de aires, hasta que la encuentres.  Y yo encontraré la forma de que recibas una respuesta ¿De acuerdo? –dijo la adivina clavando la mirada en la cajita donde estaba la pluma.

−¡Ohh sí sí sí!  ¡Claro! −dijo el pintor emocionado− ¡Será un placer!

||||| 0 I Like It! |||||