XI · Tres reglas y una despedida

El sol estaba en lo más alto, escondido detrás de un par de nubes perdidas que pasaban por ahí. Eso hacía que el día fuera perfecto para el circo, aunque un aire de nostalgia rondaba entre sus integrantes. Desde aquél día en que los enanos robaron el cartel, la presencia de Ellioth en los ensayos diarios se hizo casi obligatoria, Les había agarrado tanto cariño a todos en el circo que no faltó ni un sólo día. Sabía que en algún momento tendrían que separarse y recorrer caminos distintos, así que decidió aprovechar el tiempo que podía tener su compañía. A todos los participantes en la obra les agradaba tener público durante sus ensayos, la presencia de Ellioth los hacía sentir que no eran una proyección tecnomágica abandonada que se repetía una y otra vez sin que nadie la viera.

Durante su estancia en Wynn, el pintor había aportado al circo mucho más que sólo el cartel. Con su ayuda terminaron de afinar la trama, dieron un par de retoques a los trajes y ayudó a los enanos con la composición de la música que algunos de ellos interpretarían. Incluso había convencido a Karad de que debían dar funciones para el pueblo de Wynn, pues no quería despedirse sin haber visto la obra como todo el público la vería.

Dahlia había aprovechado esos días para estar con el pintor todo el tiempo que le fue posible, pero jamás se atrevió a decirle lo atraída que sentía por él, no porque no quisiera, si no porque Ellioth no le daba oportunidad: cuando estaban juntos, sólo hablaba de Alieth y de los viajes realizados en su búsqueda, cuando ella desviaba el tema e insinuaba sus sentimientos, como hecho a propósito, el pintor solía reiterar su amor por Alieth. Muchas veces llegó a creer que su comportamiento era una manera de evitar lastimarla con un rechazo. De cualquier manera ella disfrutaba tanto de su compañía que restaba toda importancia a lo que dijera. Con tal de poder escucharlo pero si llegó a lamentar que Ellioth evitara expresarle su cariño de alguna manera.

Tras casi un mes de ensayos y ajustes a la obra, el primer día fue mucho mejor de lo que esperaban, literalmente todo el pueblo estaba presente y todo marchó sin contratiempos, fue un buen inicio. Hasta el pequeño carnaval después de cada función fue único. Fue en esa primera noche de fiesta cuando Ellioth se despidió. No quería dejarlos, pero tenía que arriesgarse a recorrer toda la isla de Angharad, a seguir buscando. Alguien en algún lugar, tenía que por lo menos haber visto a su mujer y no descansaría hasta encontrarla. Lo hizo después del carnaval, el pintor les pidió a todos reunirse en la cabecera de la caravana, pues tenía una noticia importante que darles. Para no sentir que los dejaba con las manos vacías, el pintor entregó a cada uno una pequeña pintura del tamaño perfecto para separar la lectura de un libro, todas eran diferentes, las había realizado pensando en cada uno de ellos e incluían una breve pero cariñosa dedicatoria y un “gracias por todo”.  La felicidad en el circo decayó un poco en ese momento, a todos se les había olvidado que tendrían que separarse en algún momento. Pero Bramms hizo de las suyas una vez más y a pesar de que corrían algunas lágrimas en más de una mejilla, no tardó en provocar la risa de todos y hacer que la reunión no pareciera un funeral.

Dahlia estuvo a punto de gritarle al pintor que no se fuera en vez de agradecerle por el separador. En su interior tenía el deseo egoísta de que él abandonara su búsqueda, que se quedara con ellos o mejor aún sólo con ella. Si él accedía, ella haría hasta lo imposible para hacerlo sentir pleno, feliz. Sin embargo guardó silencio, sabía que no podía detenerlo, él había dejado muy claro que Alieth era la dueña de su felicidad. Por su parte, ella ya había dejado toda una vida detrás, acostumbrarse a una ausencia más no sería gran problema. Con ese pensamiento se tragó sus palabras y dejó que la situación siguiera su curso.

Ellioth llevaba varios segundos viéndola sin decir nada, se acercó a ella lo suficiente para susurrarle al oído: “gracias por todo, fuiste lo mejor de todos los días”. Sus ojos estaban a punto de desbordar todo lo que su boca no podía sacar, lo vio despedirse de todos y cada uno antes de desparecer entre las calles del pueblo.

Déjalo ir. Escuchó en su cabeza la maternal voz de la adivina. Volteó a verla, tan sólo para encontrar la misma cara de tristeza que todos tenían. A nadie le gustan las despedidas. Quería soltarse a llorar, pero no podía permitírselo.

 

−¡WAAAAAAAAAH! −Interrumpió uno de los tres estudiantes que llevaban media noche escuchando la historia de la enöriana− ¡Que tristeeeeeeeeeeee!

−¡Aven! −gritó Vhan tocándose el pecho con una mano− ¡Me acabas de sacar el susto más grande del mundo!

−Pues que delicado −dijo Aven carcajeándose de ver a su amigo asustado− Y… y…

−¿Ellioth sí escribió? −preguntó Rheud serenamente sin darse cuenta que Aven casi lo quería matar con la mirada por preguntar lo que él tenía en la punta de la lengua.

−¡Eso viene más adelante! −dijo Dahlia riéndose, estos tres visitantes realmente le habían alegrado la noche bastante −No se adelanten… pasaron cosas antes.

−¿Ah, sí? −preguntaron los tres al mismo tiempo.

−Sí −dijo ella reacomodándose en su lugar− Después de que nos despedimos, los días se hicieron lentos, eternos, hasta una noche después del carnaval que vi correr histérica a Voriana, lo cual llamó mucho mi atención, ya que desde la vez en que los enanos hurtaron el cartel no la había visto tan preocupada.  No quería meterme en su camino, así que sólo la seguí para ver si podía enterarme qué sucedía.

−Karad, tenemos que irnos −le dijo Voriana al director del circo.

−A… a… ¿A dónde? ¿Por qué? −dijo Karad tratando de salirse del mundo en el que estaba concentrado.

−Digamos que… −dijo mirando a su espaldas− hay un poco de agua metiche buscando problemas.

−¿Agua metiche? ¿De qué hablas? –preguntó el director rascándose la cabeza, tratando de entender lo que la adivina quería decirle.

−Sí, tu sabes… −renegó la adivina con poca paciencia− se enteraron que aquí están.

−¿Quiénes? −preguntó el director aún más confundido

−Aaargh… ¿por qué todos hacen tantas preguntas? ¿No pueden suponer que lo sé todo y ya? −dijo cruzada de brazos dándole la espalda al director para salir de su carpa.

−Pe… −intentó defenderse antes

−Pero nada, empaca, nos vamos en cuanto todo esté listo. No podemos detenernos más. ­−le dijo al director desde la entrada− Y tú Dahlia, ven y ayúdame, eso te sacas por andar metiendo las narices donde no.

−A… ¿ayudarte? −dijo la enöriana apenadísima de haber sido descubierta. −¿En qué puedo ayudarte?

−Tú sígueme y no hagas preguntas, estoy harta de que me hagan preguntas.

−Pe… perdón, no era mi intención escuchar −dijo aún más apenada tratando de alcanzarle el paso a Voriana.

−No es cierto −dijo la adivina volteando a verla por un segundo−, sí lo era, pero eso no importa ahorita. No te separes de mí, puede ser peligroso.

Esas últimas palabras por fin habían dejado sin habla a Dahlia, quien ahora se sentía culpable y no se atrevía a pronunciar ni la más mínima sílaba, así que sólo asintió y la siguió en silencio como una sombra. Se dedicaron a avisarle a los visitantes que por cuestiones de fuerza  mayor el carnaval tendría que cerrar temprano y a pedirle a  todo el grupo que desmantelaran el circo, pues partirían inmediatamente.  La enöriana estaba que se la comía la curiosidad por saber qué estaba pasando, ¿quién o qué era el agua metiche? ¿Qué podría ser lo peligroso? ¿Cómo algo podría hacerle daño si era intocable?

Una vez que habían logrado que todo el público abandonara el lugar y cerrado las puertas, Dahlia se separó un instante de la adivina para ver cómo los enanos desmontaban su carpa: uno quitaba una estaca, otro la volvía a poner para que después otro la quitara y otro la guardara en su caja. Otros sacaban cosas de la carpa mientras otros cargaban una gran caja y luego todos metían las cosas para guardarlas en la caja. Parece que son tan desorganizadamente ordenados como en sus debates, Pensó entretenida al verlos, olvidando que venía siguiendo a Voriana.

−Dahlia… −escuchó una voz detrás de ella− ¡Dahlia Dunod!

−¿Qué? ¿¡Qué pasa!? −Volteó sobresaltada para ver a Voriana que la miraba impaciente.

−Te dije que no te separaras de mi lado, no puedo arriesgarme a perderte de vista. −dijo la adivina preocupada− ¿No has visto a Bramms? Lo necesitamos con nosotros también.

−Pero… ya cerramos las puertas, sólo estamos nosotros, ¿qué puede pasar? −se excusó incomodada por la insistencia− No lo he visto para nada, debe de estar guardando su carpa.

Sin decir nada Voriana señaló donde había estado la carpa, Tallod se encontraba guardando las últimas piezas ya que él y Bramms compartían el lugar. Al ver que las dos mujeres se acercaban a él, sólo sonrió y espero.

−Ya acabé con ésta, ¿necesita ayuda con la suya?  −dijo solícito poniéndose de pie.

−Gracias, ¡eres un amor! −dijo ella haciendo una reverencia− ¿Puedes ayudarnos con la de Dahlia también?

−¡Claro! Si encuentran a Bramms para que me ayude, podría hacerlo más rápido. –sugirió rascándose la barbilla.

−De hecho, veníamos a preguntarte si sabías donde está −sonrió la adivina, queriendo disimular su preocupación.

−Lo vi hace rato detrás de la carpa principal. Estaba platicando con un hombre más o menos de su edad de pelo azul. −dijo Tallod mirando al cielo como si eso le ayudara a recordar− Parecían buenos amigos.

−¡Gracias! −gritó la adivina encaminándose a paso rápido hacia el escenario sin separarle la mirada. Por la palidez que invadió a Voriana supuso que lo que ella tanto temía había sucedido.

−¿Pasa algo? −preguntó Dahlia, sin poder contenerse mientras corría para alcanzarle el paso.

−Sí −respondió contundente parándose en seco, lo cual provocó que Dahlia la atravesara, sólo para inmediatamente después volver a colocarse tras la adivina. Dos figuras masculinas venían caminando hacía ellas.

−¡Voriana! ¡Dahlia! −gritó Bramms a lo lejos agitando el brazo para saludarlas− ¡Qué bueno que las encuentro, les quiero presentar a alguien!

−Algo no está bien con esa persona, Dahlia. Ten mucho cuidado. −le murmuró la adivina en voz muy baja

−No es como si me pudiera hacer algo, ¿o sí? –dijo ella en el mismo tono de voz, sin separar la vista de los dos hombres que venían acercándose.

−No lo sé, pero no espero nada bueno de él.

Bramms se paró a un par de metros de ellas, a su lado venía caminando un hombre de pelo azul muy corto tal cual Tallod había descrito. Su cuerpo era grande y portaba una vestimenta blanca, si no se hubiera mostrado cabizbajo y decaído, su figura se vería imponente. Un collar negro dejaba descansar una pequeña esfera amarilla con el centro café sobre su pecho.

−El es Izu, de la familia del agua. −dijo Bramms dándole una palmadita en la espalda− Es amigo mío desde que éramos muy chicos.

−Mucho gusto Izu −dijo Dahlia buscándole los ojos con la mirada.

−¿Y qué hace aquí? −maldijo Voriana de mala gana sin separarle la mirada.

−Ve… ve… vengo de paso. Sólo a sa…

−¿No nos puedes voltear a ver? −interrumpió la adivina el tartamudeo nervioso del acompañante de Bramms. El hombre levantó la mirada y dejó ver un rostro fuerte y unos ojos plateados tan dulces que Dahlia no entendía por qué los escondía.

−Que lindos ojos tienes. −le dijo con una sonrisa para tratar de calmar su nerviosismo. No lo culpaba de trabarse de nervios al ser recibido de esa manera por Voriana.

−Gracias −contestó él volteándola a ver.

El chico guardó silencio un instante sin separar la mirada de la enöriana, luego  torció el cuello hacia un lado y repentinamente sus ojos eran totalmente negros como si un gran vacío viviera dentro de ellos. Voriana se puso pálida una vez más y eso hizo que Bramms volteara a ver a su amigo.

−La niebla… debo… matar… −balbuceó el chico en trance.

−¡Izu! ¿Estás bien? −exclamó Bramms poniendo una mano sobre su espalda− No juegues de esa manera, no es divertido.

El chico de pelo azul volteó lentamente la cabeza como si ésta fuera empujada por un mecanismo de engranes, parpadeó y golpeó a Bramms en el estómago. El golpe mandó al domador de fuego varios metros atrás cayendo al suelo como un bulto inerte. Los brazos de Izu habían perdido su forma humana y ahora eran dos grandes estacas de hielo. Una de ellas, se veía a medio derretir y manchada de una sustancia naranja por el golpe que le había dado a Bramms. El hielo empezaba a cubrir su cuerpo, poco a poco se trasformaba en una bestia helada.

−¡Bramms! −gritó Dahlia al tiempo que agarró impulso para correr hacia él sin importarle.

−¡Dahlia, no! −exclamó la adivina levantando el brazo para impedirle el paso olvidando que no traía el collar que le permitía tocarla.

Dahlia corrió directo hacia la bestia de hielo, Bramms estaba a un par de metros detrás de él, si se movía rápido lo atravesaría y podría llegar a ver si su amigo se encontraba bien. La bestia sólo sonrió de ver a su presa correr hacia él.

−La mujer… de… la niebla… −susurró pausadamente levantando las estacas un poco.

Dahlia pudo ver que un círculo de runas purpuras comenzaba a formarse sobre la bestia de hielo, pero eso la detuvo unos instantes, cerró los ojos y corrió lo más fuerte que pudo. Un par de silbidos se escucharon y de la nada, una explosión de luz estalló a unos pasos de ella. El lugar se iluminó de rojo entintando todo lo que los rodeaba de una manera cegadora.

−¡Dahlia! ¡Dahlia! −gritó a la nada la adivina− ¡Contéstame!

Pero no recibió respuesta. Estaba rodeada de nada, sólo rojo hasta el horizonte. Pensó en caminar hacía adelante, Bramms debía encontrarse cerca y seguramente Dahlia con él.

Cerró los ojos y se concentró olvidándose del rojo que la rodeaba, ahí estaban, podía percibirlos a ambos, pero a la bestia también y más cerca de lo que esperaba. Abrió los ojos y volteó a su derecha para ver que estaba a punto de ser empalada en las estacas de hielo. Sólo le bastó murmurar una palabra para que la bestia quedara congelada en su trayectoria. Al ver que su decreto etérico había funcionado, se limpió la frente con el dorso de su mano y sonrió cínicamente.

−Intenta moverte todo lo que quieras, no vas a poder. −dijo picándole la frente con el dedo índice derecho. Una onda de energía resonó sobre él regresándolo poco a poco a su apariencia humana.

El hombre abrió los ojos desorientado y miró a la adivina que estaba frente a él.

−¿Y bien? −dijo la adivina cruzada de brazos− ¿Qué tienes que decir a tu favor?

−Po… ¿por qué está todo rojo? −dijo asustado el chico de pelo azul− ¿Porqué no puedo moverme?

−¿Eso es todo lo que tienes que decir? −dijo mostrando frustración, Volvió a picarle la frente y el chico cerró los ojos por el dolor que esto le provocó,  pero no gritó.

−Que me… −se interrumpió a sí mismo, viendo frente a él lo que había sucedido, como si fuera una proyección.

−Ahora sí… ¿qué tienes que decir a tu favor? −repitió la adivina impaciente cruzándose de brazos de nuevo.

−Mátame… −dijo bajando la mirada.

−Vuelve a tocarlos y créeme que lo haré, sin duda.

−No, no entiendes, lo digo en serio… yo… yo ya estoy muerto. −dijo mientras litros de  lágrimas corrían por su rostro.

−¿Qué? −exigió respuesta confundida.

−Cuando quemamos el laboratorio del gremio, Bramms fue el único que logró escapar. Mataron a muchos de nosotros, pero a algunos como a mí, desgraciadamente nos mantuvieron con vida, pues necesitaban cuerpos elementales para experimentar en ellos su tecnomagia, somos una especie de… marionetas. Insertaron mandatos en nuestra mente, órdenes que no permitirán a nuestro cuerpo descansar hasta ser cumplidas. Los quieren muertos, y harán hasta lo imposible por quitarles la vida, a él y a esa chica. No quiero ser yo quien lo haga, pero si no me matas la bestia no tarda en volver.

−A ver, a ver, a ver, vamos por partes. −dijo la adivina poniéndole una mano sobre su frente− Si no te molesta, haré esto más rápido.  Puso la otra mano sobre la que ya tenía en su frente y cerró los ojos para hurgar en la mente del chico. Así, se enteró de lo sucedido en Bleizig, ya conocía parte de los hechos, pues estaban en la mente de Bramms, pero le interesaba saber qué había pasado después. Pero no encontró mucho, los atraparon, los hicieron presenciar la muerte de sus amigos y con ayuda de arcanos que trabajan para ellos torturaron su mente para introducirles los mandatos,  estaban bien marcados por toda su mente, podía oírlas repetirse una y otra vez mientras navegaba en su memoria. Eran tres órdenes las que tenían que cumplir:

 

 

  • Uno ·

Averigüen qué tanto sabe Bramms.

Después mátenlo sin duda ni compasión.

 

  • Dos ·

Matarán a la mujer de la niebla.

 

  • Tres ·

Cumplidas las dos primeras, mátense.

 

Recordó la carta que venía dentro del collar de Dahlia y buscó en la memoria de Izu el porqué habrían de quererla muerta a ella también. Algo que confirmara que Dahlia era la mujer la niebla, a demás de sus sueños. Pero no había nada, sólo la orden una y otra vez, entre más buscaba, menos recuerdos veía y aumentaba la frecuencia con que las órdenes aparecían. Una oleada de frío intenso le caló en la piel y sabiendo lo qué esto significaba regresó en sí inmediatamente.

−Leí tus ordenes, −le dijo seria, viéndolo a los ojos− ¿porqué no lo mataste?

−Porque no logré saber qué tanto sabe. −dijo él con las lágrimas que corrían por sus ojos congelándose lentamente.

−¡Mátame, hazme descansar, la bestia no tardará en volver! −le gritó con los ojos negros que anunciaban el regreso de su inconsciencia.

−Pero… −se interrumpió, sabiendo lo que había en su cabeza,  era un hecho que si ella le daba una muerte pacífica sería más fácil para su alma encontrar descanso, aunque había cosas que todavía quería saber.

−Sólo una cosa antes −pidió Izu− No le cuentes nada a Bramms, no quiero que regrese a busc… −torció el cuello como la vez anterior y sus brazos volvieron a congelarse− Mataaaar…

Cálidas lágrimas corrieron por las mejillas de Voriana, era una historia muy triste la de ellos y más aún para Bramms que no sabía con cuantos “amigos” más se iba a tener que enfrentar.

−Éter, escucha mi voz. −dijo poniendo las manos sobre el corazón de la bestia inmóvil− Carga en tu cauce el alma de este hombre. Déjalo descansar antes de que el destino que le fue impuesto lo corrompa…

Esperó la respuesta, ésta llegó con una ráfaga de viento que depósito en sus manos la energía suficiente para otorgarle al joven de agua descanso eterno sin que sufriera.  La adivina dio un pequeño golpecito con las palmas de las manos sobre su corazón y una onda verde resonó por todo su cuerpo  haciéndolo caer inerte. Al impactarse con el suelo, en el rebote se transformó en agua y la tierra la absorbió lentamente al caer al suelo. Voriana se dejó caer después de él, todo ese acto la había dejado tan exhausta que no podía moverse.

Pudo ver cómo la luz roja se iba desvaneciendo. Cuando todo volvió a la normalidad, se encontró rodeada de todos los participantes del circo. Al primero que vio fue a Karad que estaba más pálido que ella.

−¿Bramms y Dahlia están bien? −le preguntó extendiéndole una mano para que le ayudara a levantarse.

−Sí. −dijo señalándole a Dahlia que estaba inconsciente a unos pasos de ella y a Bramms que Tallod lo estaba llevando a su camerino− ¿Alguna idea para llevarla a su camerino?

−Si alguno de ustedes me trae el colguije que está sobre el marco de la ventana de su camerino, cualquiera puede llevarla. −dijo acercándose a ella para haber qué había sucedido.

−Yo iré −dijo Fenez.

−Será mejor que yo vaya. –añadió Karad rápidamente− No queremos que después falte algo de su cuarto, ¿verdad?

−No, no queremos, Gracias Karad −dijo ella con una sonrisa.

−Y ahora… con esto… ya no tenemos que irnos, ¿verdad?

−No ya no, Karad. −respondió como si su hijo le hubiera preguntado algo innecesario.

−¿Eso quiere decir que podremos ir a dormir? –volvió a preguntar, hablando por todos.

−Sí, podemos. −respondió enternecida por la simpleza de Karad.

La adivina miró a Dahlia descansar en el suelo, rastreo su cuerpo en busca de alguna herida que explicara por qué estaba inconsciente. La encontró a la altura de su estomago, sangre manchaba su vestido. Por favor Éter dime que fue él y no fui yo la que le hizo daño. Pensó desesperada mientras la observaba.

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