XII · Tercera llamada, tercera

−Oye… oye… −la voz de un niño resonaba cerca− ¿Estás bien?

El timbre le era muy familiar, pero por más que lo intentaba no podía asociarlo a una cara. Abrir los ojos le estaba costando mucho trabajo.

−Dahlia… ¿estás bien? −insistió la infantil voz.

−¿Quién… eres? −murmuró la enöriana en cuanto logró recuperar su vista. Se descubrió a sí misma recostada en un amplio jardín. Para su sorpresa, podía sentir el roce y la frescura del pasto en su cara.

−¿Cómo que quién soy? −dijo el niño exasperado arrodillándose frente a ella extendiendo los brazos como si la fuera a abrazar. ¡Soy yo!

−Hola Yo, mucho gusto… −dijo ella levantándose poco a poco hasta terminar sentada sobre el césped− ¿Cómo sabes quién soy?

El niño no contestó, una de sus manos tapaba su cara en señal de frustración.

−¿Qué pasa? ¿Te sientes bien? −la preocupación ahora era de Dahlia en relación con el pequeño. Mientras esperaba una respuesta se detuvo a examinarlo con la vista. Era alguien como ella, tenía la piel gris, las orejas largas, y el pelo,  aunque él lo llevaba muy corto, también era blanco y  nebuloso− Do… ¿dónde estamos?

−Una pregunta a la vez, ¿va? −dijo el niño impaciente. Cuando descubrió su cara, el verde tan claro de sus ojos la cautivó, sabía que había visto esos ojos en algún lado.

−Supongo… −se contuvo de hacerle todas las preguntas que vivían dentro de ella y querían respuesta.

−Bien. −dijo el niño poniéndose de pie y extendiéndole una mano− Ven, te enseñaré algo, para que sepas dónde estamos.

El pequeño la guió en silencio hasta el fin del jardín. Era un jardín volador, debajo de él habitaba una espesa niebla que no dejaba ver si existía algo más debajo. A la altura del jardín a lo lejos, se podía ver un castillo gris en ruinas.

−¿Qué hay ahí abajo? −dijo la enöriana sintiendo vértigo por no saber qué tan lejos se encontraba de suelo firme.

−Había, querrás decir. −dijo él viéndola a los ojos.

−¿Había? ¿Ya no hay nada? O sea que si te caes… ¿caerás infinitamente? −cuestionó ella atemorizada clavando nuevamente su mirada en la niebla. El vértigo se hizo más intenso.

−Aquí, en tus sueños, no… ya no hay nada. −dijo mirando a la niebla.

−¿Qué había? −pregunto mientras volteaba buscando la mirada del niño, pero advirtió que empezaba a desaparecer, no sólo él, todo el jardín estaba siendo tragado por la niebla.

−Tu ciudad… −dijo la niebla que la envolvía.

 

Despertó de un sobresalto, había sentido como si se hubiera caído de aquel jardín y algo abajo la jalara con tal fuerza, que la había despertado de golpe. La cabeza le punzaba y el estómago le dolía. El cuarto que la rodeaba no era el suyo, sin embargo,  extrañamente podía sentir la textura de las sabanas sobre las que estaba recostada. Era un cuarto más grande que el suyo y había otra cama además de la suya y alguien en ella. Miró hacia al techo esperando respuesta y vio el colguije que regularmente se encontraba en su cuarto. Eso explicaba sus sensaciones: Voriana le había revelado alguna vez que esa pequeña piedra era la que la que hacía que pudiera tocar los objetos que estuvieran en su espacio, sin embargo jamás le dijo de dónde había salido o cómo la había conseguido. Ya habían discutido sobre sus bondades en más de una ocasión, pues Dahlia abrigaba la esperanza de que si se la colgaba, podría hacerse una persona normal que podía tocar, como todo mundo, pero Voriana explicó que la piedra no funcionaba de esa manera, la maldición o lo que sea pesara sobre la enöriana era tan fuerte que colgado de su cuello se hacía como ella.  La pequeña bolita con una estrella dentro se dejó mecer por el viento que entraba por la ventana como si estuviera saludando a su compañera. Dahlia agarró fuerzas para sentarse y un dolor punzante la atacó en el estómago. ¿Qué había pasado? Lo último que recordaba era que corría para salvar a Bramms.

El bulto que estaba en la otra cama se movió y reconoció que era el chico de fuego.

−Bramms… ¿estás bien? −preguntó ella desde su cama. El chico no respondió ya que estaba en un profundo sueño. Llevaba vendado un brazo y todo el pecho. Al verlo así, recordó el dolor en su estómago que aún le punzaba y notó que ella también estaba vendada. Intentó ponerse de pie, pero el solo hecho de hacer fuerza para levantarse hizo que el dolor se avivara, era un ardor frío, como si una parte de su estómago se hubiera congelado y quisiera invadir el resto de su cuerpo.  Estaba sentada en la orilla de la cama con las manos sobre la herida y doblándose de dolor, cuando la puerta del cuarto rugió anunciando que alguien entraría.

−¡No no! ¡No se ponga de pie todavía señorita! −dijo una mujer de edad muy avanzada que entraba con ropa holgada y una bandeja con varios recipientes.

−Al cabo que ni quería. −dijo molesta volviéndose a acomodar en la cama con cuidado de no lastimarse.

−¿Quiere algo de comer? −preguntó mientras le acercaba la bandeja con intención de abrirle el apetito. Ésta contenía un par de jugos, leche y panecillos con varios tipos de relleno.

−Por… co… co… −tartamudeó sorprendida− ¿Cómo supo que estaba despierta?

−No sabía −dijo la mujer acomodándole la bandeja en las piernas al ver que Dahlia no le separaba la vista a los panecillos. −La señora Voriana me mandó traerte comida, dijo que hoy estarías hambrienta y que más tarde vendría a visitarte.

−Ya veo −dijo para sí− Disculpe, ¿sabe cuánto tiempo llevaba inconsciente?

−No mucho −dijo la viejecita sacando un par de botes de un buró a lado de la cama− Hace dos días llegaron aquí, yo esperaba que estuvieras fuera de juego tres o cuatro días más. Aunque tu herida no está tan profunda como la de él.

−¡Bramms! ¿Estará bien? −preguntó consternada. Pasar el bocado de panecillo con frutas le había costado trabajo al escuchar sobre las heridas de su amigo.

−Sí −dijo la curandera tranquilamente mientras sacaba un par de vendas de uno de los botes− Me preocupas más tú. Él es de fuego, cuando su ser se estabilice puede avivar su llama y evaporar el hielo que su atacante le dejó dentro. Pero tú no tienes defensas contra eso. ¿Me dejas revisar tu herida?

−¡Por favor! −dijo haciendo la bandeja a un lado para que la anciana pudiera quitarle los vendajes. Al escuchar sobre su estado se había puesto más pálida de lo que ya de por sí era su azulada piel. Le preocupaba su estado, pero le daba más curiosidad saber cómo es que había logrado ser herida, se preguntaba si sería posible que hubiera recobrado su capacidad de tocar y ser tocada.

Al ver su cuerpo descubierto, comprobó lo que había sentido, la herida había congelado parte de su cuerpo, lucía como una gran cicatriz de un azul más oscuro que el de su piel. La anciana no la tocaba para nada, sólo mantenía sus manos abiertas, estaban a unos centímetros de la herida y con los ojos cerrados murmuraba algunas palabras en el mismo idioma raro que Voriana solía usar cuando decretaba algún hecho arcano. Aunque había una diferencia notable; el modo de entonarlo de esta mujer no sonaba como el silbar del viento que producía la adivina del circo, era más como el tarareo de una canción de cuna.

Un brillo tenue salía de las manos de la mujer y se intensificaba con algunas palabras, pareciera que seguía el ritmo del canturreo. Dahlia se encontraba tan hipnotizada por él compás de aquel fulgor que no se había dado cuenta que le proporcionaba un calor que apaciguaba el dolor y su cabeza.

−Listo. −dijo la mujer, abriendo los ojos y quitando las manos para observar la herida− Si sigues así, mañana o pasado estarás como nueva.

−¡Muchas gracias! −dijo la enöriana que todavía no separaba la vista de donde había estado el brillo que le había provocado aquel trance.

−No hay de qué pequeña, es mi trabajo. −dijo pasando la mano por la nube blanca de su pelo, que se expandía en muchas direcciones después de haber estado dormida tanto tiempo− Sólo resta descansar.

−Supongo que lo haré, no creo que pueda hacer otra cosa −dijo acercándose la bandeja de nuevo para seguir comiendo.

La mujer hizo lo mismo que había hecho con ella en las heridas de Bramms antes de retirarse del cuarto. Las heridas de Bramms no se veían como una cicatriz sólida. Eran más… aguadas, como manchas acuosas.

Estar sola y sin poder moverse,  le dejaba mucho tiempo para pensar y hacía que el día transcurriera más lento de lo normal. No quería que nadie más saliera herido por su culpa, aunque realmente no sabía si era su culpa. No quería estar en peligro, ni causar problemas al circo, su mente empezaba a acariciar la idea de alejarse, de huir a escondidas, de volver a Enör aunque fuera impenetrable. Pero oportunamente Voriana llegó a hacerle compañía junto con el atardecer e hizo desaparecer esas ideas. No había olvidado la sensación de que por su culpa estaban todos en peligro, pero no podía negar que sin Voriana muy probablemente ya estaría muerta. Le contó su sueño y de los jardines voladores, pero la adivina no quiso dar rienda suelta a ese tema, como si no quisiera prestarle atención a algo que para Dahlia era importante. La escuchó atentamente, pero en respuesta sólo le dijo que, si eso la hacía sentir tranquila, le contara la próxima vez que soñara con eso. A Dahlia le sorprendió el comentario ya que no le gustaría volver a soñar con eso,  el sólo hecho de recordarlo le daba miedo.

 

El circo se había preocupado por desmontar todo y empacar con calma en lo que la curandera daba de alta a sus dos pacientes. Así que para cuando Dahlia y Bramms estuvieron en condiciones de viajar, ya no había mucho que hacer en ese lugar. Todos recibieron con mucha alegría a los recién recuperados, esa noche sirvieron una buena cena sobre la mesa del vagón de la caravana. Dahlia se sentía tan feliz de estar de vuelta, que no le importó que la cicatriz en su estómago no desapareció. Sin embargo los enanos que trabajaban como costureros no estaban del todo contentos, se habían enfrascado en un debate en torno al traje de Dahlia, pues tendrían que rediseñarlo para que no dejara ver la cicatriz. Del otro lado de la gran mesa, lejos de la discusión de los enanos, Voriana se puso de pie con un papel en la mano.

−¡Mis niños! –dijo dando un golpecito en la mesa para llamar su atención, una vez conseguida, volvió a hablar− Primero, bienvenidos de regreso Bramms y Dahlia, nos da mucho gusto tenerlos de regreso. Lo que sucedió hace unos días no fue algo que deba tomarse a la ligera. El gremio de Bleizig se ha enterado que su prófugo está con nosotros y al parecer no van a detenerse hasta que lo tengan entre sus manos. Creo que el ataque de Izu nos dejó bien claro eso.

−¿Dónde está Izu? ¿Escapó? −preguntó Bramms impaciente.

−Bramms… −dijo Voriana, pero se interrumpió a sí misma para pensar lo que iba a decir, no sabía si iba a ser capaz de contarle lo sucedido, la historia aún la entristecía. Un silenció cundió en el lugar que segundos atrás había estado de fiesta. Voriana era la única que sabía lo que realmente había pasado con el ser de hielo, había cumplido su promesa y no le contó a nadie por qué los había atacado, pero todos menos Bramms sabían que había muerto.

−¿Qué pasó? ¡Dime! −gritó el ser de fuego que empezaba a prenderse de preocupación.

−Él… no pudo… −dijo mirándolo con ojos de tristeza− ¿Podemos hablar de esto más tarde?

−¡No! −dijo él con los ojos llorosos− ¡Él era el más fuerte de nosotros!

−Lo sé, vi dentro de él −dijo la arcana sintiéndose culpable− Antes de morir me pidió que hiciera lo posible para que lo disculparas. No era su intención hacerte daño, pero no tenía otra opción. Lo lamento mucho Bramms.

−Ese estúpido gremio… ¡Me la van a pagar! −dijo poniéndose de pie golpeando la mesa.

−Bramms, te necesitamos aquí. Izu intentó prevenirte de buscar venganza. −dijo la adivina con voz imponente.

−Pero… ¿y si atrapan a los demás? −dijo con lágrimas de coraje evaporándose en sus ojos. La mesa empezó a humear bajo su mano.

−Sabrán defenderse, ¿no? Son tus amigos, no dudo que sean tan buenos como tú y como él. –dijo ella tratando de sonar convincente, pero la verdad es que no se había convencido ni a ella misma− Además, si te vas, ¿quién va a proteger a Dahlia cuando envíen a alguien más?

−¿A mí por qué? −dijo Dahlia que no se le había ocurrido que ella tuviera que ver en esa historia hasta que recordó la plática que habían tenido en la cabaña de Ellioth.

−Lamentablemente, los archivos que Bramms desapareció tenían que ver con los tratados de Enör, que seas la única enöriana fuera de la ciudad en estos momentos, te convierte en el blanco perfecto, querrán saber porqué es impenetrable. No sé si el Gremio sabe qué pasó o no, pero que se preocupe tanto por saber… o por esconderlo, no puede significar nada bueno. Ellos no saben toda tu historia, así que harán hasta lo imposible por sacarte información o hacerte callar para siempre y…

−Y no voy a dejar que eso suceda. −completó Bramms volteando a verla.

−Pe… es que… −realmente Dahlia no sabía qué decir, no quería quedarse sin familia de nuevo− No quiero que se pongan en peligro por mi culpa.

−Cariño −dijo Voriana con una sonrisa sarcástica−, es inevitable. Si no te protegemos, el mundo entero estará en peligro y no será tu culpa, será la nuestra por no haberte cuidado.

−Pero… ¡no puedo quedarme sentada viendo como arriesgan su vida! ¡Ni que yo importara tanto! −levantó la voz casi maldiciendo− ¡Son muchos en nuestra contra y  mucho más armados que nosotros!

−Tiene un punto ahí −dijo el Fenez metiéndose en la discusión− ¿Planeas que un pequeño circo peleé contra todo un ejército entrenado?

−Sí −dijo Voriana con una sonrisa pícara e infantil, dejando claro que para ella todo el asunto parecía ser como una gran travesura.

−Estás loca −dijo Fenez− ¿Cuál es tu plan? ¿No puedes preguntarle qué sucedió a esos que te chismean las cosas del mundo?

Esos tienen su nombre, Fenez. –dijo la adivina riéndose de la forma en se refirió a sus “informantes”− No, no puedo y esa es una de las razones que me hacen temer por nuestras vidas y tomar tantas precauciones. Ni el Éter, ni el Viento saben qué está sucediendo, lo cual ya es bastante grave de por sí. Sólo sé que tenemos que cuidar a Dahlia a toda costa. Por eso quiero proponer que la siguiente locación del circo sea Briah.

−¿Por qué ahí? −preguntó Karad.

−Quiero hablar con Kali, la reina de la negra Briah. Es la hermana de un viejo amigo, no puede negarse a ayudarnos, me debe un par de favores. Es experta en estrategias de guerra, de algo debe servir. −dijo Voriana tranquilamente− Además, por si esto no fuera razón suficiente, la última vez que el circo se presentó ahí, nos fue muy bien.

−Eso es cierto. –dijo Karad pensando en las ganancias.

−¿Están pensando en dinero en momentos como éste? −preguntó Menez bastante molesto.

−¿Quieres seguir comiendo la cantidad insana de comida que tú y los tuyos consumen? −le respondió Karad.

−Bueno bueno… no nos desviemos del tema. −los interrumpió Voriana antes de que los demás enanos se sumaran a la discusión− Mañana partimos hacia Briah y a partir de entonces la caravana viajará con un decreto de invisibilidad. Eso nos protegerá mientras viajamos siempre y cuando el Gremio no tenga entre sus miembros a alguien que pueda ver lo invisible, lo cual es poco probable, a cómo veo las cosas.

−¡Ay! Ni que fueran a estar buscando en cada esquina. −rezongó Fenez.

−Sí lo están haciendo, ¿Quieres comprobarlo? −dijo Voriana enseñando el papel que traía en la mano desde que se puso de pie− Es la primera carta de Ellioth, se las leeré en voz alta por petición suya:

 

Hola Voriana, como prometí aquí está mi primera carta, ¿podrías leerla cuando todos estén presentes? Me gustaría que supieran de mí. ¡Gracias!

¡Hola cirqueros del alma! ¿Cómo están? Espero que bien. Estoy en la aldea de Zhür, si alguno de ustedes la conoce sabrá que lo bonita que es. Dentro de unos días planeo visitar a los Solethenses que viven cerca de aquí, se han ganado la reputación de ser muy sabios y quizá ellos sepan algo sobre Alieth.

La dueña del lugar donde me hospedo y desde donde estoy escribiendo esta carta me ofreció montar una exposición con mis pinturas en una pequeña galería, yo estoy muy contento con la idea porque tendré oportunidad de conocer a mucha gente, tal vez alguien haya visto a mi mujer y la reconozca en uno de mis cuadros.

Todo marcha bien, lo único que me desagrada de este lugar es que lo rondan un grupo grande de gente uniformada de blanco, ya estaban aquí cuando llegué. Durante todo el camino vi algunos, pero aquí hay muchos, demasiados para mi gusto. Los lugareños dicen que son militares de Bleizig, parecen estar buscando algo, están en las calles, en el mercado, en todas partes te los encuentras, pero en las principales entradas del pueblo están registrando a todos y cada uno de los que entran o salen ¿por allá también? ¿Siguen en Wynn o ya se fueron? Yo espero que pronto se vayan porque, la verdad, incomodan bastante en un pueblo tan tranquilo donde realmente no pasa nada.

Pero bueno… por lo pronto me despido. Cuando tenga más noticias volveré a escribirles. A ustedes ¿Cómo les ha ido en la gira? Quiero saberlo todo.

 Les mando muchos saludos y un abrazo muy grande para todos.

Cuídense.

                     Ellioth

 

La adivina dobló la hoja de papel por la mitad y la dejó sobre la mesa sin decir nada, esperaba que uno de sus hijos postizos dijera lo que fuera.

−Es bueno saber que está bien, −dijo Dahlia con alegría, ignorando la información sobre las actividades de la milicia de Bleizig.  Al parecer todos reaccionaron de manera similar, de alguna una manera la carta había logrado relajar la tensión que se había generado, saber el paradero de su amigo los animó.

−Entonces… ¿estamos juntos en esto? −retomó el tema Voriana− Los que no quieran arriesgarse, están a tiempo de irse, nada los detiene y no habrá rencor si deciden separarse.

−¡Por supuesto que estoy dentro! −dijo Bramms en grito de guerra− Hagamos que se arrepientan de haberse metido con el Circo del Alma.

−¡SIIIIIIIIIIIIIII! −Gritaron efusivamente todos los enanos al unísono, más en respuesta a Bramms que a la adivina.

−Cuentan conmigo. −dijo Tallod que se había mantenido expectante durante el discurso.

−Sabes que yo te sigo a donde vayas, Voriana. −dijo Karad.

−Si puedo hacer cualquier cosa, díganme. No quiero sentirme la inútil del grupo. −dijo Dahlia, odiaba sentirse la damisela en peligro.

−Pues por lo pronto vayamos a descansar, que mañana nos espera un largo día. −dijo Voriana feliz de saber que podía contar con su pequeña familia.

Todos se fueron a sus cuartos para descansar y alistarse para lo que venía. Fuera del circo esa noche fue silenciosa y tranquila como ninguna, como la calma antes de la tormenta. Hasta los sueños decidieron descansar y no molestar a ninguno de los integrantes.

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