XIV · Lo que el viento sabe

¿Éste jardín otra vez? Pensó la enöriana al descubrirse una vez en el mundo de sus sueños. A lo lejos, donde termina del jardín flotante, podía observar la neblina subir y dispersarse por un cielo tan gris que anunciaba que algo no estaba bien. A través de la niebla todavía alcanzaba ver el castillo en ruinas decorando el fondo del lúgubre escenario.

Como un relámpago en su mente,  llegaron los recuerdos de lo que había sucedido antes de descubrirse en ese lugar y se puso pálida al darse cuenta que soñar es lo último que debería estar haciendo.

−¡Voriana! ¡Karad! −gritó Dahlia lo más fuerte que pudo− ¡Braaaaaaamms! Carajo… no es momento de estar dormida Dahlia, ¡Despierta!

El niño al que Dahlia llamó “Yo” en su encuentro anterior se encontraba sentado  no muy lejos de ella mirándola fijamente. El niño soltó una carcajada un tanto contagiosa.

−¿Cómo sabes que son tus sueños? −preguntó el niño todavía entre risas sin tomar en cuenta la angustia de la enöriana, quien lo volteó a ver con rencor.

−Pues… tú me lo dijiste la última vez que nos vimos –reprochó Dahlia sintiéndose burlada.

−Pero, ¿cómo sabes que estás soñando? −interrogó el niño con una mirada críptica, como si una verdad recóndita se escondiera en la respuesta− ¿Cómo sabes que no es real?

−Uuuum… −murmuró Dahlia con los ojos llorosos,  se sentía desesperada, sabía que estaba en el lugar equivocado− Tal vez porque… cuando esto desaparece y abro los ojos, vuelvo a estar en mi cuarto, en el circo. Aunque si despierto ahora, no sé dónde apareceré.

−Supongo que sí −dijo él mirando hacia el castillo en ruinas, analizando la respuesta que había recibido.

−¡No me confundas con preguntas obvias! −dijo la mujer dándole un pequeño golpe en la nuca con la mano abierta. El niño se inclinó un poco por la inercia del golpe y luego la volteó a ver con los ojos llorosos.

−¡Qué rápido me perdiste el respeto! −dijo tallándose el ojo con una mano.

−¡Pues tú! −rezongó la enöriana con los brazos cruzados, mirando a otro lado− No me atormentes, no sabía que contestarte. Es obvio que son mis sueños, si yo soy la que los está soñando, ¿no?

−Es que yo también estoy soñando −dijo el niño serio− Pero sí, supongo que son tus sueños, porque yo sí recuerdo la ciudad y no es como ésta, además no acabo de acostumbrarme a estas orejas tan largas.

−¿También eres de Enör? −dijo Dahlia sorprendida.

−Jeje… no, pero vivo en ella. −dijo el niño sonriendo traviesamente para después ponerse de pie para extenderle la mano− ¿Quieres conocer mi casa? A ver si así recuerdas quién soy, este cuerpo es el que tu subconsciente escogió para representarme.

−Me gustaría más despertar, pero sí, ¿por qué no? −dijo Dahlia dándole la mano para ponerse de pie.

Ella se dejó guiar una vez más por el jardín hasta llegar a la orilla, pero esta vez el niño no se detuvo ahí, al llegar al borde dio un salto al vacío y ella cayó con él. Todo sucedió tan rápido que cuando se dio cuenta e intentó soltarse ya era demasiado tarde, sin contar que no pudo, algo unía sus manos de manera que no podían separarse. La sensación de caer era horrible, Dahlia sentía que la presión la aplastaba al tiempo que otra fuerza aún más poderosa la atraía hacia abajo. Quería soltarse, quería aletear, quería hacer lo que fuera para detener la caída y ponerle fin a esa ansiedad que empezaba a asfixiarla. Todo se volvió negro, ya ni siquiera tenía la referencia de la neblina que le hacía saber que seguían cayendo, sólo quedaba el sentimiento de que algo la jalaba con fuerza. Cerró los ojos resignándose a enfrenar lo desconocido, se abandonó,  y como si eso hubiera tirado de un gatillo la velocidad disminuyó hasta depositarla sobre el suelo como si fuera una pluma.

−Por cierto… me llamo Eodez −alcanzo a escuchar la voz del niño desvanecerse. Sintió frío y una luz la encandilaba aún con los ojos cerrados.

−¿Yo? −dijo al abrir los ojos y encontrarse sola en medio de la oscura nada nuevamente. La presión no había desaparecido, de hecho, la oprimía aún más, pero  logró ponerse de pie. Sintió una fuerte corriente de viento golpear su espalda y al voltear vio un hilo de luz verde a lo lejos, era de un verde claro, pero tan brillante que le ardían los ojos al mirarlo.

Por cierto… me llamo Eodez, Resonó en su cabeza como si el viento hubiera puesto esas palabras en su cabeza.

¿Eodez? Recapacitó, ese nombre le era familiar. Hizo un esfuerzo por ponerle una cara pero no lo consiguió, y aunque pudo asociarlo con memorias que recuperó gracias a Voriana, no logró recordar el rostro. De lo que sí estaba segura es que Eodez no era un niño enöriano como solía verlo en sus sueños, sino un humano que viajaba mucho.

Bienvenida Dahlia Dunod. Silbó el Viento en sus oídos.

 −¿Quién me…? −dijo volteando a todos lados, mientras caminaba hacia la luz con la esperanza de poder ver mejor, pero avanzar le resultaba cada vez más difícil. Podía sentir como si una parte de su cuerpo se quedara atrás a cada paso− ¿Quién habla?

No avances, te vas a hacer daño. La voz del Viento volvió a hablar haciéndola retroceder un poco y caer al suelo por la fuerza con que había soplado.

−¿Quién eres? Si estás jugando conmigo, no es gracioso. −dijo acomodándose para terminar sentada y cruzada de brazos.

Soy el Viento y soy el Éter. Resonó en todo el lugar.

−El… el… ¿Viento? −murmuró ella recordando a Voriana referirse a ellos como los que todo lo saben.

Sí, nosotros lo sabemos todo, sin embargo lo que sucedió contigo y con tu ciudad, es un vacío en nuestro saber. Escuchar al Viento hablar era una de las experiencias más fascinantes que había tenido, cuando rozaba su cara y depositaba palabras en su oído era aún más tranquilizante que la voz de Voriana, la hacía sentir en absoluta paz. Entonces comprendió porqué a la gente le gustaba entender y aprender las artes arcanas.

−¡Voriana! –dijo en voz alta recordado una vez más su situación− ¿El circo está bien? ¿Están todos a salvo?

Claro que sí, por eso estas aquí. Lamentamos sacarte de la batalla, pero era necesario para que el collar hiciera lo suyo y pudieran escapar.

¿El collar? ¿Qué sucedió? ¡Cuéntenme, por favor! −exigió respuesta a la duda que la había atormentado desde que cayó en la cuenta que estaba soñando− Lo último que recuerdo es que estábamos rodeados de uniformados de blanco. Habíamos llegado al pueblo que Kali nos dijo y localizamos a su amigo Mannaz, pero los bleizens habían llegado antes y lo tenían preso trabajando para ellos. Intentamos rescatarlo aprovechando mi cualidad de intocable, pero no contamos con que Mannaz había hecho amuletos como el que Voriana me hizo a mí para tocar lo que está en mi cuarto, lo cual explicaba cómo Izu pudo herirme cuando se transformó en una bestia de hielo. Y entonces, estábamos rodeados a punto de ser aniquilados y ya no recuerdo más… acaso… ¿estoy muerta?

Yo sé todo lo que pasó, no necesitas repetirlo. Dijo el Viento soplando fuerte, haciendo sentir a Dahlia que se había molestado. Y no, no estás muerta. La piedra que traes contigo desde que saliste de Enör es un guardaespaldas muy poderoso, incluso más de lo que tus padres o Eodez se imaginaban. ¿Qué curioso que haya resultado así por accidente, no?

¿Por accidente? −preguntó la enöriana confundida.

Sí… lo que sea que haya sucedido en tu ciudad,  aunado a los dos decretos de protección que le implantaron por separado, crearon un nuevo decreto mucho más poderoso. Si Voriana no lo hubiera tranquilizado cuando te conoció, hoy estarían muertos todos, hasta tú. Claro que el hecho de que se encontraran fue un poco nuestra culpa. Con las palabras del Viento, Dahlia ató un par de cabos sueltos.

−Entonces… ¿Sí soy la del sueño? −preguntó.

Así es susurró el Viento.

−¿Y también soy la bestia de sombras? −preguntó atando aún más cabos de los que realmente quería saber− ¿Voy a matar al hijo de Kali?

Eso es parte de tu misterio, ese collar te protege hasta de nosotros. Por lo mismo, queremos pedirte que hagas algo que tal vez desate el nudo que no nos deja ver qué sucede.

Ay vamos… ¿Qué puedo hacer yo, que no puedan hacer ustedes? −dijo de manera sarcástica.

Penetrar Enör, hacer que nos revele su secreto. Tu casa jamás te cerrará sus puertas, eres la única que puede develar la incógnita de todos. Sopló el Viento acariciándola como si intentara convencerla.

−Pe… ¡NO! −gritó la enöriana a la defensiva− No puedo abandonarlos, no voy a dejar solos a mi amigos, cuando tienen en contra a todo un ejército.

 Nunca dijimos que debías hacerlo ahora mismo. Tomate tu tiempo y tú decide el momento apropiado. Silbó el Viento tranquila y pacientemente

−No les prometo nada −dijo sonriendo hacia el hilo de luz a lo lejos− pero yo también les quiero pedir un favor…

¿Cuál sería?                                              

−Contarme qué sucedió. Nada más le dieron la vuelta a todo el asunto, pero aún no me dicen qué pasó, cómo llegué aquí, qué está sucediendo con en el circo. −dijo aliviada, pues sentía que le habían quitado un gran peso de encima.

Eso ya lo haremos, antes necesitas saber algo más. Nosotros observamos todo, desde el principio sabíamos que los iban a acorralar, pero no podíamos intervenir. El pacto por tu mundo no nos permite hacerlo, somos como padres con sus hijos, no podemos actuar a menos que nos pidan ayuda.

¿El pacto? −interrumpió Dahlia sin darse cuenta− ¿Qué no son creadores todopoderosos?

Sí, pero cuando creamos tu mundo el Viento y yo pactamos no entrometernos en su devenir, seríamos meros espectadores a menos que fuéramos requeridos. Teníamos la intención de que aprendieran a elegir por sí solos y trazar sus propios caminos, pero ustedes son como nuestros hijos… tampoco podíamos dejarlos solos y ver cómo se perdían. Aún así el pacto ya estaba hecho y por más que quisiéramos, no podíamos meternos en sus asuntos si no nos llamaban. Sin embargo, el Viento, que tenía permitido pasearse en su mundo, encontró la forma de hacerlo, entonces creamos un mundo donde podemos hablar con quien queramos, aún cuando no hayamos sido llamados: el mundo de los sueños. Y así fue como conseguimos ayudarles, a través de sus sueños les enseñamos las artes arcanas a los primeros maestros.

−Yo… yo siempre creí que las artes arcanas eran algo malo. −dijo Dahlia apenada y sintiendo que había vivido engañándose a sí misma−  Pensaba que si la vida estaba organizada bajo ciertas leyes, nadie debía entrometerse con ese orden.

Eso es lo que tu mundo siempre nos dice. Silbó el Viento impacientemente. Pero los que viven en él nos dicen otra cosa. Necesitan algo en qué creer, algo en qué apoyarse, algo que les diga que van por buen camino o viceversa, sentir que lo que hacen los hará felices. Entonces decidimos que si no podíamos inmiscuirnos, podíamos ser ese apoyo. Nadie los conoce mejor que nosotros, así que podemos darles un buen consejo de vez en cuando. Que lo escuchen y lo lleven a cabo, eso  ya les toca a ustedes decidirlo. Lamentablemente la fuerza de voluntad y el libre albedrío no es algo que inventamos nosotros. El Viento dejó de soplar al silbar estas últimas palabras dejando un silencio incómodo en el aire. Dahlia estaba atenta escuchándolo, viendo como el hilo de luz se movía al tiempo que el Viento hablaba.

¿Por qué me cuentan todo esto a mí? −dijo ella que aunque realmente disfrutaba mucho de escucharlos, aún seguían sin responder su pregunta. La próxima vez que alguien se quejara de lo ambiguas que eran las predicciones de Voriana, la defendería. Escuchándolos podía entender un poco más cuando ella decía que era un poco difícil entenderles.

Nos lo preguntaste. Silbó el Viento traviesa y rápidamente.

−Oh… ¡cierto! Entonces, continúa, ya no te interrumpo. −dijo disculpándose.

Voriana estuvo rogándonos por ayuda desde que te enviaron a rescatar a Mannaz. Le dijimos que la única manera de la que podrían salir bien de ahí era escapando, lo cual iba ser difícil siendo que tú ya estabas prácticamente rodeada y sola. Le dijimos que la luz de tu collar podría darles tiempo de huir, pero ésta no se activaría hasta que tú cayeras inconsciente o dejándote vulnerable y en peligro. Ella se prestó para dejarte inconsciente sin hacerte daño… pero el collar te esconde de la vista de los que te hacen daño con su luz roja. Así que esa opción quedó descartada. Tenían que esperar y rogar porque no te lastimaran demasiado, era la única manera de que pudieran escapar. Tuvo que aceptar muy a pesar de sus principios. Ella siempre ha sido muy sobre protectora de sus protegidos, ¿sabes? No es la primera vez que alguien le quiere hacer daño a uno de ellos.

Voriana y Bramms fueron detrás de ti, mientras que Karad, Tallod y los enanos alistaron la caravana para huir en cuanto ellos regresaran contigo. Al principio parecía que no sería cosa fácil. Uno de los militares dijo que quería llevarte con vida así que nadie tenía la intención de golpearlos, los estaban llevando presos a los tres. Pero gracias a tu impaciencia, uno de los militares se desesperó y te golpeó en la nuca para que pudiera cargarte como bulto. En ese momento fue cuando nuestro plan pudo entrar en acción.

El circo se encuentra en Kynthelig en estos momentos. Estas bajo cuidado de las enfermeras en la torre de las artes arcanas por órdenes de Bhel Kether. Cuando despiertes podrán darte de alta, ya realmente no tienes ningún mal. Están un poco preocupados porque no despiertas, pero no podíamos desaprovechar la oportunidad, teníamos que hablar contigo primero.

−¡Y yo aquí hablando con ustedes como si nada! ¡Hasta le dije al niño ese que me enseñara su casa! No tengo vergüenza −dijo preocupadamente poniéndose de pie rápidamente− ¿Cómo salgo de aquí?

Paciencia pequeña, no hay prisa. Si hay un lugar seguro para ustedes es Kynthelig. Por eso rodeé el camino de la conversación, cuando pensabas que estabas muerta no tenías tanta prisa de irte. Silbo el Viento de una manera interrumpida, como si se estuviera riendo.

−¿Hay algo más que tenga que escuchar? −dijo con las manos en la cintura molesta de que la entretuvieran más de lo que ella creía debido.

No, es todo ¿Sabes cómo regresar? ¿O quieres un empujón? Deberías intentarlo tú, si te regresamos nosotros, terminarás con un gran dolor de cabeza y el cuerpo apesadumbrado. Te recomendaríamos hacerlo tú sola. Si aprendes a hacerlo, podrías venir a visitarnos cuando quieras.

−¿Cómo se hace? −preguntó más relajada.

Es muy fácil, sólo cierra los ojos, concéntrate en sentir tu cuerpo y piensa en tu mundo. Cuando quieras volver, concéntrate y piensa en nosotros. Será un poco más fácil que los que nunca lo han hecho, porque ya nos conoces.

−Y fue un placer conocerlos −dijo con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción− ¡Muchas gracias!

 

Al abrir los ojos se encandiló con un gran destello de luz que entraba por el ventanal que tenía enfrente. Se talló los ojos tratando de acostumbrar sus ojos a la iluminación del mundo real y observó el panorama que la vista le ofrecía. Se podía observar toda Kynthelig desde el cuarto en donde estaba. Es una linda ciudad pensó observando de pie desde el ventanal cómo las calles y las casas iban trepándose sobre las dos montañas que cubrían toda Kynthelig. Y al horizonte el hilo verde de luz que se desvanecía lentamente para desaparecer de su vista.

Pudo escuchar pasos hacia ella rápidamente, luego una puerta abrirse a sus espaldas.

−¡Bendito sea el Éter estas despierta!  −Gritó Voriana corriendo para verla de cerca− ¿Qué haces de pie? ¿Te sientes bien?

−Muy bien, mejor que nunca de hecho. −dijo sonriendo de felicidad al ver a sus amigos. Estaban presentes Voriana, Bramms, Karad y un hombre entrado en edad. O por lo menos la barba de candado blanca y bien recortada aunada al pelo corto pero canoso lo hacían ver que había vivido mucho.  Todos se veían agitados por el paso apresurado con el que llegaron.

−Estaba TAN preocupada por ti… ¡Perdóname! Te juro que no vuelvo a ponerte en un peligro semejante. Me sentía tan culpable de todo… −dijo la adivina con los ojos llorosos.

−¡No te preocupes! Estoy muy bien. −dijo Dahlia sintiendo que no podría convencerla con sólo eso− ¡En serio!

−Yo sabía que te levantarías tarde o temprano, tú no te mueres ni aunque te maten. −Soltó Bramms en un intento de hacer un cumplido. En reacción se escucharon un par de carcajadas en el cuarto y Dahlia sólo se sonrojó sin saber qué decir.

−Bienvenida a Kynthelig, Dahlia −dijo el hombre canoso extendiéndole la mano en forma de saludo, su voz se escuchaba profunda pero más joven de lo que su cuerpo se veía− Yo soy Bhel Kether, uno de los arcanos mayores de la Torre de Artes Arcanas.

 

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