XIX · Dentro del misterio impenetrable

−¿Entonces a ti también te persigue el Gremio? −preguntó Dahlia mientras veía el terreno que sobrevolaban, ya habían visto grupos uniformados de blanco peleando contra otros de negro.
−Sí, desde hace como dos meses, sí. −dijo Alieth separando su mirada del camino para verla a ella− Pero he luchado contra ellos, no se transformaron en bestias como tu me has contado.
Dahlia no entendía porqué si Alieth se había enterado de todas las mentiras que le había dicho, la estaba ayudando a llegar a Enör con tanto empeño. Enör estaba mucho más lejos de lo que suponía, pero el placer de ver todo el trayecto desde el cielo, nunca dejó de impresionar a Dahlia.
−Es curioso que todo este caos y esta guerra sean porque salí de mi ciudad, ¿no? −dijo Dahlia sin separar la vista de los grupos en pugna abajo en la isla− Supongo que por eso a los míos no les gustaba salir de Enör.
−Y aquí estamos huyendo de esa guerra −dijo Alieth riéndose de su mala broma.
−Sí… −dijo Dahlia tristemente −Que patético. ¿Por qué terminó todo así?
−¿Cómo esperabas que terminara? −le preguntó interesada en aquella pregunta.


−Es una buena pregunta −dijo Dahlia por fin levantando la mirada− Ni siquiera sé cómo empezó. Tal vez si no hubiera salido de la ciudad no hubieras tenido tantos problemas para encontrar a Ellioth.
−Tal vez −le contestó Alieth con la voz de Rowan pacientemente− O tal vez evitaste que pasara algo peor. ¿No crees?
−¿Qué puede ser peor que toda la isla en guerra? Nada puede ser peor que ver a los que quieres sufrir de esa manera −dijo la enöriana con cierto remordimiento en la voz, recordando el grito de Bramms que escuchó cuando estaba huyendo cobardemente del circo.
−No se… yo sólo trataba de ser optimista. −dijo sonriéndole señalando un lugar al que se aproximaban− ¿No quieres descansar un poco?
−Sería bueno, tenemos casi un día sin dormir −dijo viendo hacia donde señalaba. Era el principio de un bosque que según Alieth estaba cerca de Enör. Hilando cabos supuso que era el mismo bosque donde el circo la había encontrado.
−¿Por qué me ayudas tanto? −Cuestionó Dahlia mirando a su compañera confundida− Bien pudiste sólo explicarme el camino y dejarme ir.
−Porque no hubieras llegado −dijo Alieth empezando a descender sobre el bosque− Confías demasiado en la gente, aceptas demasiado fácil ir a donde quieran llevarte.
−No me ha pasado nada malo hasta ahora −Se defendió la enöriana en tono de berrinche.
−Hasta ahora… −repitió Alieth− ¿Qué tal que el plan de Bramms era llevarte a Bleizig? ¿Qué tal que realmente era un espía y todo su plan realmente era una estrategia para ganarse tu confianza? Así fácilmente podría capturarte y llevarte a Bleizig.
−¡Él no sería capaz! −dijo pasando del berrinche a estar verdaderamente molesta.
−Tranquila, tranquila… sólo fue un ejemplo. −dijo la mujer aterrizando sobre el pasto en una zona del bosque tupida de árboles− Tienes mucha suerte, ¿sabes? a mí no me ha ido tan bien como a ti desde que salí en busca de Ellioth.
−¿Y por qué te interesa tanto que llegue a Enör? −preguntó evitando el tema, rutina que se estaba haciendo costumbre en sus conversaciones.
−Porque sería genial que arreglaras tus problemas y pudieras regresar con Bramms siendo una persona normal, ¿no?
−Si es que sigue vivo −añadió sonrojada.
−¡Por supuesto que está vivo! −le reprochó Alieth mientras se acomodaban en un pequeño espacio para descansar un momento.
Utilizando las habilidades aprendidas por Rowan, había decretado invisibilidad para ellas dos, así si les daba sueño, podrían dormir sin preocuparse tanto. Sin embargo, una hacía guardia mientras la otra descansaba, por mera precaución. Fue entonces que Dahlia se maldijo a sí misma por salir a las carreras y olvidar cambiarse: el traje de Iseldis no era lo más cómodo para dormir.
Aún así esa noche, por primera vez en mucho tiempo, sus sueños no fueron en aquellos jardines flotantes, deseaba tanto disculparse con Voriana por haber huido de forma tan infantil, que soñó con el Circo del Alma, era tangible y peleaba la guerra contra los bleizens al lado de sus amigos. En una de esas batallas, en las que ellos siempre ganaban por supuesto, recordó las palabras que el Viento había depositado en sus oídos tiempo atrás: “el mundo de los sueños es nuestro… ven y visítanos cuando quieras, sólo acuérdate de nosotros”.
−Solo dile que volveré, no podemos dejar que los bleizens ganen. −dijo Dahlia mirando el rio de luz verde, en aquella oscuridad que se había tragado la batalla con la que había estado soñando. Le hubiera gustado escuchar la respuesta del Éter y sentir la paz que venía con cada palabra que el Viento depositaba en sus oídos, pero la voz que la llamaba en el mundo real, fue lo suficientemente insistente para sacarla de su ensueño.

−¡Dahlia! ¡Dahlia! −gritaba Alieth− tenemos que irnos rápido antes de que los bleizens lleguen.
−¿No se supone que somos invisibles? −dijo la enöriana tallándose la cara para ver si así lograba mantener los ojos abiertos y despabilarse.
−Sí, pero no me quiero arriesgar, vámonos −dijo Alieth ayudando a su amiga a ponerse de pie.

Para el día que llegaron a las afueras de Enör, Alieth, aún dentro de Rowan, ya había escuchado todo lo que Dahlia podía recordar y había aceptado unas treinta veces las disculpas de Dahlia por haberle ocultado todo lo que sabía sobre Ellioth. Sin embargo, Dahlia no sabía mucho sobre su cuasi gemela. Sabía que la habían separado de él y que había partido en su búsqueda, pero fuera de esa novelesca historia de amor, no sabía más. ¿De dónde venía? ¿Dónde vivía antes de conocer a Ellioth? Parecía que no le gustaba hablar de su pasado, o quizá el parecido con ella iba más allá de su aspecto físico y también tenía una larga historia que explicaba cómo se separó de su familia. Su curiosidad era mucha, pero no se atrevía a preguntar nada que su compañera no contara voluntariamente. Ella era así, no solía preguntar mucho sobre la vida de los demás si no le contaban por propio gusto, Además, no quería incomodarla de ninguna manera, demasiadas molestias había causado ya, como para arriesgarse a ser impertinente. Pero la duda de por qué le ayudaba seguía golpeando su mente. Algo debe ganar ayudándome, pensó.

Encontraron las puertas de Enör abiertas de par en par, era de noche y nadie las vigilaba. El lugar estaba desierto. ¿No que estaba vigilado? Pensó mientras examinaba el lugar con la mirada. ¿Donde está su barrera?
Las dos se voltearon a ver con la misma cara de incertidumbre, sin más, se adentraron en la ciudad una al lado de la otra. Al pasar el portal abierto, Dahlia notó una luz púrpura que provenía de su collar y, conforme avanzaba, ésta se hacía más intensa. La ciudad estaba en total silencio. Por un segundo creyó haberse quedado sorda, porque no escuchaba ni su respiración, un silencio sepulcral invadía todo tu ser. Cerró los ojos por unos segundos y se tranquilizó cuando pudo escuchar su corazón agitado. He estado en peores silencios y peores penumbras, pensó para darse valor. De repente cayó en la cuenta de que no escuchaba los pasos de Rowan detrás de ella.
−¿Alieth? −dijo, mirando a las puertas de la ciudad sobre su espalda.
Estaba parada, cruzada de brazos, detrás de las puertas. No hacía nada más que verla, como si estuviera esperando a que hiciera algo.
−¿Porqué no vienes? −le gritó Dahlia desde donde estaba.
Algo salió de la boca de Alieth, algo mudo que no llegó a los oídos de Dahlia. No estaba tan lejos como para no alcanzar a oírla, pero aún así decidió acercarse y ver que ocurría. Al llegar a su lado, escuchó el rugir del viento y muchos otros sonidos que dentro no podía escuchar.
−¿Porqué no entras? −Dahlia preguntó.
−No puedo. −dijo Alieth molesta y fulminándola con la mirada. Sentía que le acaban de hacer una de las preguntas más tontas que le podían haber hecho– Mira.
Por más que la mujer intentaba avanzar, había una pared invisible que no la dejaba avanzar. Dahlia la veía intentar moverse sin lograrlo, mientras ella podía avanzar y retroceder sin problema alguno. ¿Acaso sería por ser nativa de aquella ciudad?
−¿Todavía puedes tocarme? ¿Aunque estés dentro de Rowan? −dijo parándose frente a ella, dándole una mano. Alieth miró la mano extendida como si en ella estuviera la respuesta que quería entregarle. La miró a los ojos con una sonrisa traviesa y puso su mano a unos centímetros de la de ella, mantuvo la mirada unos segundos y cuando por fin estuvo segura, estrechó la mano que le habían ofrecido.
−Parece que sí. −dijo con la sonrisa aún en su rostro.
Una esfera de luz purpura, o eso creían debido a la luz que emitía el collar, se aproximaba a ellas a toda velocidad, la enöriana jaló a Alieth dentro de la ciudad sin ningún problema y ambas cayeron al suelo, cruzando la barrera arcana que protegía la entrada. La esfera de luz se estrelló contra ésta y se quedó flotando ahí como si esperara alguna orden. Dahlia reconoció la esfera que le había entregado el mensaje de Kali a su general cuando estuvieron en Briah, entonces se puso de pie y se acercó para recoger lo que sea que fuera a entregarles.
−¿Qué te dije de confiar en las cosas? −dijo Alieth parándose atrás de ella.
−Esta esfera de luz es un cartero −respondió estirando la mano frente a la esfera− ¿Qué no eras tú la optimista?
La esfera en efecto traía una carta consigo y una pluma como la que Voriana le había dado a Ellioth. Ambas leyeron la carta en voz alta al mismo tiempo, como si necesitaran que alguien más las escuchara.

Dahlia:
Lamento muchísimo que no nos hayamos podido despedir como es debido y lamento aún más los últimos momentos que te hicimos pasar. Espero me puedas perdonar algún día.
Te extrañaremos mucho.
Bramms está bien… bueno, no del todo. La batalla contra los bleizen de tierra fue dura mientras la libró solo, pero cuando que llegamos Ethan y yo las cosas fueron mucho más fáciles. No te preocupes, se pondrá bien, de hecho fue él quien insistió en escribirte esta carta, quiere que sepas que te esperará a que regreses y puedan estar juntos si todavía quieres hacerlo. Ya podrían hacerlo sin necesidad de huir de nadie.
Le prometiste al Éter que volverías… más te vale cumplirlo.
Te mando la pluma que tenía Ellioth para que me escribas cuando puedas. Sin importar donde estés, las letras provenientes de la pluma sabrán cómo hacerme llegar tu mensaje. La noche que desapareciste él llegó a Zhür en medio de aquella carrera en la que competíamos por encontrarte antes que los bleizens. El pobre se sintió devastado al saber que Alieth también se había partido. Por cierto, si para cuando leas esta carta ella todavía está contigo, dile que Ellioth la estará esperando en Kynthelig, lo convencimos de que era el lugar más seguro.
Ethan también está preocupado por su alumna, quiere saber si ella se encuentra bien.
Cuídate mucho, te esperamos con los brazos abiertos.
Voriana

Pd: Kali te manda pedir una disculpa por la forma en que te trató, estamos con ella y todo su ejército planeando la siguiente estrategia en caso de que los bleizens vuelvan a atacar.

−Bien, Creo que es hora de que me regrese. −dijo Alieth dubitativa al ver la carta.
−¿Por qué? −preguntó Dahlia, sobresaltada por lo inoportuno del comentario.
−Ya cumplí mi promesa, te traje a tu ciudad. Ahora me toca ir a cumplir mi parte, tengo que encontrarlo, Dahlia. −dijo buscando comprensión con su mirada.
−Pero… todavía no encuentro nada. ¿Me vas a abandonar aquí? −dijo Dahlia asustada. Aunque le aterraba lo lúgubre y muerta que se veía su ciudad bajo la oscuridad, no se veía tan devastada como en sus sueños.
−Quisiera no tener que abandonarte, pero no puedo ir más adelante o tu maldición me va a consumir a mí también. −dijo con un dejo de culpabilidad en la voz− La adivina en tu circo me lo advirtió.
−¿Ella sabía de esto? −dijo molesta.
−Ella sabe muchas cosas. Tú misma me lo dijiste. −dijo Alieth secamente.
−Supongo que así debe ser, ¿no? −murmuró Dahlia para sus adentros recordando la luz purpura que provenía de su collar− Antes de que te vayas toma esto, si ya estoy aquí, supongo que ya no lo necesito.
La enöriana se quitó el collar para abrocharlo alrededor del cuello de Rowan. Al dejarlo caer sobre su pecho, la piedra que antes era morada, cambió. Ahora no sólo brillaba roja, sino que había adoptado ese color.
−Si lo que dicen es cierto, ese collar te protegerá hasta que encuentres a Ellioth. −Dahlia dijo nostálgica.
−¿En serio? −dijo mirándola a los ojos− Sólo que… ¿va a dejar de brillar en algún momento? Tú sabes, no quiero facilitarle a bleizens el trabajo de encontrarme.
−Supongo que cuando salgas de Enör volverá a ser sólo una piedra bonita. Te protegerá hasta que cumplas tu misión o se lo pases a alguien por voluntad propia, o al menos eso fue lo que dijo Voriana. −dijo riéndose de los ataques de paranoia de Alieth, aunque, por lo que había escuchado durante el camino, eran bastante justificados. Pero eso no evitaba que le diera risa que se pusiera como gato erizado cada que tenían que preocuparse por huir de sus enemigos.
−Gra… gracias −dijo Alieth acariciando la piedra del collar con una mano.
−Gracias a ti, no estaría aquí si no me hubieras ayudado. ¡Ahora vete! −demandó cabizbaja.
−Cuídate mucho y recuerda regresar, hay alguien esperándote. −dijo Alieth antes de darse media vuelta y dirigirse al gran portón de la ciudad.
Dahlia la vio alejarse, los colores del paisaje ya no estaban bañados de la luz purpura del collar, no se movió de ahí hasta que el cuerpo de Rowan pasó a través del portal y dejó de escuchar sus pasos.
Era hora de buscar respuestas.

Lo primero que notó era la soledad que reinaba en las calles. Los altos edificios estaban espaciados, separados por grandes jardines entre ellos. Algunos flotaban en pequeñas islas aéreas, levantando partes de la ciudad que quedaban fuera de la vista desde el suelo. Al fondo de la ciudad había una de esas islas voladoras que sobrepasaba la altura de todas las demás, pero aunque estuviera a esa altura, no podía esconder la colosal construcción que se erguía sobre ella.
Avanzó por la calle principal sin separar la mirada a aquella isla. Sus sueños se la habían mostrado de otra manera: destruida, en ruinas y mucho más oscura de lo que ahora podía verla. Cuatro grandes pilares blancos se levantaban sobre ella, todos a diferente altura terminaban en punta. Sobre las paredes de aquellas construcciones, podía distinguir un cúmulo de puntos de luz, que iluminaban su interior.
Se detuvo frente a una fuente de cantera vacía que se encontraba a la mitad de un parque. Comprobó que podía tocarla, se subió sobre ella y se sentó en la parte más alta para poder observar a detalle aquellas cuatro torres que la hacían sentir un poco de nostalgia. Sintió como el corazón le latía rápidamente y se perdió admirando cada una de las ventanitas en cada torre. El edificio central tenía, en el piso más alto, la ventana más grande de todas. Cuando la observó sintió que no sólo el corazón le latía, si no todo su cuerpo, Entonces empezó a sentir un intenso ardor en el pecho y pudo ver el interior de cada hueco de luz como si estuviera a unos centímetros de distancia. Las ventanas del comedor donde habían celebrado todas y cada una de las festividades, entre ellas sus cumpleaños, estaban ahí. Recordó todas las comidas y las fiestas a las que había asistido en ese lugar, las recordó tan vívidamente como si estuvieran volviendo a pasar. La ventana por la que observaba toda la ciudad cada que despertaba se encontraba al lado de la de sus padres. Para ella, fue como ir armando un rompecabezas, cada que observaba una de las pequeñas lucecitas, sentía como una nueva pieza encajaba en su mente y llenaba los huecos que su memoria tenía entre las imágenes que Alieth vio dentro de ella y las proyecciones del teatro de su alma.
Definitivamente estaba en casa.
Nombres, lugares, anécdotas, sonidos, todo estaba llegando tan de golpe que se sintió mareada y el ardor en su pecho se intensificó al punto que no la dejaba respirar.
Separó su vista del castillo conformado por aquellas torres para tratar de tranquilizarse, observar con tanto detenimiento la estaba saturando de información. Cerró los ojos para olvidar todo lo que la rodeaba por un segundo, para poder concentrarse, volver en sí y recuperar la respiración.
¡Odio las artes arcanas! Dijo su propia voz dentro de ella, aunque sonaba mucho más joven y con eco, como si viniera de muy lejos.
No puedes odiarlas nada más porque sí, hija. Le contestó otra voz, la de un hombre adulto. Reconoció la bonachona voz su padre.
Claro que sí… mírame, ¡LAS ODIO! Gritó la voz de la niña en la oscuridad detrás de sus parpados. Pero esta vez ninguna voz respondió, solo podía escuchar su propio llanto y sentir las lágrimas correr por su rostro. No, no puedo odiarlas nada más porque sí, se dijo a sí misma, aún con los ojos cerrados, como si con eso pudiera ganarle a la voz de su memoria.
¿Dahlia? Dijo la voz de su madre muy dentro de ella.
−¿Estás bien? −Preguntó una voz fuera de ella que no le era nada familiar, era como un chirrido ronco. Pensó que si las ratas hablaran, así sonaría su voz, lo cual la hizo abrir los ojos impulsivamente.
Al dirigir su vista a la ciudad bajo aquellos jardines flotantes, se encontró que todo estaba oscuro, marchito, tal como en sus sueños, pero sin ruinas ni niebla. La sensación de que algo malo había pasado ahí era tan densa que casi podía moverla con una mano. Entonces, recordó la voz chirriante que le había llamado y descubrió de dónde provenía: frente a ella, en una la orilla de la fuente, estaba la estatua gris de una persona que se veía asustada. Pensó que era raro que una estatua vistiera ropa de verdad y más extraño aún que estuviera ahí, donde minutos antes no había nada. Tenía un brazo alzado, como si tratara de alcanzarla, pero le faltaba la mano. Si tuviera mano, hubiera podido tocarle una rodilla, la cual encontró llena de ceniza. Miró a los ojos a aquella estatua pensando lo peor y sintió un nudo en el estómago. El viento soplaba carcomiendo el brazo manco.
−¿Tú estás bien? −preguntó ella sintiéndose ridícula por hablar con una estatua. Pero ésta no respondió. Dahlia se bajó de la fuente de un brinco e intentó llamarlo dándole una palmada en la espalda, el nudo en el estomago la dejó sin aliento cuando la estatua se desbarato como si hubiera estado hecha de ceniza.
Tenía ganas de gritar y salir corriendo, no estaba segura de querer saber qué había ocurrido, pero tampoco podía abandonar la ciudad, tenía que saber cómo lograr ser una persona normal y regresar. Había muchas batallas por luchar aún.
Pasó saliva y se armó de valor para avanzar. Al principio no sabía a dónde se dirigía, simplemente no quería quedarse en el mismo lugar por mucho tiempo pues temía encontrarse con otra de esas estatuas. Al avanzar por las calles de la ciudad, nuevos recuerdos se proyectaban en su mente haciéndola olvidar un poco lo aterrada que estaba, hasta que llegó al punto en el que se preguntó dónde estaba toda esa gente que ahora habitaba su memoria. ¿Acaso todos se habían vuelto estatuas de ceniza? Deshecho esa posibilidad por miedo a que fuera verdad.

En su camino encontró más y más de esas estatuas, incluso cuando regresó a un lugar por el que ya había pasado, notó una estatua que antes no había estado ahí. Dahlia se encontraba con los nervios de punta, ¿de dónde salían tantas estatuas? Entonces quiso llegar al castillo lo más rápido posible, o por lo menos, encontrar algún lugar donde no se sintiera observada por aquellas sombras sin ojos. Avanzó por todos los parques y las calles de la ciudad, cada que daba vuelta en una esquina se sentía más acorralada.
Millones de recuerdos la saturaron de nuevo cuando pasó frente a la biblioteca de la ciudad, pero de nuevo fueron interrumpidos por otra estatua. La vio sentada en una banca cerca de la entrada, parecía leer un libro tranquilamente. Se acercó despacio tratando de no hacer ruido, no sabía porqué estaba tan asustada si bastaba con tocarlas para que se desintegraran y se las llevara el viento. Cuando estuvo a unos pasos de aquella ávida lectora que no separaba la mirada del libro, la reconoció, era una reproducción fiel de una de las mejores amigas de su madre. Se llevó la mano al pecho para detener su corazón que quería salírsele por el susto, respiró profundo para armarse de valor y se acercó para tocarla, cuando la mujer que había estado leyendo levantó la mirada lentamente para sonreírle como si también la hubiera reconocido.
Dahlia se quedó paralizada al ver como la estatua se movía, la mujer de ceniza intentó hablar, pero de ella sólo salió el chirrido de un ratón antes de que un ventarrón la hiciera desaparecer de su vista. Sin pensarlo salió corriendo de ahí con todas sus fuerzas, necesitaba encontrar uno de los vehículos voladores con los que la gente solía llegar al castillo. Corrió en distintas direcciones buscando una de las plazoletas donde se estacionaban aquellos elevadores que en sus recuerdos la subían y bajaban todos los días de aquella construcción imponente que había sido su hogar. Iba por callejón amplio y bien iluminado, y si sus recuerdos recién readquiridos no le fallaban, en la esquina estaría el teatro donde se proyectaban las películas de los tecnomagos. Ese había sido el último lugar al que había ido antes de que sus padres la despertaran para hacerla salir de la ciudad. Y frente ese edificio podría encontrar una de las estaciones para subir al castillo, la cosa estaba fácil: sólo debía abordar uno de los vehículo y presionar el botón adecuado. No debería haber ningún problema.
Caminaba a paso rápido, cansada de tanto correr, cuando llegó a la taquilla del teatro, sólo necesitaba cruzar la calle, subirse al elevador y esperar.

−¿Dahlia? −dijo una de las voces chirriantes a sus espaldas− ¿Dónde habías estado todo este tiempo?
Dahlia se detuvo, volteó a ver quien había hablado y reconoció a una de sus amigas con quien había asistido a la proyección el día anterior a su partida.
−¡No tengo mucho tiempo! −le gritó echándose a correr, sin voltearla a ver.

Estaba a punto de subirse al elevador cuando escuchó un grito como una punzada agonizante o el alarido de algún animal que no había escuchado nunca. Una vez dentro del ascensor cerró la portezuela y presionó el botón que debería llevarla al castillo. Al comprobar que ninguna de aquellas estatuas se encontraba con ella, se dio tiempo para voltear y observar de dónde provenía aquél grito. Un pequeño grupo de aquellas estatuas estaba desmoronándose justo debajo de ella. Agradeció a su instinto haberla hecho correr lejos de su amiga, no quería averiguar qué podía suceder si la atrapaban. Tomó aire sintiéndose segura en aquel pequeño cuarto que la alejaba de sus cazadores.
El elevador se detuvo en seco frente a las puertas del castillo que, estaban abiertas al igual que las de la ciudad. Bajó del ascensor y pisó tierra después de ver que no había ninguna sombra alrededor. Los gritos que se oían no estaban cerca, eran de la multitud sombría cuyas cenizas se esparcían por la ciudad.

−Llegaste… sí volviste… te dije que no lo hicieras. −Una voz grave resonó cuando ella se paró junto al arco que sostenía la entrada al castillo. Reconoció aquél tono de hablar como la voz del niño en sus sueños. Pero por más que intentaba, seguía sin poder ponerle una cara.
−¿¡Quien eres!? −gritó a los cuatro vientos. Ni la suave luz de la luna que se filtraba a través de las desgarradas cortinas, podía amortiguar lo lamentable que se veía la recepción del castillo.
−Gente de tu gente. El día que te fuiste… nada pudo salir peor. −respondió la voz, resonando en los pasillos, sin mostrar de dónde provenía.
Dahlia había estado corriendo de cuarto en cuarto, buscando quien hablaba. Subió al comedor y nada, llegó a la habitación de sus padres y nada, subió y bajó por la torre central varias veces, pero lo único que invariablemente encontró fueron cenizas esparcidas por el suelo, ropa tirada, muebles sucios, nada más. Llegó hasta las puertas más grandes del pasillo en el piso más alto de la torre central: la habitación real.
Al entrar, vio el vestido de la reina tirado a un lado la cama. Un poco más allá estaba el traje del rey, pero no estaba en el suelo, una de las estatuas lo portaba con mucho orgullo.
−Dah… ¿Dahlia? −dijo una ronca voz proveniente de la sombra.
−Así es. −dijo a la defensiva desde la puerta.
−Hija mía… regresaste. Qué bueno que estás bien, aunque no debiste haber regresado −dijo la sombra antes de desplomarse en el suelo junto al traje de la reina.
−¡Su alteza! −dijo mientras corría para no dejar caer el traje, ahora relleno de cenizas.
−No −dijo la voz grave sin dueño que le hablaba desde que entró al castillo.
−¡Explícame que sucede! −dijo poniéndose en pie y dejando caer las ropas reales. Salió del cuarto esperando fervientemente encontrar al dueño de aquella voz antes de que desapareciera como todos los demás.
Por más que lo llamó, no respondió. Regresó a la recepción del castillo sollozando y se sentó en las escaleras que llevaban al cuarto del trono. No tenía fuerzas para continuar, se sentía derrotada. No quedaba nadie que pudiera ayudarla. ¿Su destino era terminar en cenizas como todos los demás? No, tranquilízate Dahlia, algo tiene que quedar. No puede acabarse así. Pensó. Guardó silencio y suspiró. Realmente no sabía qué hacer más que tomar fuerzas y dejar de llorar. Se puso en pie limpiándose la cara y miró a su alrededor. ¿Por dónde continuaría? ¿Qué cuarto le faltaba? Miró cabizbaja las puertas a su espalda. Eran las puertas del trono que estaban entreabiertas. Ahí no había entrado por una sencilla razón, si los reyes ya estaban muertos, no había nada que buscar.

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