XV · El plan a seguir

−Por lo que me cuentan… no creo que enfrentar al ejército del gremio, solos, sea buena idea. −Dijo Bhel rascándose la barba con una mano− Necesitamos ayuda.

−¿Nosotros? −dijo Fenez que se había unido al grupo recientemente, se veía un tanto fuera de lugar al no saber de qué estaban hablando.

−¡Claro! ¿Acaso creen que los voy a dejar solos? −dijo el director de la torre mientras caminaban por los pasillos de la torre. Bhel iba a la cabeza del grupo, guiándolo hacia pisos arriba según ellos creían. Pero cuando bajaron un par de pisos, caminaban hasta el otro lado del gran edificio, luego volvieron a subir un par más por otro lado, todos menos Voriana se sentían absolutamente perdidos. Siguieron al hombre de pelo blanco por unos minutos hasta llegar a un piso muy amplio y lleno de gente que dejaba ver las puertas abiertas hacia el exterior.

−Vayan e instálense donde quieran −dijo Bhel deteniéndose en las puertas de la torre volteando a ver a todo el grupo del circo.

−Pero… ¿no íbamos a trazar un plan o algo por el estilo? −dijo Bramms aún confundido de haber llegado a la planta baja después de subir infinidad de pisos desde lo que parecía estar ya en un piso muy alto.

−Ese es mi trabajo −dijo Bhel mirándolo a los ojos, luego a Voriana y a Dahlia− El de ustedes es dar una muy buena función.

−No es como… ¿peligroso? –dijo Dahlia preocupada de que los volvieran a atacar.

−Pequeña… estás en Kynthelig, nada puede atacarte, todos ustedes están bajo nuestra protección. Un grupo de maestros arcanos ya se encargaron de poner una barrera con sus artes, ningún Bleizen será capaz de pasar a través de esa barrera.

−¿Y yo qué? −rezongó Bramms.

−Me temo que si sales, no podrás volver a entrar. −dijo Bhel portando una sonrisa cínica en el rostro.

−¿Estás de acuerdo con eso, Voriana? −preguntó Karad a la adivina que estaba perdida viendo el paisaje de la ciudad desde aquellas puertas.

−Sí. −dijo sin separar la mirada de aquellas calles− Digo, si nos vamos a quedar aquí un tiempo, necesitamos un lugar donde desmontar, ¿no?

−Bien… entonces, los dejo. Tengo mucho que hacer. −dijo el director pasando a través de ellos para adentrarse en el edificio.

−Siéntanse en su casa. −se escuchó la voz del director desde las escaleras.

 

Siguiendo instrucciones, todos se reunieron donde habían dejado el circo la última vez y se fueron en busca del lugar que les permitiría ofrecer su obra. Después de un par de horas revisando plazoletas y parques, se instalaron cerca de un gran parque en las afueras de la ciudad, en los límites de la barrera. Los días pasaron y no escuchaban noticias de Bhel, pero la ciudad les ofreció un recibimiento familiar y una hospitalidad más cálida que un buen abrazo. Todo gracias a Voriana que conocía a la perfección todos y cada uno de sus rincones. Siempre había en la mesa más de un viejo conocido que tenía alguna buena anécdota que contar o con ganas de escuchar todo lo que había sucedido desde que Voriana dejó Kynthelig para fundar el circo, todo alrededor de una buena cena.

Durante uno de esos banquetes llegó la segunda carta de Ellioth donde decía que le había ido muy bien en su exposición, que había ido con los sabios a escuchar su consejo y lo enviaron a visitar a los guardianes del árbol de las almas en la isla de Welzehn, aduciendo que si alguien podía ayudarlo eran ellos. Decía que, aunque tuvieran razón, no sabía por qué sentía que lo que querían era alejarlo aún más.

Días después llegó otra carta diciendo que había llegado con bien a la isla y que estaba impresionado con los guardianes de aquel inmenso árbol que consistía de hojas etéricas en su mayoría azules. En sus letras describía que el árbol en sí era como un gran archivo del mundo. Cada hoja pertenecía a un ser y los guardianes podían leer en ellas la vida de cada persona, desde el momento en que nació hasta la última acción que hayan hecho. No contaba en su carta mucho más, sólo que empezaría a buscar la hoja de Alieth al día siguiente y que los guardianes estaban extrañados por una pequeña zona del árbol que se había tornado purpura y todo el registro en sus hojas había desaparecido.

Que todas las fuerzas naturales, no naturales, vivas y no vivas le estuvieran repitiendo una y otra vez que no entienden qué sucede con su raza empezaba a molestarle. Si ellos no podían averiguarlo, ¿qué iba a saber ella que sólo era un integrante de un pequeño circo? La idea de buscar una salida a todo eso comenzaba a sonar agradable.

Como cosa hecha a propósito Bhel apareció el mismo día de la carta de Ellioth. No venía solo, traía entre manos todo un plan a seguir para intentar solucionar todo el problema. El plan era el siguiente:

En una semana, el circo partiría hacia Zhür. Según la carta de Ellioth y el mapa de Kali, las tropas bleizen ya se habían retirado de ahí y el arcano mayor Ethan, quien fue maestro de Bhel en otros tiempos, los protegería en Zhür como Bhel lo estaba haciendo en Kynthelig. Ethan había insistido en que el grupo se instalara en su pueblo, alegando que tenían cosas de qué hablar, que probablemente podría ayudar a solucionar el asunto de la mujer de la niebla.

Para que la partida fuera más fácil, los arcanos de la torre prepararían una copia del circo, una ilusión cuyo propósito era llamar la atención de la gente del Gremio para llevarlos lejos de Kynthelig, camino a Briah donde el ejército de Kali los esperaría para aniquilarlos. Bhel y Voriana se mantendrían en constante comunicación, para que en cuanto arreglaran las cosas con el gremio, por las buenas o por las malas, pudieran salir de Zhür sin problemas. Ya que eso sucediera, podrían preocuparse por el problema de Dahlia y Enör.

 

Pasada la cena y una vez que los invitados de aquella noche se habían ido, Dahlia se encontraba recostada en su cuarto viendo el colguije de la estrella que le permitía tocar las cosas en ese camarote e imaginándose cómo se vería el árbol que Ellioth nombraba en su carta cuando escuchó que alguien golpeaba su puerta.

−Soy yo, Dahlia, ¿puedo entrar? −dijo Bramms girando la perilla de la puerta desde afuera.

−¡Adelante! −dijo sentándose sobre la cama− ¿Qué sucede?

−¿Podemos ir a otro lugar? −dijo el joven de fuego mirando para otro lado y sonrojado

−¿Que tiene de malo aquí? −dijo ella buscándole la mirada− ¿Qué pasa?

−Tú sabes… hay… −dijo volteándola a ver unos segundos y luego desviando la mirada rápidamente− …muchos pájaros en el aire, pueden escuchar cosas.

−Bramms, es media madrugada, todos tus “pájaros” están dormidos. −dijo Dahlia riéndose de la actitud infantil que su amigo estaba teniendo.

−Sólo sígueme y no hagas ruido, ¿sí? −dijo él agarrando valor para sostenerle la mirada. No fueron muy lejos, de hecho, terminaron sentados en las gradas de la carpa principal. Dahlia había insistido todo el camino que le dijera qué sucedía que parecía ser de vital importancia, él solo le decía que esperara a que estuvieran en un lugar seguro de otros oídos. Realmente no sabía qué diferencia había entre la carpa y su camarote, cualquiera podría estar pasando por ahí por error y escuchar, pero decidió que si él se sentía lo suficientemente tranquilo como para contarle, lo dejaría seguir con su juego.

−Dahlia… ¿qué opinas de todo el plan de guerra? −dijo él con una mirada completamente diferente a la que tenía cuando llegó a su cuarto, se veía serio y decidido.

−Pues… ¿qué te puedo decir? −dijo ella viéndolo a los ojos sin entender por donde iba la conversación− Si eso va a ayudar a que podamos estar en paz, supongo que está bien, ¿no?

−Dahlia, prácticamente somos prisioneros hasta que arreglen ese asunto. Si es que lo llegan a arreglar. −dijo Bramms con un tono de tristeza mirando al suelo.

−¿A qué te refieres? −dijo ella, tratando una vez más de encontrarle la mirada.

−A que nos vamos a encerrar en no sé qué pueblito a esperar a que arreglen nuestros problemas. −dijo él con el mismo tono de voz

−Pues a mí tampoco se me hace justo, pero no se me ocurre ninguna otra cosa, ¿a ti sí?− dijo ella sentándose en el suelo para por fin encontrarle los ojos.

−Quería proponerte que… −se interrumpió para agarrar valor y verla a los ojos− que huyéramos. Que nos fuéramos de Angharad.

−¿Hay algo fuera de Angharad? –dijo sorprendida, nunca se le había ocurrido pensar en eso.

−¡Claro! Dos grandes continentes donde escondernos. −dijo el ser de fuego abriendo los brazos lo más que pudo, como si con eso pudiera explicar el tamaño de los continentes a donde pretendía que huyeran −Nunca nos encontrarían. ¿Qué dices?

−Ay Bramms… −dijo ahora ella desviando la mirada− No voy a negar que es muy tentador.

−¿Pero? −insistió el hombre de fuego.

−No podemos dejar sola a Voriana. −respondió la enöriana.

−Vamos… ¿no será más bien que te sentirías sola sin ella? −dijo sonando molesto por la respuesta.

−Pues me ha salvado la vida más de un par de veces. −dijo apenada.

−Yo puedo protegerte. −dijo él sonando seguro− Para mí eres una persona muy valiosa, no eres un fenómeno que hay que sobreproteger y esconder, tú mereces mucho más que eso.

−Bramms… −dijo con los ojos llorosos− Déjame pensarlo, ¿sí?

−¡El tiempo que quieras! −casi lo gritó con una sonrisa de oreja a oreja.

Salieron de la carpa sonriendo los dos después de platicar varias horas sobre su forma de ver todo lo que estaba sucediendo. Habían descubierto que los dos tenían ese humor acido para burlarse de los infortunios, lo cual había resultado en una buena tanda de carcajadas antes de dormir. Ya en su camarote, acompañada una vez más por el colguije en su ventana, recapituló una vez más lo que había sucedido esa noche, mientras el sueño llegaba. No es tan mala idea pensó, en realidad tenía sentimientos encontrados. No quería que, como habían dicho, alguien más resolviera sus problemas, tampoco quería volver a Enör y dejar atrás lo poco que había ganado. Pero irse con Bramms sería dejar todo atrás también. Luego llegó un sentimiento que pensó que ya había olvidado: Ellioth.

 

Los días pasaron tranquilos después de aquella noche. Las funciones iban sin contratiempos y Dahlia mantenía su mente ocupada con los detalles del circo para no pensar en la decisión que tenía que hacer. Durante el penúltimo festival, Voriana llegó a la pequeña carpa de Dahlia con un invitado que estaba interesado en conocerla: un maestro de la Torre que se hacía llamar Lazhward.

Cuando los dos entraron, vieron que la enöriana no tenía muy buena cara, acababa de ser traspasada por un par de visitantes. Diariamente, había más de una docena de curiosos que la hacían sentir el fenómeno más grande en existencia. Nunca pensó que se sentiría tan mal por eso. El circo la había hecho sentirse en casa, pero desde que empezaron las noches de festival, no podía evitarlo. Odiaba sentir que era la única de su especie, la hacía recordar todo lo que había dejado atrás.

No sabía el porqué, pero sentía que ese maestro la haría sentirse peor que todas las otras visitas juntas. Seguramente se querría meter en su maldición más lejos que los mocosos aficionados que la perseguían sólo para atravesarla con una mano y salir corriendo. Un arcano que quiere meter su nariz en lo que no le importa, para variar. Pensó. Aún así lo saludó con un intento desganado de amabilidad, esperando que Voriana no notara lo molesta que estaba.

−Si te molesta mi presencia, puedo irme −dijo el maestro tomando asiento frente a ella, contradiciendo con sus hechos lo que acababa de decir.

−Bueno, estaré con Karad si me necesitan. −interrumpió Voriana antes de que Dahlia pudiera decir cualquier cosa. Cerró la cortina y se fue sin esperar respuesta.

−No, no es eso. Perdón. −dijo la enöriana sin moverse de lugar, mirándolo un tanto seria− No ha sido un buen día.

−Te creo. Supongo que debe ser difícil estar en tu lugar. Voriana me ha contado un poco sobre ti. −le dijo con una sonrisa de simpatía− ¿Te puedo preguntar algo?

−Puedes preguntar lo que quieras, lo que no puedo asegurarte es que pueda o quiera responderte, supongo que dependerá de tu pregunta. −dijo molesta, ¿Por qué todos tenían que enterarse de su desgracia? ¿No podía ser sólo una mujer intangible sin ningún pasado oscuro y bizarro?

Lazhward no hizo ninguna cara ante la respuesta ruda que había recibido, ella supuso que tal vez la esperaba. Segundos después él habló:

−Antes que cualquier otra cosa, debo decirte que tienes todo mi respeto y admiración. Tienes una fuerza de voluntad impresionante. ¿Qué te mantiene aquí? En tu situación, yo hubiera salido corriendo a buscar el lugar al que pertenezco en cuanto me enterara de su existencia. La curiosidad por saber que pasó me comería vivo.

La enöriana lo miraba incrédula. El encuentro, era tal y como lo había imaginado ¿Por qué no podían dejar de que ella se preocupara de sus propios problemas? Pero no podía negar que de cierta manera, su comentario la había halagado.

−Gracias. –dijo secamente antes de pensar qué podría contestarle− No te voy a negar que no lo haya pensado mil veces. Irme por mi lado, buscar donde está mi gente y no volver a sentirme sola jamás.

−Pero… no estás sola. –dijo él con un dejo de tristeza− Tienes a Karad, a Voriana y a todos los demás.

−¿De qué sirve si no los puedo tocar fuera de mi maldito cuarto? Si no puedo estar realmente con ellos. −Dahlia se miró las manos con lágrimas en los ojos, tanto que se había esforzado por no decirlo desde aquél día que habló con Bramms sobre huir y tenía que llegar alguien a embarrárselo en la cara− ¿¡De qué sirve!?

−Pues… −tartamudeo Lazhward. Empezaba a sentirse mal por haberla hecho llorar, pero cómo arcano de la percepción, su intuición le decía que tenía que seguir hablando con ella.

−De qué sirve… si con quien quiero estar… −se interrumpió para tallarse los ojos limpiándose las lágrimas− …está buscando a otra, a alguien mejor que yo, alguien a quien sí puede tocar.

−¿Y dónde la está buscando? ¿Dónde está él? −preguntó Lazhward tratando de sacar más información.

−¡Yo qué sé! Buscándola entre las hojas del árbol de las almas supongo. −dijo sollozando− ¿Por qué no puedo olvidarlo? ¡Que alguien me lo borre de la memoria! Así como lo-que-sea que haya borrado a mi ciudad de mi mente… ¡que lo hagan con él!

−Dahlia… La gente saldrá de tu vida todo el tiempo, no debes detenerte en tu camino por ello. Son cosas que pasan, cambios necesarios; es inevitable. Seguir sin alguien importante es una de las pruebas más duras que hay, pero es imprescindible pasarla. Sólo sigue adelante con tu vida y no te olvides de lo que esa persona te hizo aprender.

 

Al escuchar esto, Dahlia paró de llorar instantáneamente. Como si lo que acabara de escuchar hubiera apretado un botón dentro de ella que la hizo tomar en cuenta las palabras del maestro que tenía enfrente.

−Crees… que… ¿debería intentar volver? −dijo ella mirándolo a los ojos− Buscar mi ciudad, sin rendirme, como él la está buscando a ella. ¿No sería eso aferrarme? Tú mismo acabas de decir que deje ir…

−No Dahlia, me entendiste mal. Ve a la ciudad sólo si te interesa saber qué ocurrió. Pon prioridades. ¿Qué es lo que más quieres? Tu interés más grande. −dijo el maestro respondiéndole la mirada.

−Pues hace unos meses creía que era saber de dónde venía y cómo regresar ahí. −dijo como si se arrepintiera de lo que estaba saliendo de su boca− pero ahora… ya no sé. Perdí el interés de volver cuando decidí unirme al circo. Pero ya no quiero ser intocable. Quiero saber que existo y me pueden tocar; recordar lo que se siente tocar a alguien sin necesidad de ayuda arcana.

−Pues… creo que la respuesta a eso sólo está en un lugar.

−¿¡Dónde!? −demandó la mujer

−En tu ciudad.

−Pero… no puedo abandonarlos. Soy parte de la obra. Me necesitan tanto como yo a ellos.

−Solo piénsalo −dijo Lazhward poniéndose de pie− Que tengas buenas noches.

Sin decir nada, lo dejó ir. En su cabeza una gran horda de engranes hacían girar  demasiadas cosas como para preocuparse por alguien que salía de su carpa. Después de digerir todo lo que había sucedido y poder detener un poco la velocidad de sus pensamientos, salió  de su carpa y se dirigió hacia donde estaban todos. Ya era tarde, la feria estaba cerrada y olía a comida deliciosa que podría probar más tarde en su camerino.

Después de cenar, los miembros del circo se fueron retirando uno a uno a sus respectivos cuartos. Debían descansar, ya que el siguiente día sería el último en Kynthelig. Sólo Dahlia y Voriana se quedaron en la mesa, platicaban sobre lo que Lazhward le había dicho. Para Dahlia, la opinión de Voriana se había convertido en algo mucho más grande que la opinión de una señora loca, sobre todo desde que el Viento había hablado con ella. Voriana sirvió un poco de comida en un plato y ambas se fueron al cuarto de la enöriana a terminar su plática.

Disfrutando de la comida, con el plato en las piernas, la adivina miraba a Dahlia con ojos de una madre que no sabía cómo ayudar a su hija.

−Cómo te dijimos el día que despertaste en este cuarto, eres libre de irte cuando quieras. −dijo tratando de sonar fuerte; pero por dentro estaba resquebrajándose.

−¡No te preocupes! −dijo sonriendo con un gran bocado en la boca− Si me fuera… terminaría volviendo días después. Mi vida está con ustedes.

−Lo sé, buenas noches, mi niña. −dijo la adivina sintiéndose feliz de lo que acababa de escuchar. Aunque sabía que si se iba, no regresaría. −Descansa, que mañana será un día largo.

Esa noche, como muchas otras, Dahlia se soñó en Enör, estaba una vez más sobre uno de los jardines flotantes. Esta vez no veía a nadie sobre él, pero podía escuchar gritos que venían de todas direcciones. Al acercarse a la orilla del jardín, extrañamente no había niebla, así que pudo observar la ciudad. Sintió escalofríos, Enör estaba llena de sombras. Sombras de seres que parecían tener la misma forma que ella. Se puso de pié y miró las ruinas del castillo, se sintió atraída por él. Satisfaciendo su curiosidad por lo desconocido caminó hacia él, tratando de ignorar el chirrido interminable que las sombras causaban.

Dentro del castillo todo parecía vacío. No sabía cómo podía haber vivido alguien en aquél lugar que parecía haber sido abandonado hace miles de años. Avanzó por los cuartos para encontrarlos todos igual de devastados, hasta que llegó al cuarto principal, el del trono y vio la silueta del niño que regularmente la acompañaba en aquellos sueños.

−¡Eodez! −gritó sin saber porqué.

La sombra sentada en el trono levantó la mirada en respuesta.

−No regreses, es horrible… esto no es por lo que luché. −Una voz muy grave provino de la sombra que asustó a Dahlia, no era la voz de su amigo.

−¿A dónde? −preguntó ella.

− Aquí…

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