XVIII · La noche en la que el show continuó

El Circo del Alma estaba en silencio profundo. La carpa principal erguida imponía su presencia en el lugar, todo estaba bien montado, los puestos y toldos adyacentes estaban acomodados como si tuvieran ahí más de un día. Ni siquiera Karad, que siempre es el último en ir a dormir, estaba despierto. Al notar esto, Dahlia convenció a Alieth de que pasara la noche en su camerino, podría descansar y a la mañana siguiente obtendría todas las respuestas que quisiera. Las dos siluetas femeninas eran como un par de sombras que navegaban a través del silencio y la oscuridad de la noche.

La única luz que no provenía de la luna venía precisamente del cuarto de Dahlia. Desde lejos se veía misteriosamente alumbrado, las dos mujeres se acercaron lentamente preparadas para encontrar a alguien dentro, pero al entrar no vieron a nadie, descubrieron que lo que iluminaba el lugar era una vela en el buró, donde también había un par de vasos con jugo de frutas y un plato con dos de las empanadas de manzana que tanto le gustaban a Voriana. Debajo del plato había una nota escrita a mano, Dahlia la tomó y la guardó entre sus ropas sin leerla, antes de que su invitada pudiera darse cuenta que existía.

−¿Quieres comer algo? −le ofreció una de las empanadas− Parece que Voriana piensa en todo.

−¿Quién es Voriana? −preguntó Alieth tomando una de las empanadas del plato.

−La adivina del circo. Siempre parece saberlo todo. Es como la madre de todos aquí, es muy amable, ya verás. −la empanada en su boca hacía sonar graciosa la forma en que Dahlia hablaba.

−Eeeh… no sé. −dijo Alieth desconfiada− No quisiera mezclarme con arcanos, no he tenido muy buenas experiencias con ellos.

−A mí tampoco me hacen muy feliz, las artes arcanas no son precisamente de mis cosas favoritas. Pero a ella la quiero mucho y de cierta manera la entiendo, me ha ayudado muchísimo. −dijo Dahlia nostálgica, sintiéndose culpable de haber huido.

−Esto está delicioso… ¿cómo se llama? −dijo terminándose el último bocado de la empanada. Si bien la pregunta era sincera y de verdad quería saber qué comía, el tono en su voz indicaba claramente que el tema de la adivina no le interesaba en lo más mínimo.

−Empanada de manzana, la comida favorita de Voriana. −pronunció a la par de una risilla nerviosa. Había notado el cambio de voz en su acompañante.

−Oh, ya veo. −dijo Alieth reparando en que debía intentar algo más interesante si quería cambiar de tema definitivamente− ¿Tienes el mapa a la mano?

−¡Ah! No, del que te hablé está en el primer vagón,  pero tal vez tengo otro por aquí, espera un segundo −dijo la enöriana poniéndose de pie para buscar dentro del pequeño armario donde guardaba toda su ropa, un par de recuerdos que Bramms le había comprado y un montón de papeles que Karad le había dado a guardar, pero no encontró ningún mapa. Antes de resignarse a esperar hasta el día siguiente, buscó en los cajones de su buró.

Sacó el par de libros donde estaba la foto de su familia y los dejó al lado del plato donde comieron. Debajo de ellos había varias cosas, con un poco de suerte, encontraría un mapa ahí.

−¿Qué es eso? −dijo Alieth señalando uno de los libros.

−Un libro −respondió Dahlia sarcásticamente−, uno muy bueno de hecho, llevo un poquito más de la mitad y me ha gustado mucho.

−¡Ya sé que es un libro! Hablo de lo que está entre sus páginas. –añadió molesta, la forma en Dahlia le contestó  no le había causado gracia.

Dahlia reparó en la pequeña pintura que Ellioth les había regalado el día que se fue. Desde que se la dejaron en su cuarto, la había utilizado como se debe, para separar la página del libro que estaba leyendo, supliendo el trabajo que hacía la foto de su familia.

−¡Nada! Sólo un separador para saber en qué página me quedé. −Dahlia agarró el libro y lo metió al cajón para cerrarlo después con la misma prisa que estaba buscando el mapa.

−No tengo ningún mapa aquí, pero mañana podemos usar el que está en la mesa, si quieres. −dijo la enöriana. Ahora ella era la que quería cambiar de tema.

−Bien, entonces, ¿te molestaría si me duermo ahora? Fue un día largo y horrible, me gustaría descansar. −dijo Alieth mirándola ya recostada en la cama. Si ninguna de las dos estaba dispuesta a hablar, lo mejor que podían hacer era dormir

−¡Ah, sí! ¡Perdón! Puedes dormir en mi cama si quieres, yo dormiré aquí abajo. –dijo Dahlia sacando un par de cobijas de la parte superior del armario para extenderlas en el piso y poder acostarse ahí− Sólo, ¿me prestas una almohada?

La mujer de cabello blanco, sin decir nada, le dio una de las varias almohadas que estaban sobre la cama, se despidió y cerró los ojos. Dahlia por su parte, se quedó despierta un rato más, tenía una larga discusión con el techo sobre todo lo que había sucedido y cómo en un solo día sus planes habían tomado un rumbo inesperado. Ahora la mujer que anunciaba la gira del circo estaba durmiendo en su propia cama. Qué ironía pensó. De todos nosotros, me la tuve que encontrar yo. Cómo fue que estaba de vuelta en ese cuarto que había pensado no volvería a ver. Pero sobre todo, la pregunta principal que rodeaba sus pensamientos era: ¿qué pasó con Bramms?  

Estaba ahí, mirando el techo y riendo de su propia suerte, cuando de pronto recordó la nota que estaba debajo del plato. La desarrugó, ya que al guardarla tan precipitadamente no tuvo el cuidado de meterla con prudencia, y la leyó:

 

Dile que se quede y mañana hablamos. Que bueno que la encontraste.

Disfruten la cena, supongo tendrán hambre.

Bramms está bien, un poco confundido porque fue Karad quien fue a recogerlo y no tú.

Mañana habrá tiempo de que hablen sobre sus planes.

 

Que descansen

Voriana

 

¿Por qué siempre lo sabe todo y no hace nada? Pensó mientras veía la nota. Si ya sabía que iba a regresar pudo no haberme hecho tanto berrinche y dejarme ir. Guardó la nota y durmió.

 

Al despertar, Dahlia descubrió que no fue la primera en hacerlo. De hecho, para empeorar la situación, se encontraba sola en el cuarto, el único rastro que quedaba de que alguien más había pasado la noche ahí era la cama destendida y el par de vasos vacios en el buró. Por fin tengo alguien con información y desaparece, genial. Pensó Dahlia, quien no tardó ni dos segundos en ponerse en pie, medio arreglarse para no hacer notar las prisas que la consumían por dentro, salir y ver qué había sucedido. Lo hizo todo tan rápido que no notó que el cajón del buro estaba abierto, ni que el libro sobre éste, había perdido su separador.

 

−Buenos días dormilona. −la voz del enano Fenez fue lo primero que escuchó al salir− La vieja loca te manda a llamar.

−Gracias. ¿Dónde? −dijo con voz aún adormilada sin poner atención a quien le había hablado. Con un poco de suerte, estará con ella, se dijo a sí misma. Lo pasó de largo, esperando que pudiera escuchar la respuesta antes de alejarse demasiado.

−Con Karad, en las taquillas. −gritó el enano notando el poco interés en su presencia.

 

O puede que no, al parecer hoy es uno de esos días… pensó Dahlia mientras se dirigía a la entrada del circo en busca de los directores. Esperaba encontrar a Alieth platicando con ellos, aunque, si tomaba como presagio el modo cómo había empezado el día, necesitaría mucha suerte para que fuera así.

La taquilla a lo lejos ya se veía poblada de gente esperando para comprar boletos para la función que presentarían al anochecer. ¿Tan tarde es? Pensó. Buscaba con la mirada a la adivina entre el tumulto que formaba su futuro público, cuando un par de personas que estaban fuera de la fila secuestraron su atención por su forma de vestir: una mujer pelirroja de ojos verdes, que tendría su edad aproximadamente, iba vestida de colores vivos y portaba muchas alhajas; la acompañaba un señor de pelo corto canoso y una barba de candado bien cortada, era difícil calcular su edad, pero su rostro demostraba que había vivido muchísimo. Era como ver a Bhel Kether, aún más viejo. Vestía de colores muy claros. El señor le recordaba a todos los visitantes que la adivina había llevado circo mientras estuvieron en Kynthelig. Debe ser incómodo traer tanta cosa encima, pensó inconscientemente mirando a la joven.

−¡Mi niña! −una voz familiar sonó a sus espaldas.

−Voriana, ¿me buscabas? −dijo,  esperando encontrar a Alieth cerca de la adivina.

−Sí, ven conmigo, hay alguien que quiere conocerte. −dijo la adivina jalándola de la mano con la misma prisa que ella había salido de su cuarto.

−Pensé que era por… − dijo decepcionada.

−Si te refieres a Alieth, la volverás a ver pronto, no te preocupes. −La interrumpió poniendo poca atención en lo que ya sabía que iba a preguntar.

−Pero…

−No, ¡nada de peros! Eso te pasa por despertar tan tarde. −exigió la adivina deteniéndose, después de atravesar la fila de gente, frente a las mismas dos personas en las que se había interesado segundos atrás− Maestro Ethan, aquí estamos.

−¿Esta es la muchacha? −dijo el señor barbudo con una voz profunda y ronca, examinando a Dahlia con la mirada. Por lo menos este no se va a meter en mis memorias. Pensó al verlo, de cerca se veía aún más viejo de lo que había supuesto.

¡Dahlia! ¡No seas grosera! La voz de la adivina retumbó en su cabeza como si le hubiera gritado en realidad. Era fácil deducir que se trataba de alguien importante, pero al no ser quien ella buscaba, hasta la mosca que iba pasando a pocos centímetros le resultaba más interesante en ese momento.

−Dahlia, él es el maestro Ethan. Uno de los mejores arcanos que hay, fue maestro de Bhel Kether, y director de la Torre Arcana en Kynthelig. −dijo emocionada por presentar a tal celebridad− Y también fue el mío.

−Vamos Voriana, sabes cuánto me desagradan los halagos. −contestó el anciano.

−Mucho gusto, maestro. −dijo Dahlia haciendo una pequeña reverencia. Que le importara poco quien fuera no la hacía mal educada.

−El gusto es mío pequeña. No es común ver a un enöriano fuera de su ciudad, menos en los últimos días que…

−¿Y quién es tu acompañante? −Voriana interrumpió en un intento muy arriesgado de cambiar el tema. No sabía lo que el maestro iba a decirle, pero fuera lo que fuera, de seguro la haría sentir peor con respecto a su maldición.

El arcano miró a Voriana unos segundos en silencio, era una fuerte mirada con acento de regaño. Ella lo vio a los ojos tratando de no sentirse intimidada, esperaba que entendiera porqué lo había interrumpido. La imponente mirada cambió por una más comprensiva, ella sonrió avergonzada como si acabaran de descubrirla en una mala jugada.

−¡Ah! ¡Cierto! ¡Perdón! Ella es Rowan Dunier, mi aprendiz, una niña muy poderosa que nació en el rio del Éter. Cómo sabrás mi querida Voriana, eso le da habilidades impresionantes que hasta tu amigo Bhel Kether envidiaría. Su padre me encargó que la instruyera en las artes arcanas hace un par años. Su madre murió dándola a luz.

−Mu… mucho gusto. −dijo la pelirroja con una timidez que contrastaba con su vestimenta. Poco a poco, su cara se tornó del mismo color que su pelo.

−Si tan sólo no fuera tan vanidosa y superficial… podría entender lo importante que es el don que tiene. –dijo su maestro a modo de reproche.

La aprendiz no volvió a pronunciar palabra durante toda la plática entre los arcanos, pero al parecer no era su culpa, a Dahlia tampoco la dejaron hablar mucho. Ahora que tampoco Dahlia mostraba mayor interés en hablar con un señor tan prepotente o con una pelirroja que parecía no tener mucho que decir. Así, los dos arcanos se embarcaron un una larga charla sobre temas más triviales. Sin embargo, una pequeña duda se había clavado como un alfiler en  el pecho de Dahlia cuando Voriana interrumpió al ex-maestro de Bhel, pero decidió que después le preguntaría porqué lo había hecho y, por lo pronto, dejó fluir aquella reunión que la adivina disfrutaba tanto. No se atrevía a creer que Voriana le estuviera escondiendo algo.

La conversación se extendió tanto como la fila frente a las taquillas, a la cual no se le veía fin. Dahlia se preguntaba de dónde había salido tanta gente, ya que a primera vista el pueblo no parecía ser tan grande. Sin embargo, las enanas hacían buen trabajo como taquilleras. Cuando una de ellas colgó el letrero de “localidades agotadas”, fue como si hubieran llamado a Karad, quien llegó histérico a pedirles que fueran a ayudar dentro. “No es tiempo para estar platicando, el show debe continuar” dijo. Tenían problemas: las luces no funcionaban como deberían, los enanos músicos no estaban concentrados y Dahlia tenía que practicar los cambios que habían acordado, ya que no habían tenido ni un solo día para ensayar.

La adivina se disculpó con su maestro por el usual nerviosismo de Karad y el final de su plática quedó pospuesto para después de la función. Dahlia sólo se despidió con un gesto de la mano mientras el director apuraba a ambas dentro de la carpa principal.

 

Debido a los ensayos y la infinidad de detalles que requerían atención, los integrantes del circo no tuvieron tiempo de pensar en otra cosa que no fuera la función. Incluso Dahlia se mantuvo tan ocupada que ni siquiera tuvo oportunidad de acercarse a hablar con Bramms, a quien había visto que la observaba con una mirada triste. También quería saber de Alieth, tenía curiosidad de saber qué le había dicho Voriana y a dónde se había ido, si ya sabía que el circo mantenía contacto con Ellioth o si la odiaba por haberle ocultado la verdad. Pero la voz de Karad resonaba en su cabeza cada vez que empezaba a distraerse: “la función es lo primero”.

Así llegó la hora de presentarse y la carpa se fue poblando como nunca en toda la gira. Al parecer, en los pueblos pequeños los habitantes preferían asistir a espectáculos pequeños, como los circos. Una vez que todos los asientos en las gradas estuvieron llenos,  cerraron la carpa y las luces se fueron apagando junto con los murmullos del impaciente público, sólo quedó encendido el reflector central que iluminaba a Karad en su traje blanco de maestro de ceremonias, como si fuera un ser de luz que rompía la oscuridad.

−Bienvenidos sean −dijo la silueta blanca haciendo una reverencia− Esta noche el Circo del Alma representará la historia de un espíritu, una mujer, una convicción que podrá hasta con la muerte misma. Iseldis.

Una ronda de aplausos respondió al presentador mientras éste salía del escenario y la música comandada por la melodiosa voz de Voriana tomaba su curso. La niebla ya cubría el escenario, cuando Dahlia salió con pasos inseguros a interpretar el primer acto. No es que no confiara en sus habilidades para que todo saliera acorde a la historia, era que seguía vivo en ella el presentimiento de que aquel no era un buen día.

Mientras realizaba su danza y los enanos volaban en los trapecios, observó de reojo al público, ojos nuevos que impactar, mentes nuevas que impresionar. Suspiró cuando su vista pasó por el lugar donde el pintor solía acomodarse durante los ensayos, ya se había resignado a no volver a verlo en ese lugar. En una pirueta que la dejó frente a aquella butaca descubrió al anciano arcano en su pose característica: cruzado de brazos, serio e inexpresivo, casi muerto; y su lado, su aprendiz, que a diferencia de él sí parecía estar disfrutando de la función.

El sentimiento de tener la mirada de alguien encima la hizo voltear a ver quien ocupaba el siguiente asiento junto a la pelirroja. Ahí estaba la mirada que la acosaba viéndola ahora a los ojos. Dahlia detuvo en seco su actuación al darse cuenta de quién se trataba,  lo cual causó que uno de los enanos que volaba al ras del escenario la atravesara, lo cual reveló la intangibilidad de Iseldis antes de tiempo, arruinando la obra. Alieth sintió pena ajena, sonrió apenada e hizo un gesto de negación con la cabeza después de asegurarse de que Dahlia aún la estuviera viendo. Fue cuestión de un par de secuencias más para que Dahlia saliera de la pista. Quería correr a encontrarse con ella y no dejarla ir hasta que le diera respuestas, intuía que si no lo hacía en ese momento jamás la volvería a ver. Pero no contaba con un Karad furioso detrás de la pista, que le tenía preparado un regaño tan grande como para entretenerla hasta su siguiente acto.

Cuando volvió a salir a escena Alieth seguía ahí, aunque ya no como en el acto anterior que parecía un cuervo negro acechando a su presa; al contrario, estaba completamente distraída platicando con la pelirroja aprendiz; o eso es lo que su mente creyó  hasta que una de las dos mujeres la señaló y ambas fijaron su atención en ella. Eso le dio un poco de seguridad de que, tal vez y sólo tal vez, el día no terminaría tan mal y cuando se acabara la obra podría correr a su encuentro y sacarle toda la información que quisiera.

Pero no fue así.

El siguiente acto fue la batalla contra Bramms y en esa ocasión, para ellos dos la batalla sería real. Obviamente no podían hablar, ya que la discusión sobre qué sucedió la noche anterior y el porqué estaban los dos de regreso en el Circo no entraba dentro del guión de la obra, pero  bastaron las miradas y los tonos de voz al decir sus diálogos, para anticipar la discusión que vendría al terminar la obra.

Una vez más, Karad la entretuvo demasiado junto con todo el grupo. Sin remedio, tuvo que escuchar todos los comentarios y errores a corregir a partir del día siguiente. Como el de detenerse abruptamente a medio acto y estropear con ellos el sentido la obra. Para cuando pudo salir corriendo antes de que dijeran una cosa más, las gradas ya estaban vacías y el público caminaba entre el los puestos del festival nocturno. Bramms intentó seguirla para hablar con ella, pero justo cuando la tenía a unos metros de distancia,  un jalón en su hombro lo detuvo de hacerlo. Descubrir quién era el responsable causó que la perdiera de vista.

Dahlia estaba paralizada por la desesperación en la entrada de aquel pasillo lleno de puestos con cosas para curiosear. La gente pasaba a través de ella sin que dijera una sola palabra. Parecía una estatua, o más bien, como si no existiera. Necesitaba actuar rápido y no sabía hacía dónde dirigirse. Un grupo de gente la rodeaba mirándola expectante, Verla ser atravesada de cerca, fuera de la función y de posibles ilusiones visuales era todo un espectáculo para los pueblerinos de Zhür, lo cual ella no notaba ya que estaba inmersa en sus pensamientos, tratando de hilar las opciones posibles. Su ansiedad no dejaba espacio para darse cuenta de dónde estaba, ni de quién la observaba.

Una imagen mental fue la que la hizo reaccionar: “hablamos después de la función” había dicho el arcano en la tarde. Si se apuraba, quizá y sólo quizá, ella aún estaría con ese par. Que hipócrita, ¿no que odiaba a los arcanos? Pensó mientras corría hasta la carpa de Voriana atravesando a los que la rodeaban. De la impresión, nadie de los presentes hizo nada más que verla alejarse.

Al despegar la vista del suelo, lo primero que vio a lo lejos fue uno de esos uniformes blancos que tanto habían estado evadiendo. ¿No se supone que no pueden entrar? Pensó sobresaltada, no quería volver a experimentar heridas como las que obtuvo cuando sucedió lo de Izu, la bestia de hielo. Ya tenía una excusa más para correr a la carpa de Voriana, pero  en el camino se encontró otro más, éste era una mujer de pelo café muy largo y no estaba caminando hacia el circo, sino sentada platicando con alguien que no alcanzaba a ver porque una de las carpas obstaculizaba su vista. Pensaba ignorar el hecho y correr a avisarle a Voriana, pues si había bleizens aquí es que algo había salido mal con su plan, pero la voz que le contestó a aquella mujer la hizo detenerse frente a ellos.

−Yo quería regresar por ustedes en el algún momento−dijo Bramms que sonaba nervioso, como aquel día que le había pedido que huyeran juntos− Pero pensaba primero salvar mi vida. Nunca pensé qué…

−No sabes cuánto te extrañamos… −dijo la mujer mientras que el color de su piel morena empezaba a tornarse más oscuro y a  endurecerse, como si fueran piedras de tierra seca.

−¡Bramms! −gritó Dahlia señalando a la mujer que estaba a su lado.− Tenemos que hablar, no deberías estar hablando con ellos… es más no deberían estar aquí.

−Pero, no quieren hacer daño… −dijo el joven de fuego mirándola a los ojos.

−La mujer de la niebla está aquí −dijo en una voz rasposa, como si una montaña hablara. Bramms volteó a verla decepcionado, tenía los mismos ojos negros que Izu y aquellas palabras lo habían tomado desprevenido.

−¡DAHLIA! −gritó Bramms empujando fuertemente a la mujer que estaba a su lado− ¡CORRE!

−Pero… tú y yo… −dijo titubeando paralizada, sabía que no era un buen momento para arreglar sus asuntos pendientes, pero si no era en ese momento, ¿cuándo?

−¡Hablaremos después! −gritó él transformando sus brazos en grandes llamaradas −Necesito que estés a salvo, no te preocupes por mí. Ve y avísale a Voriana lo que está sucediendo.

−Pero… tú también tienes que estar a salvo, no puedo irme sola. −dijo ella dando un paso hacia adelante.

−¡LARGO! −dijo lanzando una llamarada hacia ella para asustarla.

Dahlia corrió más por reflejo a esquivar la llamarada que por cuidarse de no ser incinerada. Por favor no te mueras, Bramms dijo para sí misma y se dirigió a la carpa de la adivina que estaba cruzando el carnaval. La carpa estaba cerrada, pero podía oír la voz del arcano anciano hablar.

−¿No se te hace injusto? −dijo el anciano exigiendo más que preguntando.

−¿Desde cuanto tú hablas de justicia? −respondió la adivina a su maestro en un tono sarcástico que por el sonido que hizo el maestro, Dahlia dedujo que el comentario no le agradó en lo más mínimo. Iba a entrar en la carpa e interrumpir su conversación, pero el maestro dijo algo antes que la hizo detenerse.

−¿Cuando le vas a decir? Tiene derecho a saber el poder que su collar tiene y su contenido, también tiene completo derecho a saber que toda esa ciudad está muerta. −dijo el arcano tratando de hacerla entrar en razón− Entre más lo escondas, más te va a odiar cuando se entere.

No podía creerlo, ¿estaban hablando de ella? Siempre pensó que Voriana le contaba todo. ¿Cuánto más le habían escondido?

−Tú sabes el caso que le hago al Éter, tú me enseñaste a escucharlo y fue él quien me dijo que todavía no es tiempo de que ella lo sepa. −escuchó decir a la adivina, se oía triste− No quiero que sufra. pero ya no sé qué hacer, no quiero lastimarla.

Al escuchar esto, Dahlia  se puso furiosa, ella sabía cuánto sufría o si sufriría. ¿Que no sabía por todo lo que pasaba después de cada función? Estaba harta de ser tratada como fenómeno, como maravilla, como si fuera un tesoro. Sintió tal coraje, que se metió a la carpa aprovechando su habilidad. Voriana se puso pálida al verla aparecer, era la última persona que esperaba ver en ese momento, hubiera podido jurar que estaría en junta con Karad.

−¡Dahlia! −la adivina se puso en pie preocupada y corrió a su lado− ¿Qué pasó mi niña, todo bien?

Sin responder, examinó la carpa de un vistazo, sólo estaban Voriana y el arcano. No había rastro de la aprendiz, ni de Alieth.

−¿Tan pronto acabó la junta? –dijo, tratando de romper el silencio incómodo que Dahlia estaba creando al no responder.

−Sí y vengo a decirte que el circo está lleno de Bleizens −respondió secamente.

−¿Cómo? −dijo Ethan sorprendido− se supone que Rowan mantiene una barrera que les prohibía el paso.

−¿Dónde está Alieth? − dijo ignorando al maestro que acababa de hablar.

−No sé… − dijo Voriana en voz muy seria.

−¡Sí lo sabes! ¿También eso me lo vas a esconder? −gritó Dahlia con los ojos llenos de lágrimas.

−No, mi niña… escúchame… −murmuró en un intento de abrazarla, olvidando que no lo lograría. Terminó hincada en el piso abrazándose a sí misma, llorando por lo impotente que se sentía. Tanto poder, tanto conocimiento y no podía hacer nada para que no la odiara. Después de todo no había aprendido nada, había cometido el mismo error que con su alumna de Kynthelig, la había herido profundamente. Arrepentida, subió la mirada, para encontrar la de Dahlia. La miraba desde arriba con una mezcla de lástima, asco y odio.

−No, ¡no quiero escuchar nada! −dijo la enöriana al tiempo que salía corriendo de ahí.

−Te lo dije. −dijo Ethan cómo si no hubiera pasado nada.

−¡Cállate! −le gritó la adivina del circo.

 

Dahlia huyó del carnaval corriendo entre la gente que quería alejarse de la batalla entre Bramms y la mujer de tierra, la cual se había puesto reñida dado que el otro bleizen que estaba vagando por los alrededores se había unido para ayudar a su compañera.

Histérica, buscó por todos lados una salida por donde no hubiera gente, empezaba a sentirse más frustrada, entre toda esa gente en pánico jamás podría encontrar a Alieth. Entonces,  un grito de agonía llegó hasta sus oídos y al reconocer la voz del fuego, lágrimas empezaron a correr por sus ojos. Quería irse, no volver a saber nada del Circo, se sentía traicionada una vez más, no sabía si podría siquiera volver a verlos a los ojos. Su única esperanza estaba en quien sabía cómo llegar a donde pertenecía, de donde nunca debió salir. Ahora más que nunca estaba convencida de que tenía que averiguar porqué estaba fuera de ahí, necesitaba saber qué sucedía, si toda esta catástrofe era por su culpa, jamás se lo perdonaría. Corría sin dirección alguna, sólo para alejarse de ahí y después de mucho tiempo, cansada de tanto correr y resignada, se tiró a lado de las raíces de un gran árbol a descansar. Definitivamente hoy es… no… es PEOR que esos días. Pensó limpiándose los ojos, mirando  el cielo a través del follaje del árbol.

−Shhht… Dahlia, ¡despierta! −una voz de mujer la hizo volver. Entre el sueño y la oscuridad de la noche, tardó unos segundos en enfocar la vista para reconocerla.

−Soy Al… Rowan −dijo la pelirroja aprendiz de Ethan.

−¿Qué quieres? −dijo Dahlia, cerrando los ojos una vez más.

−Llevarte a Enör.

Ese último comentario hizo que perdiera todo el sueño y volviera a mirarla a los ojos inmediatamente. Espero no esté jugando esta mocosa. Pensó mirándola incrédula.

−¿Sabes dónde está?  −le preguntó con desconfianza.

−Alieth me mandó por ti. −dijo con una sonrisa.

−Me estás jugando una broma, ¿verdad? −dijo sarcásticamente− Alieth odia a los arcanos, ¿por qué te enviaría a ti?

−Digamos que… se dio cuenta que para vencer al poder, necesita poder. –dijo Rowan cabizbaja.

−¿Y dónde está?

−Aquí −dijo la pelirroja abrazando su pecho.

Dahlia la miró con los ojos bien abiertos. ¿Qué había sucedido? ¿De qué se había perdido? Una vez más, demasiadas cosas giraban en su cabeza a una velocidad tan rápida, que era imposible escoger una que decir.

−¿E… e… estás dentro de ella? ¿Por qué? −tartamudeó. Eran demasiadas sorpresas en tan poco tiempo. Algo no estaba bien.

−En el camino te cuento. −dijo mirando a sus espaldas− Tenemos que irnos antes que los del circo o los de blanco te encuentren. Te han estado buscando por todos lados, fue pura suerte que te encontré yo primero.

−Pero… ¿por qué me estás ayudando? −insistió en conseguir una respuesta− Te mentí en tantas cosas… no merezco que me ayudes.

−Lo sé, la adivina me lo dijo todo y creo que lo mejor es que vayas con los tuyos. −dijo mirándola fríamente− Tendremos mucho tiempo para hablar después ¡Vámonos ya!

−¿Y cómo nos iremos? −preguntó poniéndose de pie.

−¡Como quieras! Tengo poderes, ¿recuerdas? −dijo burlonamente. Con sus manos, concentró una esfera de energía purpura que colocó en su propia espalda. La esfera vibró y cambió de forma varias veces hasta que poco a poco tomó forma de un par de alas etéreas al control completo de su usuario.− ¿Qué te parece si volamos?

−¿En serio? −preguntó más para sí misma que para responderle. Rowan no hizo más que carcajearse por la cara de Dahlia en ese momento, aleteó las alas para levantar el vuelo un poco y le ofreció una mano.

−En serio −afirmó Rowan.

−¡Entonces vamos! −aceptó la mano emocionada por descubrir lo que le esperaba. Rowan formó otra bola purpura de energía y la puso en la espalda de Dahlia tal cual lo había hecho con ella. Al primer intento no funcionó, la energía etérica no se mantenía en su espalda y terminó en el suelo, pero en una segunda prueba logró que las alas se mantuvieran en su espalda, al control completo de Dahlia. Estando las dos aladas, sería más fácil el viaje, Dahlia sólo tendría que seguirla.

Después de todo, quizá no sea tan mal día. Pensaba mientras se elevaban por encima de las nubes, bajo la luz de la luna. Una vez más eran un par de sombras que navegaban a través del silencio de la noche, si alguien las hubiera visto, vería a Iseldis surcar el cielo estrellado.

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