XX · Sólo ceniza

Total, no tengo nada que perder. Pensó Dahlia recordando que cuando se unió al circo dijo exactamente las mismas palabras antes de abordar el tren. Abrió las puertas y se adentró a lo que en sus recuerdos era un glorioso salón real.

−¿Quien está ahí? −dijo la voz que había estado buscando.

−Dah… Dahlia. −contestó nerviosa, pues la había tomado por sorpresa.

−Todavía estás aquí… −dijo una figura que, al ponerse de pie, la luz de la luna dejó ver que no era una sombra.

−¡Eodez! ¿Qué sucedió? −preguntó mientras se acercaba para verlo más de cerca y asegurarse que su vista no la engañaba.

−Todo empezó a salir mal desde el día que te fuiste. Yo no sabía que tus padres le habían puesto tal decreto al collar. −dijo cabizbajo y avergonzado− Es mi culpa que todos estemos así, aunque también gracias a eso alcanzarás a saber la verdad.

−¿A… a qué te refieres? −preguntó intrigada. No sabía cómo es que su mejor amigo podía tener la culpa de su estado.

−Aquel día que te fuiste, te detuvieron en la entrada ¿Recuerdas? Yo le dije al guardia que te dejara salir, pero al despedirme de ti decreté que olvidaras tu propósito y todo lo referente a tu ciudad y tu misión de encontrar al  Gremio.

−¿Por qué habrías de hacer eso? ¡Explícame! −exigió Dahlia mirando a los ojos a su amigo olvidado.

−Porque… porque…  yo… −se detuvo unos segundos− No quería que sufrieras. Quería que empezaras una nueva vida, tenía que sacrificar que te olvidaras de todos nosotros a cambio de que, por lo menos tú, tuvieras una vida por delante y fueras feliz.

−Estoy harta de que la gente se sacrifique por mí, o peor aún, que decida por mí −dijo Dahlia tratando de conservar la calma− Yo decidiré sobre mi propia vida ¿tienes idea de lo que he sufrido sintiendo que soy un fenómeno en extinción? No sabes lo que significa no tener pasado, no poder de explicar mi propia existencia. No creo que hayas ayudado mucho en verdad.

−Es que… las cosas salieron mucho peor de lo que esperábamos. −susurró él  escondiendo la cara con lágrimas en los ojos.

−¡Pues dime de una buena vez! −demandó con un grito, sin darse cuenta que había perdido la paz interna que la dejaba escucharlo.

−Aquel día, después de despedirte y decretar tu olvido, fui a los laboratorios de los tecnomagos. Sabía que algo tramaban, pero necesitaba evidencias. Algunas personas de  la ciudad habían desaparecido y nadie parecía ser el culpable, su desaparición era un misterio, simplemente no estaban y no podían haber salido de la ciudad sin que los guardias los hubieran registrado.  Se habían esfumado, sólo encontramos un puñado de ceniza regada sobre sus ropas y no volvimos a saber de ellos.

Yo había escuchado a Zachs y Ortem, los tecnomagos de más alto rango y encargados del laboratorio, decir que con su último invento podrían exterminar todo Enör y de esa manera obtener el poder absoluto sobre el desarrollo tecnomágico, cómo según ellos merecían. Pero no tenía como probarlo, necesitaba evidencias.

−¿Y cuál era ese invento? −interrumpió Dahlia, transformando su enojo en curiosidad por saber el resto de la historia.

−Espera un segundo. −contestó Eodez con una comprensiva sonrisa− Tus padres y yo sospechábamos que sus proyecciones a color tenían algo fuera de lo común. Sí, aunque el color era algo nuevo e inofensivo, había algo dañino en esas proyecciones y no sabíamos qué. Cuando me enteré de sus intenciones, corrí a contarle a tus padres lo que había oído. Después de escucharme, entre los tres llegamos a la conclusión de que, de alguna manera, las desapariciones tenían que ver con esas novedades tecnomágicas. Aunque yo nunca estuve de acuerdo, tus padres consideraron que el Gremio de arcanos en Bleizig debía enterarse de lo que estaba sucediendo, supusieron que Zachs y Ortem los estaban traicionando, no creían posible que el plan de exterminio fuera un acuerdo de todo el Gremio. Y ahí fue donde entraste tú.

Nosotros intentaríamos detener las proyecciones, mientras tú irías a Bleizig por ayuda. Yo sabía cuánto odiabas las artes arcanas y se me hacía injusto involucrarte, pero eran tus padres y tenían más derecho que yo a decidir sobre el asunto. Su plan era atacar los laboratorios y destruir todo lo que pudiera causar más daño a la ciudad. Así, si pasaba algo malo, tú estarías lejos buscando refuerzos.

Eso último fue lo que me animó a decretar sobre tu collar. Tenía que hacer que olvidaras todo, que no regresaras y vieras la catástrofe que sucedería. Algo dentro de mí sabía que todo iba a salir mal aquí, y también sabía que enviarte a Bleizig era una misión suicida, incluso si lograbas salir viva de tu encuentro con el Gremio, cuando regresaras, encontrarías todo destruido y a todos muertos. Y pues… no pude cambiar gran cosa como ya te habrás dado cuenta. −Eodez se dejó caer en el trono, frustrándose por las consecuencias de su gran error.

−¿Y después? ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por tu decreto es que es imposible entrar a la ciudad? −preguntó Dahlia.

−Por mi decreto, por el de tus padres y por todo lo que pasó. Sólo tú podías volver, porque en el collar llevabas parte de esta ciudad y con ese decreto, tu alma estaba atada a este lugar. Tus padres sabían lo que hacían después de todo, la ciudad no podría destruirse, ni alterarse, hasta que tú volvieras. Mientras nos mantuvieras vivos en tus recuerdos, nadie podía morir hasta que tú o el collar volvieran. Descubrí a la mala que así funcionaba el decreto de tus padres, si existíamos en tus recuerdos estaríamos intactos hasta volverte a ver. Pero yo decreté que nos olvidaras. −dijo poniéndose de pie una vez más, ahora con un semblante más fuerte y decidido− Ven, sígueme, te enseñaré algo que me ayudará a  explicarte mejor.

Dahlia lo siguió por los pasillos del castillo. Eodez no había dicho nada desde que salieron del trono. Ella supuso que tendría que esperar hasta llegar a donde fuera que iban para seguir escuchando la historia. En silencio caminaba a su lado, admirando las viejas pinturas descoloridas que adornaban las paredes. El humano se detuvo a medio pasillo y observó a Dahlia como si estuviera esperando escuchar algo malo.

−¿Qué pasó?  −dijo Dahlia notando la cara de preocupación de su amigo.

−No, nada, sigamos. −dijo apresurando el paso− La última persona cayó, sólo quedamos tú y yo en todo Enör. Tenemos que llegar rápido antes de que algo suceda.

¿Qué puede suceder si somos los únicos que quedamos en todo Enör? Pensó Dahlia mientras lo seguía.

Habían subido hasta lo más alto del castillo y a través de los ventanales se podía observar toda la ciudad y la negrura que la envolvía. Subieron un par de escalones más y llegaron a un pasillo que los dejó frente al portón que protegía el lugar donde los tecnomagos trabajaban. Eodez abrió el portón y volteó a ver a su amiga como invitándola a pasar a su propia casa.

−Oye… y… ¿qué le pasó al collar? −preguntó mirando su cuello desnudo.

−Se lo regalé a Alieth, es una amiga, fue ella la que me trajo de regreso. Ya estando aquí supuse que ella lo necesitaría más que yo. Cuando termines de contarme que pasó, si quieres, yo puedo platicarte como es que llegué aquí. −dijo Dahlia ya dentro del gran salón de los tecnomagos.

−No creo que tengamos tiempo para eso −dijo él cerrando las puertas a sus espaldas.

El laboratorio tecnomágico era lo suficientemente grande como para que unas cincuenta personas trabajaran sin estorbarse. Estaba lleno artefactos extraños y un gran proyector que los miraba como intrusos desde el centro del lugar. El cuarto estaba en ruinas, las mesas destruidas o volteadas de lado, como si a alguien le hubieran estorbado y las empujó con mucha fuerza. Pedazos de cantera que habían pertenecido al  techo ahora inexistente y manchas de color rojo habitaban el piso del salón. Dahlia se detuvo impactada frente al gran proyector, volteó hacía Eodez para descubrir que él estaba observándola fijamente. Se sonrojó y bajó la mirada.

−Aquí sucedió todo. −dijo con voz seria y profunda− La misma noche del día que te fuiste, tus padres y yo logramos llegar hasta este piso del castillo, pero entramos a este salón ya entrada la madrugada, cuando supusimos que ya no había nadie que nos impidiera cumplir nuestro objetivo. Al entrar, tus padres inspeccionaron el lugar unos minutos, luego él empezó a destruir todo lo que tenía a su alcance, mientras tu madre le quitaba el hechizo de protección al proyector. Yo estaba haciendo guardia en la entrada. Cuando tu madre gritó “ya está listo”, sentí cómo mi cuerpo se congelaba, me invadió una sensación de opresión que no me dejó moverme ni un centímetro. Quería gritarles que algo estaba sucediendo, pero ni siquiera pude mover los labios. Me hicieron quedarme ahí, como estatua congelada, a observar todo.

Ortem y Zachs entraron intempestivamente y trataron de inmovilizar a tu padre, tu madre corrió en su auxilio de inmediato olvidándose de destruir el proyector. Pero tu padre no necesitaba su ayuda, era el mejor arcano de esta ciudad. La batalla estaba pareja: dos contra dos. Rayos de luz, de agua y de fuego volaron a través del salón junto con los artefactos que tenían a su alcance. Los bleizens se empeñaban en matar a los arcanos y éstos se aferraban a sobrevivir, no fue una batalla fácil. Durante la pelea, Ortem admitió cuanto odiaba a los enörianos. Según él, ningún arcano merecía crédito alguno por la tecnomagia, mucho menos tenían derecho a decidir sobre su uso. A sus ojos, sólo Bleizig debía tener ese privilegio, pese al Éter.

Tu madre mató a Zachs con una flecha de fuego arcano. Se había acercado demasiado al proyector y quería utilizarlo en nosotros, hacernos cenizas como a los demás.

Era un invento mortal, tomaba la energía vital de los espectadores y la transformaba en imágenes que proyectaba a todo color frente a ellos. Sin que se dieran cuenta, el proyector los consumía por dentro, sin provocarles dolor alguno se alimentaba de ellos. Para cuando terminaba de devorarlos, eran sólo almas, reproducciones intangibles de lo que habían sido. Permanecían así por algún tiempo, hasta que un día, sin previo aviso, las  almas se desmoronaban por falta de un cuerpo, hasta convertirse en ceniza, polvo que se lleva el viento.

−¿Intangible? −dijo preocupada− Yo vi una de sus proyecciones un día antes de salir de la ciudad.

−¿Sí? Yo sabía que corrías peligro, todo Enör peligraba por culpa de los bleizens. Esa es la verdadera razón por la que dejé que tus padres te enviaran en busca de ayuda. No quería que regresaras, para que no te hicieran daño. −dijo acercándose a ella, acariciándole una mejilla para cerciorarse de que podía tocarla− No sabía que ya lo habían hecho.

−No nada más a mí, éramos muchos los que voluntaria e inocentemente fuimos a  disfrutar de las proyecciones a color, la última novedad tecnomágica. Nos usaron −dijo molesta de haber hecho una estupidez sin saber− Todo encaja, cuando desperté al día siguiente de que salí de aquí, nadie me podía tocar y yo podía atravesar lo que quisiera. Resulta irónico que gracias a esa habilidad me adoptara el circo. Pero… ¿por qué aquí si puedes tocarme? −Dijo ella acariciando la mano que la estaba tocando.

−Porque después de lo que pasó aquella noche, toda la ciudad es impalpable, por lo mismo nadie puede entrar. Con la muerte de Zachs, la ira de Ortem aumentó, a pesar de que luchaban dos contra uno, logró prender al aparato. Tu madre estaba detrás de Ortem, tratando de aprehenderlo cuando el proyector empezó a emitir su luz. En un acto de desesperación, tu papa lanzó a Ortem hasta el otro lado del cuarto con una onda de energía etérica, quedo clavado en uno de los estandartes de la pared. Con su último aliento, Ortem destruyó el techo con una llamarada de fuego y lanzó la luz del proyector al cielo. Para cuando tus padres trataron de apagarlo, era demasiado tarde. Toda la ciudad estaba bajo la  luz de la proyección letal. Ortem y Zachs murieron esa noche, todos los demás parecíamos intactos.  Pensamos que todo había terminado, pero días después más gente comenzó desaparecer. Tus papas estaban preocupados por ti, su decreto dictaba que nadie podía desaparecer si tú no habías vuelto, lo cual les hacía suponer que habías perdido la vida. Conforme pasaba el tiempo y más gente desparecía, ellos fueron perdiendo la fe en tu regreso. Después descubrimos que los que quedábamos “vivos”, si así quieres llamarlo, éramos la gente más cercana a ti, los que teníamos algún lazo que nos unía a ti, y los que no habíamos perdido la fe en tu regreso. Muchas noches le rogué al Éter que me hiciera saber tu paradero. Creí que nunca más volvería a verte.

−Y muchas noches el Éter me entregó tus mensajes a través de sueños. −añadió Dahlia a la oración de su amigo, ahora ella acariciándole una mejilla a él, que empezaba a tomar un color de piel grisáceo−  Aquí estamos juntos de nuevo.

−Sí, −dijo abrazándola fuerte para no dejarla ir notando que su cabello empezaba esparcirse por el aire− Podemos descansar en paz.

−Así es, −dijo ella, recargando su cabeza en los anchos hombros de su viejo amigo− Por fin podemos estar en paz.

Guardaron silencio para disfrutar de aquel cálido abrazo. Dahlia nunca se había sentido tan tranquila, miró el cabello de su amigo aún recostada sobre su hombro y notó como se tornaba ligeramente gris, lo acarició y sintió como se deshacía entre sus dedos. Gracias Éter, ¿sabes? no te odio después de todo. Sonrió satisfecha y bajó los párpados para entregarse a su destino.

Ningunos ojos miraron el desolado paisaje, sólo el gran proyector presenció cuando los primeros rayos del amanecer iluminaron la ceniza sobre el traje de Iseldis y Enör quedó sellada para siempre.

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